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Pocos signos de puntuación son tan polémicos, despreciados y mal utilizados como el punto y coma. ¿Cómo tomarse en serio un signo que es como si la luz verde y la luz roja de un semáforo se encendieran al mismo tiempo? Es célebre el odio que Kurt Vonnegut sentía hacia él, que lo difamó de esta forma: «No uses punto y coma. Son hermafroditas travestis que no representan absolutamente nada. Todo lo que hacen es mostrar que has ido a la universidad». Dejando a un lado los absurdos prejuicios que estas palabras muestran hacia los travestis y hacia la universidad, las advertencias de Vonnegut no parecen tener mucho fundamento.

El punto y coma se utilizó por primera vez como signo de interrogación en griego antiguo, como si, de alguna forma, presagiara ya las misteriosa y confusas implicaciones que tiene hoy en día. En 1494 fue revivido por el impresor Aldo Manucio en un texto titulado De Aetna. Su innovación tenía mucho de quimera gramatical, puesto que el signo parecía ser el vástago de un punto y de una coma. Quizá, por eso, comenzó a usarse como una pausa intermedia entre ambos signos.

Ahora bien, ¿qué clase de pausa? Han sido necesarios varios siglos para decidir cuál es la forma más correcta de utilizarlo, y solo ocurrió cuando se ha sido consciente de que signos como las comas, los puntos, los dos puntos o el propio punto y coma no solo marcan pausas, sino también relaciones sintácticas. En ese sentido, la regla para usar el punto y coma parece simple: separar elementos de una lista cuando esos elementos llevan comas, ya que en ese caso, al separarlos con comas, no quedaría claro donde termina un elemento y empieza otro.

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Pero existe otro uso no tan bien delimitado, que es el que Lewis Thomas explica en La medusa y el caracol, contrapunto a la opinión de Vonnegut: «Casi siempre es más placentero encontrarse con un punto y coma que con un punto. El punto te dice que eso es eso; si no obtuviste todo el significado que querías o que esperabas, de todos modos obtuviste todo lo que el escritor quería decir y ahora tienes que seguir adelante. Pero con un punto y coma se obtiene una agradable sensación de expectativa; hay más por venir; sigue leyendo».

El punto y coma, entonces, indica que dos oraciones son parte del mismo pensamiento. Se convierte, así, en una forma de llamar la atención del lector, en un guiño seductor, una entonación ascendente al final de una oración que acaba diciendo «espera, que hay más». Desde esta perspectiva, el punto y coma se convierte en una especie de ojos que miran expectantes, porque lo que está de un lado depende de alguna manera de lo que está del otro lado; pasan a ser una suerte de equilibrista, con las oraciones, de idéntico peso, en los extremos de la barra de equilibrios. Bien usado, permite al escritor expresar una idea sin tener que dar explicaciones de más; agrega una breve pausa que aclara oraciones largas, al tiempo que deja espacio para la ambigüedad reflexiva.

¿Se puede ir por la vida sin usar el punto y coma? Definitivamente, sí. Vonnegut lo hizo. Si se tiene la tentación de usarlo donde deberían ir dos puntos o donde sería mejor una coma, o para añadir mayor variedad o exotismo a la escritura, es mejor evitarlo. Pero si se evita siempre, la prosa tal vez gane contundencia, pero también será más inconexa, más plana y sin vida. Será como dejar siempre el tenedor entre bocado y bocado. El punto y coma es, en definitiva, un híbrido versátil que habla no solo de la filosofía de cómo escribimos sino de cómo vivimos. Como dijo Amy Bleuel, fundadora del Proyecto Punto y Coma: «Se usa punto y coma cuando un autor podría haber elegido terminar su oración, pero decidió no hacerlo. El autor eres tú y la oración es tu vida».

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