Hay profesiones que cambian con el tiempo, algunas otras, en cambio, nacen, otras que se reinventan en vista de las exigencias socioeconómicas y otras que, por algún extraño motivo, mueren; aunque bien podríamos decir que las profesiones —y quien dice profesiones también incluye a los oficios—son como la energía: ni se crean ni se destruyen, sólo se transforman. Y de cierta manera eso mismo ocurre con las profesiones dedicadas al divertimento, al júbilo y a la risa; y no me refiero a peleles borriqueros que, con tal de hacer reír a la gente, son capaces de realizar cualquier frivolidad carente de escrúpulos anhelando ser el centro de atención o, lo que podría ser  peor aún, alcanzar popularidad en redes sociales o entre las masas.

Prueba de ello lo vemos a diario. Por eso resulta empalagoso encontrar a gente idiotizada haciendo, literal y estúpidamente, los gilipollas en aplicaciones como Tik Tok¸ YouTube, Twich, etc., con cualquier chifladura sin pizca de gracia. Y encima hay papanatas que a eso lo consideran tener humor o flow. Algo contra lo que no tengo nada, pero eso no quita que me resulte vomitivo el hecho de ver cómo la Humanidad conquista niveles de suprema estupidez con semejante tontuna donde, por supuesto, no todo vale, no por pudor sino por sensatez y dignidad. Así que el verdadero humor, tan necesario para la vida cotidiana, se agradece cuando emana de personas con una finura sarcástica, carismática, donosa, o todo un profesional de la sonrisa. Gente que, en definitiva, hace de su talento el placer de contagiar risa como los artesanos que construyen pequeñas dosis de felicidad en momentos adversos; de manera que, ante circunstancias desfavorables, sonsacarnos unas carcajadas mediante arte y gracilidad es una de las experiencias más maravillosas que podemos encontrar en nuestras relaciones interpersonales. Como declaró la novelista británica Doris Lessing: «La risa es, por definición, saludable». Y eso puede apreciarse con honorable admiración en esos payasos de las aulas hospitalarias. Para quien no sepa lo que es un payaso en un aula hospitalaria, se trata de un profesional dedicado a hacer reír a niños, que por sus circunstancias sanitarias, no pueden asistir a un colegio ordinario puesto que están ingresados durante un tiempo en un hospital; un lapso temporal que incluso desafortunadamente paraliza su desarrollo personal y académico cuando se trata de una enfermedad que lo invalida para recrearse como el resto de niños. Y, durante su instancia en la planta del hospital, han de asistir a un aula equipada acorde a sus necesidades personales, educativas o médicas. Un clima que en muchos casos no es nada llevadero para el niño y mucho menos para la familia. En esa tesitura entra en juego la labor del payaso de hospital: una profesión honesta con la vida, un trabajo admirable y digno de todo mérito cuando, al entrar en una planta de oncología, puedes encontrar situaciones muy difíciles que incluso arbitran en contra; como la gravedad que revierte en un menor mientras los médicos y los familiares se sienten impotentes al ver que la dichosa enfermedad se vuelve más traicionera con ese niño o niña; o la manera en la que a ese menor se le ha de explicar el perjuicio de su delicada salud. En ese sentido el trabajo del payaso de hospital brinda una tregua al recrear, tanto para el niño como para la familia, la capacidad de reírse mediante juegos infantiles, teatros circenses, actividades lúdicas, etc. Lo cual no sólo hace más llevadera la instancia en el hospital para el niño, principalmente, como para la familia. En lo que al menor se refiera, eso supone grandes beneficios atestados empíricamente cuando el niño se divierte con la actuación del payaso que acude a su habitación, pues su cerebro segrega un chute de endorfinas, serotonina y oxitocina, cambiando, por consiguiente, todo su estado anímico generando a su vez un punto de retorno en su enfermedad. Al verlo sonreír, los médicos y la familia también gozan de la mejora del niño.

La profesión de la que hablamos, asociada en muchos casos, a perroflautas que no tienen donde caerse muertos y se aventuran en la payasada de bajo sueldo con el fin de llenar la nevera, es una de las profesiones (y cuando hablo de profesión me refiero a sus directrices, técnicas, jerga e instrumentalización) para realizar un servicio que, de cara a la sociedad, rara vez se valora. Habrá quienes ni la conozcan ni hayan oído hablar nunca de ella. Ni siquiera, por desgracia, se pone en valor el esfuerzo, la integridad, el coraje y talento de quienes, entregados a su trabajo, obran para hacer reír a un niño enfermo ingresado en un hospital, mientras una enfermedad le roba gradualmente su niñez. En cambio, la misma sociedad hipócrita e idiotizada hasta los tuétanos, que profesa admiración por cualquier pelele de turno que haga de titiritero en redes sociales haciendo que su papanatismo se vuelva viral, es la misma sociedad que sobrevalora algunas profesiones, oficios y trabajos, que no tienen por qué ser mejores ni peores que las dedicadas a la cultura o el arte, sino que, por su propia naturaleza convertida en negocio, rentan grandes cantidades de dinero acarreando veneración entre los públicos. Por eso me entristece que una profesión tan digna, tan imprescindible y tan bonita como la del payaso de hospital, no tenga el reconocimiento que se merece cuando en estos tiempos, a las riendas de cómo todo se atonta, estamos muy necesitados de gente que nos saque la mejor de las sonrisas y nos ayude a sobrellevar ciertas tempestades.

Comentarios

comentarios