En la década de 1930, a muchas familias estadounidenses les preocupaba si debían enviar a sus hijas a la universidad, por temor a que regresaran a casa infectadas por ideas comunistas. A tanto llegó la preocupación que en 1934 el psicólogo Stephen M. Corey se dispuso a determinar si tales temores estaban justificados.

Corey sometió a 234 estudiantes de primer año de la Universidad de Wisconsin a la Escala de actitud de Thurstone, analizando sus actitudes respecto a seis temas: la existencia de Dios, la guerra, el patriotismo, el comunismo, la evolución y la iglesia. Un año más tarde volvió a examinar a 100 de esos estudiantes, cuando ya estaba en su segundo año.

Cuando presentó su hallazgos en la convención de la Asociación de Psicología del Medio Oeste en mayo de 1940, Corey aseguró que era seguro enviar a mujeres jóvenes a la universidad. Concretamente dijo: «No hay gran diferencia en las actitudes de las niñas». También enfatizó que las jóvenes no habían perdido sus hábitos femeninos en la universidad. Un reportero del United Press parafraseó sus palabras: «Descubrió que, en general, la universidad hacía poco para alterar o cambiar la educación familiar, pero [gracias a la universidad] ellas podrían aprender a maquillarse mejor, a vestirse mejor y a hablar mejor. Sin embargo, no hablarán de comunismo: la universidad ofrece muchas otras diversiones».

Ahora bien, si se lee el artículo de 1940 que Corey publicó en el Journal of Social Psychology, en el que publicó los resultados del estudio, se encuentra una información algo diferente. Allí revelaba que después de un año en la universidad, las actitudes de las jóvenes cambaban levemente, volviéndose más liberales, lo que se traducía en una menor simpatía por Dios, por la guerra, por el patriotismo y por la iglesia y una mayor atracción por el comunismo y por la evolución. Corey admitía que la universidad había aumentado un cierto grado de liberalismo en las estudiantes.

Comentarios

comentarios