«Llegaron a Betsaida, y le llevaron un ciego, rogándole que le tocara. Tomando al ciego de la mano, le sacó fuera de la aldea, y, poniendo saliva en sus ojos e imponiéndoles las manos, le preguntó: ¿Ves algo? Mirando él, dijo: Veo hombres, algo así como árboles que andan. De nuevo le puso las manos sobre los ojos, y al mirar se sintió restablecido, viendo todo claramente de lejos. Y le envió a su casa diciéndole: Cuidado con entrar en la aldea» (Marcos, 6, 22-26).

Ver no es tan fácil como muchos se imaginan. Hay quienes pueden llegar a vivir enormes calvarios a causa de la visión, sobre todo, aquellos que han conocido la vida de la mano de la visión pero también de la mano de la ceguera. Por ello, en este breve artículo trataremos de comentar y reflexionar en torno el capítulo cuarto, «Ver o no ver», de la obra Un antropólogo en Marte (1999) del famoso psicólogo clínico Oliver Sacks. En este capítulo, el autor nos presenta el caso paradigmático de Virgil, el cual nos recuerda que lo bueno y lo malo son conceptos relativos pues al igual que a partir de «lo malo» podemos construir estrategias de adaptación que nos permitan alcanzar el equilibrio, la buena vida, etc., también puede ocurrir que no estemos preparados para explorar las nuevas posibilidades que nos ofrece «lo bueno» y terminemos teniendo una mala vida.

Nos encontramos ante la historia de Virgil, la historia de una recuperación milagrosa de la vista por parte de un ciego aunque con un giro irónico e inesperado al final (que vuelve a perder la vista y más tarde morirá). Se trata de una historia que, en primer lugar, narra el fuerte impacto al que ha de enfrentarse un exciego con la (nueva) realidad visual ante la que se encuentra, y en segundo lugar, «nos remite a las sutiles y grandes diferencias que hay entre mirar y ver. Entre ver y captar» (Sánchez, 2019).

Una vez que Virgil puede ver tras la operación pertinente que se le practica para recuperar la visión se enfrentará a numerosas discordias, problemas, choques, equívocos, etc., que para la gran mayoría de personas realmente no suponen ningún problema pero sí para él. La razón de ello no es solo que Virgil no esté acostumbrado a ver sino que el mismísimo ver del que dispone ahora puede ser una «maldición» cuando toda tu mente está estructurada para no ver. ¿Qué es lo que le sucede a Virgil, alguien que nunca ha visto nada, cuando se adentra en el mundo de la visión? En primer lugar, su cerebro «tiene que pensar más deprisa, todavía no es capaz de confiar en la visión… Como un bebé, tiene que aprender a ver, todo es nuevo, excitante, tiene miedo, está inseguro de lo que significa ver» (Sacks, 2020, p.146); y, en segundo lugar, a la hora de moverse «todavía tenía muchos de los hábitos, de los comportamientos, de un ciego (…) [tanto es así que] andar sin tacto, sin su bastón, le daba miedo y le confundía, pues su apreciación del espacio y la distancia era incierta e inestable. A veces las superficies o los objetos le parecían amenazantes, como si estuvieran encima de él, cuando de hecho se hallaban a bastante distancia; a veces le confundía su propia sombra (toda la noción de sombras, de objetos bloqueando la luz, le dejaba perplejo) y se detenía, o daba un traspié o intentaba pasar por encima» (Sacks, 2020, p.156-159). Esto se debía a que, tras más de media vida como ciego y carecer de recuerdos visuales anteriores a su ceguera, una vez que podía ver, «carecía del mundo de la experiencia y del significado. Veía, pero lo que veía no tenía coherencia. La retina y el nervio óptico estaban activos, transmitían impulsos, pero el cerebro no les encontraba sentido; estaba, tal como dicen los neurólogos, agnósico» (Sacks, 2020, p.152). Una vez explicado muy brevemente el caso de Virgil, conviene percatarse de la siguiente cuestión: poner en relación el caso del protagonista y la abducción.

