El artista moderno trabaja con el espacio y el tiempo, y expresa sus sentimientos en lugar de ilustrar.

Jackson Pollock

Han pasado ya unos años, tal vez demasiados, desde que visitara por primera vez la ciudad de Cuenca y, más en concreto, su Museo de Arte Abstracto. No obstante, a pesar del tiempo pasado, produjo en mí una impresión tan indeleble que aún lo recuerdo con más o menos viveza.

Por supuesto que, en mi recorrido por las diferentes salas que lo componen, mi extrañeza fue in crescendo, pero llegó un momento en que tuve la impropia sensación de estar contemplando los recónditos vericuetos del ser de cada uno de los artistas. No eran figuraciones, eran sentimientos plasmados sobre el óleo, gritos enumerados, esencias del crimen que un mundo nihilista causado contra los artistas, representaciones de esa batalla primordial que tiene lugar en el alma sedienta de cada uno de los autores, una pelea a muerte por la supervivencia en medio del vacío absoluto del que en ocasiones se recubre nuestro mundo.

La Mancha es una tierra de inmensas planicies que provocan en el observador sentimientos contradictorios, visiones e impresiones de desolación, de tierra melancólica, de hueco existencial, de herrumbre en medio del caos, de un regreso, por imperativo de alguna antigua divinidad íbera al interior de uno mismo, a la bolsa marsupial, al útero figurado que se mantiene suspendido en alguna parte de nuestro íntimo ser. La Mancha, como bien dijera uno de nuestros venerables literatos, es el solar literario y artístico de España. 

Y, ¿por qué les cuento todo esto?, muy sencillo, porque hoy quiero hablarles de la historia de una artista plástica que vino a la luz en esa misma tierra, en Quintanar de la Orden, provincia de Toledo. 

Se trata de Amelia Moreno, una artista autodidacta pero con un don natural para la pintura, algo que le ayudó a la hora de liberarse del corsé de los academicismos, tan propensos a encerrar a los creadores en un bucle desprovisto de sentido.

En sus primeras obras, llegó a experimentar con el cubismo, el surrealismo y con cierto dramatismo teatral, acercándose a la siempre compleja y atractiva cosmovisión lorquiana.

Su verdadera escuela de vida, tuvo mucho que ver con los movimientos antifranquistas del madrileño barrio de Lavapiés en el que participó con un arte en acción, como ella misma lo llamó.

Su trayectoria artística se caracteriza, en un inicio, por su rechazo frontal del conceptualismo, que era el movimiento, en lo que al arte se refiere, predominante en los años 70.

Para Amelia Moreno, el hecho de tener que buscar una idea a la hora de pintar, constreñía al autor, obligándole a ser esclavo de su propio concepto. Más allá de esto, pretendía encontrar la forma de unir el concepto y su realización, siendo esta búsqueda una manera de afrontar la consabida alienación marxista y de caminar por la senda que tanto Mondrian como Kandinsky habían intentado surcar en su momento, la de que el arte y la vida podrían ser la misma cosa, idéntica esencia. 

Fundación Amelia Moreno

Hay que dormirse arriba en la luz. 

Hay que estar despierto abajo en la oscuridad intraterrestre, intracorporal de los diversos cuerpos que el hombre habita: el de la tierra, el del universo, el suyo propio. 

María Zambrano

Pero, analicemos brevemente, si les parece, lo que supuso el expresionismo abstracto, el movimiento o la línea artística más cercana al sentir de Amelia Moreno. 

El expresionismo abstracto es un movimiento genuinamente estadounidense, que surgió como una reacción a los episodios históricos de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, ya que, como es de suponer, a estos acontecimientos les siguió un periodo de incertidumbre social y de cuestionamiento de la moral humana, en general.

A partir de aquí, por tanto, comienzan a surgir formas de creación desgarradas que obviaban o depreciaban todo lo relativo al goce estético, dando prioridad a la expresión corporal, al sentimiento de soledad, de aislamiento, en continuo proceso de individuación.

El artista se siente desalentado por el contexto histórico y político en el que se ve inmerso y, por consiguiente, busca refugio en su interioridad abandonando toda referencia externa.

Mantengo con mi trabajo una relación intensa y violenta y quizás por eso el intentar analizarlo, ordenarlo, traducirlo, etc, siempre me produce conflicto, quizá esa sensación de estar limitando algo que se supone ilimitado. 

Hay en mi pintura una insistencia, una lucha de los elementos por sobrevivir. 

El color, necesidad de luz, de iluminar esa oscuridad. Luz que me entrega sombra. Más caligrafía que goteo. Pincelada rápida que toca la tela. Gesto frío, controlado y, sin embargo agresivo y esto último me hace dudar de que el control sea completo. 

La claves más importantes son invisibles. 

Amelia Moreno

Siempre que he tenido la posibilidad de caminar por los senderos adyacentes a la Fundación Amelia Moreno, he percibido la sombra, al principio indefinida, pero poco después, muy precisa, de la propia Amelia Moreno. Es como si me llamará para hacer acto de presencia en aquel lugar tan bello e igual de inquietante. Las sinergias y las energías que allí se perciben toman la forma de un mural abstracto, llevándote sin remedio en un viaje transtemporal y fuera del espacio habitual de la manchega población de Quintanar de la Orden. 

En todo momento y en todo lugar, me sigo haciendo la misma pregunta, ¿ quién era Amelia Moreno y por qué me atrae tanto su figura?. He ahí el máximo de los misterios. 

Como diría Maria Zambrano, sus manos de artista expresionista se adentrarán en esa oscuridad intraterrestre, intracorporal, para alcanzar esa luz imposible de captar en este lado del más acá. Sin la oscuridad la luz es metafísicamente imposible y viceversa.

¿Será la muerte una búsqueda radical de la propia interioridad? ¡Cuánto me gustaría encontrármela y charlar larga y profusamente con ella!. 

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