Siempre he creído que quien quiere escribir, escribe donde buenamente puede. He escrito tirado en cama, entre el delirio y la fiebre, doblado sobre una banca, con lápiz y papel, incluso sobre una servilleta. De día, de noche y de madrugada. He escrito mientras en rededor taladros y martillos se alternaban en la edificación simultánea de tres casas. Incluso en este momento escribo tendido sobre mi cama, con mi laptop sobre un cojín que reposa en mi vientre, la pierna izquierda recogida para hacer de apoyo, la otra estirada colgando por fuera de la cama.

Hemingway, uno de mis escritores favoritos, escribía de pie. Creo que también lo hacía Phillip Roth. Charles Dickens caminaba de un lado a otro por el corredor de su casa y Virginia Woolf escribía como si estuviera pintando, acercándose y alejándose de su texto para dejar unos cuantos pincelazos.

Pero con el tiempo uno descubre que si bien todo lugar (y postura) es una válida si se desea tejer una historia, hay ciertos espacios donde nuestra capacidad creativa fluye, nuestra concentración se agudiza, nuestra inspiración aumenta.

Buscando ese lugar perfecto, llegué a vivir a las afueras de un pueblo apacible aquí en Valencia, un lugar tan calmo que el primer vestigio de civilización lo encuentras tras caminar 20 minutos por una carretera donde apenas si cruzan dos automóviles cada 10 minutos y donde las noches se acompasan al lejano cantar de las chicharras y a uno que otro aullido de un perro. Rodeado de naranjales y unos cuantos chalets habitados de manera intermitente por personas muy discretas, el silencio de este lugar me pareció apropiado para por fin terminar esa bendita novela que llevo esquivando durante años, o al menos eso pensé en los primeros días, mientras me decidía entre los jardines, la terraza con piscina o el porche de la entrada, buscando un lugar donde por fin terminar con mi trabajo, libre del incesante ruido que me acosaba en Lima, mi antigua ciudad.

Vaya cosa: al primer intento de escribir en este paraje de quietud caí en cuenta que el silencio era tal, que el menor ruido me desconcentraba por completo. Me demandaba un esfuerzo enorme el enfocarme en lo que estaba haciendo. Solo como ejemplo diré que, hasta este momento, he perdido la concentración nueve veces  mientras redacto este artículo. Diez, ahora, mientras pensaba en las nueve veces anteriores y le hacía quecos al hermoso gato guardián que llegó a mi ventana a saludarme.

Por supuesto que disfruto más escribiendo de día. Después del almuerzo no sirvo para nada. Todavía recuerdo aquellas lejanas tardes laborales cuando terminaba con una contractura en el cuello de tanto luchar contra la modorra para mantener la cabeza en alto. Claro, en la oficina hay que cumplir un horario, no queda de otra, hay que laborar en la tarde aunque la cabeza se vaya de un lado a otro como esos perritos de cerámica que adornan los coches.

Pero escribir necesita calidad de tiempo. Tres horas lúcidas siempre serán mejores que ocho llenas de modorra. Por eso prefiero dormir temprano y escribir al alba, con el estómago medio vacío, mientras picoteo algo y tomo un poco de café.

Entonces descubrí el esmorzar valenciano y con él, los cafés de la ciudad.

Me senté un día en un café cerca del centro histórico. Era un lugar agradable y tranquilo, de esos que parecen sacados de las películas, con mesas amplias, ventanas grandes y altas, el barman limpiando los vasos en la barra, la gente leyendo los periódicos o conversando mientras toman una cerveza, el mesero con su chaleco negro y pajarita al cuello tomando las órdenes con gentileza, la música de fondo notoria más no invasiva. Nunca antes había intentado escribir en un café o restaurante, pero de pronto sentí que el lugar era el apropiado. El ambiente tenía un ruido blanco que me hacía sentir cómodo, en confianza. Tres horas pasaron hasta que cerré mi laptop y pedí la cuenta. Había terminado mi primer texto en esta nueva ciudad.

Al día de hoy son dos los cafés donde he podido sentarme a escribir largo y tendido. A veces intercambio algunas palabras con el barman, a veces con el barman y con algún otro comensal solitario como yo que llega de paso para picar algo al vuelo. No he de ser el primero ni el último que se sienta mejor escribiendo en un café que haciéndolo en casa o metido en una biblioteca: David Foster Wallace contaba en sus entrevistas que usaba sus despachos de la universidad como almacenes y prefería sentarse en una cafetería a escribir. Y bueno, bastaría con pensar en el «Floridita», el «White Horse» y el «Deux Margots» para entender cómo es que estos lugares de paso pueden convertirse en verdaderos fortines del pensamiento y la creación.

Escribir tolera todo menos interrupciones. Creo que es el único punto en común para quienes intentamos hacer esto y para los genios consagrados que nos sirven como ejemplo. Sin embargo, las criaturas citadinas necesitamos una paz acompañada de ese ruido de fondo que nos recuerde que somos parte de una urbe que se mueve y respira a un ritmo propio, una urbe que será siempre una oportunidad para tejer nuevas historias. Escribir –lo he descubierto ahora- será un ejercicio en el cual necesitaré siempre de ese ruido de fondo como una relativa complicidad, una distante compañía; ya sea en la intensidad de mi querida Lima o en la sobriedad de esta hermosa Valencia.

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