Recordemos que con la recuperación de la vista, Virgil no solo es que vuelva a ver sino más bien que vuelve a nacer. Parte de cero una segunda vez en su vida: la primera fue como bebé recién nacido y la segunda como persona que puede ver. Claramente, Virgil no es un bebé pues, aunque tenga que empezar en cierta medida de cero, ya que ahora cuenta con el sentido de la vista, tiene de antemano una serie de conocimientos previos (sabe hablar, tiene un trabajo, está casado, tiene amigos, etc…). No obstante, todos estos conocimientos previos de los que dispone ven sacudidos sus cimientos por su nueva capacidad de ver. No se está diciendo que estos conocimientos previos sean mentira y/o que este tenga una vida que no es verdadera sino que dichos conocimientos no tienen por qué ser a ojos de Virgil (ahora que ve) tal y como se los imaginaba en la totalidad de su mente y mundo de ciego. Por ejemplo: tenía amigos con los que hablaba, se lo pasaba bien y se reía a carcajadas pero, ¿acaso les había visto reír, es decir, se imaginaba que la risa era de X manera visualmente hablando? Es por esto que podemos considerar que Virgil se encuentra ante el mundo visual no totalmente desnudo pero sí con múltiples y diversas dudas hacia el mismo ya que sus conocimientos previos, aunque para un ciego sí valían, no valen para la interacción de un no-ciego con el mundo. En definitiva, Virgil veía pero no identificaba (Sacks, 2020, p.153) y es partir de esta situación en la que entra la cuestión de la abducción pues esta tiene lugar in media res y está influenciada por un contexto previo y una experiencia fundada de la que partir (en este caso, el contexto y la experiencia de ser ciego).

Una vez que Virgil comienza a ver las cosas que ya conocía previamente como ciego pero no como no-ciego empezará a aplicar lo nuevo que está descubriendo (los colores, las distancias…) a lo que ya había descubierto a lo largo de su vida como ciego (la forma de un coche, la superficie de una mesa…), es decir, articulaba lo conocido con lo desconocido hasta el momento: ahora el coche no solo tiene una forma concreta o hace un ruido concreto sino que también tiene un color. Las reacciones de Virgil ante sus nuevos descubrimientos no son violentas como tal en un sentido catastrofista sino más bien próximas a la curiosidad y a la sorpresa (véase por ejemplo como Virgil se queda pasmado con los distintos colores de piel de todos y cada uno de sus pacientes en la clínica en la que trabaja, algo que como ciego era incapaz de imaginar o concebir). Es por esto que en el tiempo que Virgil disfruta de la vista, este se guiará en su día a día por (1) la hipótesis, aquella que «se da cuando encontramos alguna circunstancia curiosa que podría ser explicada si fuera el caso particular de una cierta regla general, y es por eso que adoptamos tal suposición» (Peirce, CP 2.624, 1878); y (2) la inferencia abductiva, pues Virgil no parará de observar numerosos hechos sorprendentes (claro que únicamente para él) como el color verde del césped, pero que si se diera cuenta de que la mayor parte de las plantas y hierbas son verdes (algo que Virgil no sabía con anterioridad y que va a descubrir con el tiempo), que el césped del jardín sea verde parece algo corriente, y es por esto que hay razón suficiente para sospechar de que la mayor parte de las plantas sean verdes es algo cierto (véase Peirce, CP 5.189, 1903).

Virgil no tiene que aprender cosas nuevas sino re-aprender las que ya sabe, es decir, tiene que formarse nuevas ideas de lo que ya conoce y es por esto que el protagonista del capítulo que aquí estamos tratando recurre a la abducción en gran medida, pues esta «es el proceso de formar una hipótesis explicativa. Es la única operación lógica que introduce una nueva idea» (Peirce, CP 5.171, 1903); y Virgil necesita nuevas ideas sobre todo, necesita de la abducción porque ella es la adecuada para contar hechos o sucesos aparentemente distantes o inconexos (en este caso para un ciego) para reorganizar la forma de abordar un hecho sorprendente. Retomemos la idea anterior de sorpresa. Esta, de la cual se hace cargo la hipótesis, le produce a Virgil cierta desazón, lo cual produce en él un sentimiento de insatisfacción o no conformidad desde la que demandará buscar una abducción que le permita convertir el hecho o fenómeno sorprendente en uno razonable. Sin embargo, conviene recordar que recurrir a la abducción no acaba con la insatisfacción de uno sino que tan solo la suaviza (recordemos que hay momentos en los que Virgil prefiere no ver porque no termina de entender algo, lo cual le agobia, como es el caso de los distintos colores de piel desnuda que tiene que tocar de sus clientes en la clínica).

