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La compra de Twitter por parte de Elon Musk ha generado muchas dudas respecto al futuro de la plataforma. Una de las posibles respuestas ha sido la búsqueda de herramientas alternativas, como Mastodon, una red descentralizada que funciona con software de código abierto y que no tiene publicidad ni otras formas de monetización. En algunos aspectos, Mastodon está alineado con el espíritu que existía en Internet en sus primeros tiempos. ¿Por qué nos hemos alejado tanto de ese primer modelo?

El Internet de la década de 1990 y principios del 2000 prometía ser un lugar sin fronteras o limitaciones que impidieran comunicarnos, con proyectos como Wikipedia, las páginas con preguntas y respuestas e innumerables blogs y sitios web que ofrecían un servicio público y desinteresado, sin ánimo de lucro, sin más intención que compartir contenidos creativos o personales con otros. Sin embargo, ese sueño de un Internet libre y abierto dio paso un modelo en el que entraban en juego terceros, grandes empresas y entes gubernamentales que tomaron el control de lo que vemos y de nuestros datos.

Si bien es cierto que generar contenidos útiles o entretenidos de forma gratuita es relativamente fácil, no es menos verdad que se necesita dinero para construir una infraestructura que lo permita. Para mantener contenidos libres, muchas páginas web recurrieron a los anuncios. Ahora bien, los ingresos por este tipo de publicidad no son demasiado elevados, así que pronto quedó claro que la única forma de generar una buena fuente de ingresos era recopilar datos sobre los usuarios para que los anunciantes pudieran dirigirse a ellos de forma segmentada. Pero este sistema, en realidad, solo era verdaderamente rentable para las páginas más populares, sobre todo para las redes sociales.

De ahí a un Internet dominado por enormes redes y sitios corporativos solo hubo un paso. El Internet abierto y libre se volvió cada vez más peligroso y traicionero, en gran medida porque la infraestructura de la que dependía para existir era mantenida en su mayor parte por un grupo más o menos numeroso de voluntarios. Esta escasez de energía y recursos para respaldar ese modelo de Internet ha hecho que esta sea cada vez más difícil y que los datos de los usuarios estén cada vez más inseguros.

Es por eso que la única salida al control corporativo de Internet sea una financiación sólida que permita la creación y el mantenimiento de plataformas alternativas, que estén atendidas por personas que tengan empleos remunerados. Un sistema cuyo funcionamiento depende tanto del trabajo voluntario inevitablemente se acabará malogrando y, como resultado, los usuarios acabarán navegando en plataformas que quizá sean más seguras pero también más controladas, con una filosofía diametralmente opuesta al espíritu del Internet abierto y libre. La cuestión es si existen entidades financieras o gubernamentales interesadas en fomentar ese modelo de Internet.

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