«El fútbol es popular», observó Jorge Luis Borges, «porque la estupidez es popular». Además de calificarlo como «estéticamente feo», el autor argentino calificó este deporte como «uno de los mayores crímenes de Inglaterra». Aunque su animosidad contra este juego pueda parecer semejante a la de cualquier hater moderno, el problema de Borges con el fútbol no era tanto con el deporte en sí como con la cultura que existe alrededor.

Al escritor le resultaba imposible separar la cultura de los fanáticos del juego en sí mismo. Vinculó la cultura de los aficionados al fútbol con el apoyo popular ciego que elevó al poder a los líderes de los movimientos políticos más brutales y espeluznantes del siglo XX. Hay que tener en cuenta que Borges vio emerger elementos del fascismo y del antisemitismo en la esfera política argentina, lo que le hizo desarrollar una intensa desconfianza hacia los movimientos políticos populistas y hacia la cultura de masas. Una cultura de masas que en Argentina, y en muchos otros países, está representada por el fútbol. La oposición de Borges al fútbol es oposición al dogmatismo en cualquiera de sus formas, es desconfianza hacia la devoción incondicional por cualquier doctrina.

Además, el fútbol es un fenómeno indisolublemente ligado al nacionalismo, otro concepto que generaba rechazo en Borges. «El nacionalismo solo admite afirmaciones, y toda doctrina que descarte la duda, la negación, es una forma de fanatismo y estupidez», dijo. Al generar un fervor nacionalista, existe la posibilidad de que un gobierno utilice sin escrúpulos, como portavoz de su discurso, a un jugador estrella, consiguiendo legitimarse. Es, de hecho, lo que sucedió con uno de los mayores jugadores de todos los tiempos, Pelé, que se alineó a favor de una dictadura militar que detenía a todos los disidentes políticos. Su gobierno utilizó el vínculo que los aficionados comparten con el deporte para obtener el apoyo popular, y esto es precisamente lo que Borges temía sobre el deporte.

En su cuento «Esse Est Percipi», Borges desarrolla a través de la ficción su aversión hacia el fútbol. En él vemos cómo en Argentina dejó de ser un deporte real y se convirtió en puro espectáculo, en un simulacro en el que la representación del deporte ha sustituido al deporte real. Sin embargo, a pesar de ser falso, el fanatismo que inspira el fútbol es tan profundo que sus aficionados seguirán unos partidos inexistentes en la televisión y en la radio sin cuestionarse nada. Se acusa a los medios de comunicación de complicidad en la creación de una cultura de masas dispuesta para reverenciar el fútbol y que, como resultado, da paso a la demagogia y a la manipulación.

Según Borges, los humanos sentimos la necesidad de pertenecer a un plan universal, algo más grande que nosotros mismos. La religión lo hace por algunas personas, el fútbol por otras. Esta necesidad está presente en algunos de sus relatos. En «La lotería en Babilonia» y «El Congreso», organizaciones aparentemente pequeñas e inocuas acaban convirtiéndose rápidamente en vastas burocracias totalitarias que reparten castigos corporales o queman libros. Es como si esa necesidad por formar parte de algo más grande, nos volviera ciegos frente a los errores que se desarrollan en esos grandes planes.

Si bien es cierto que parte del odio de Borges hacia el fútbol es resultado de su conocido elitismo cultural rayano en el esnobismo (a pesar, por ejemplo, de la idealización que hace de la vida de los gauchos), su resuelta desconfianza hacia el espectáculo en los medios de comunicación y hacia la posible manipulación de la cultura popular por parte de las fuerzas políticas no deja de ser una forma de pensar saludable.

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