Como toda historia, la narrada por Sacks en torno al caso de Virgil también tiene un personaje malvado, y este tiene nombre de juicio perceptivo. Mientras que en los procesos abductivos sí somos capaces de someter a crítica nuestras propias conjeturas, en los juicios perceptivos no podemos. Estos son aquellos «juicio[s] absolutamente forzado[s] a mi aceptación, y que se da[n] por un proceso que soy totalmente incapaz de controlar y, consecuentemente, soy incapaz de criticar» (Peirce, CP 5.157, 1903). La percepción obedece a los estímulos cerebrales que se obtienen a través de los 5 sentidos. Sin embargo, dichos sentidos nos proporcionan «datos crudos» del mundo externo a no ser que dichos datos sean procesados en el cerebro para su interpretación. Todos tenemos juicios perceptivos dado que no funcionamos como un sistema de estados estables y bien definidos (y menos aún, como es el caso de Virgil, si en la mayor parte de nuestra vida contamos con tan solo cuatro sentidos y de golpe adquirimos un quinto). Este personaje malvado cobra sentido si nos fijamos en la esposa de Virgil: Amy. Esta, en cierta medida y salvando las distancias, es la culpable de los juicios perceptivos de su marido pues fuerza al sistema visual de este desde el primer día en que deja de ser ciego para que «rellene» esos huecos que tiene en su cosmovisión del mundo debido a su ceguera anterior, todo ello en aras de que Virgil tenga «un nuevo renacimiento de la personalidad» (Sacks, 2020, p.186).

Sin embargo, estos juicios perceptivos son tan solo el inicio de algo todavía peor. El sobrecargar el sistema visual de Virgil por parte de Amy es tan radical que se le niega a Virgil la puesta en práctica de su propia red neuronal por defecto pues esta tan solo se activa en los individuos que se encuentran, preferentemente, en momentos de pasividad, cuando las exigencias de relacionarse con el entorno exterior se relajan. No se le permite disfrutar de un mínimo musement, es decir, de «la meditación libre, el juego de la mente que contempla el universo, un peculiar estado de la mente y del corazón que van de una cosa a otra de modo libre, sin seguir regla alguna» (Nubiola, 2004, p.87). En otras palabras, a Virgil no se le deja en ningún momento tener una actitud despreocupada y lúdica. Es por esto que el protagonista de la historia sufrirá en muy poco tiempo unas enormes y fuertísimas crisis de motivación, fatigas visuales, recaídas en costumbres de ciego, grandes tensiones existenciales y conflictos emocionales: «Virgil quizá no había vivido una época de mayor tensión: acaban de operarle, acaba de casarse; el tranquilo discurrir de su vida de ciego y de soltero había quedado hecho trizas; estaba sometido a la tremenda presión de lo que se esperaba de él; y el hecho de ver era en sí mismo confuso, agotador» (Sacks, 2020, p.177). A Virgil no se le dejó morir como ciego pero tampoco a (aprender a) nacer como alguien no-ciego. Se le obligó a estar en «la fase intermedia, el limbo —entre dos mundos, uno muerto / y el otro incapaz de nacer—, lo [que le hizo estar en el lugar más] terrible» (Sacks, 2020, p.183).

Bibliografía utilizada

Nubiola, J. (2004): «C. S. Peirce y la abducción de Dios», Tópicos, 27, pp. 73-93.

Peirce, C. S. (1931-1958)/[1860-1913]: Collected Papers, vols. 1-8, C. Hartshorne, P. Weiss y A. W.

Sacks, O. (2020): Un antropólogo en Marte, 15ª edición, Anagrama, Barcelona.

Sánchez, E. (2019): «El caso de Virgil: entre la ceguera y el color», La mente es maravillosa, 7 de noviembre. Disponible en: https://lamenteesmaravillosa.com/el-caso-virgil-entre-la-ceguera-y-el- color/.

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