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Víctor Amela es un conocido autor y periodista cuya obra parece girar entorno a una obsesión: Federico García Lorca. Si yo me pierdo, su nueva novela, recrea y ficcioniza el viaje del poeta a Cuba, al tiempo que narra las desventuras del autor en busca de las huellas de Lorca, de su voz y de los amigos que dejó en La Habana.

 

Federico García Lorca desembarcó en Cuba procedente de Nueva York en marzo de 1930, invitado por una semana. Pero discurrieron más de tres meses hasta que el poeta andaluz decidió volver a España, embriagado de música y belleza caribeñas, soneros y santeros, terrazas y palmeras, ron blanco, sensualidad negra y noches de Malecón.

¿Qué hizo el poeta en «los días más felices de mi vida», como definió sus días cubanos? ¿Cómo Cuba tiñó la obra, la persona y el destino de Federico? «Si yo me pierdo —advirtió por carta a sus padres— que me busquen en Cuba.» Y se perdió. ¿Para encontrarse? Esta novela lo cuenta.

Si yo me pierdo es una novela que, aunque trata sobre Federico García Lorca y novela su viaje a Cuba, comienza durante la pandemia del Covid-19, con el autor aislado en un hotel, esperando la ocasión de salir y ponerse a seguir las huellas del autor de tan inmortales poemas y obras teatrales. Y aunque este puente que tiende Víctor Amela entre pasado y presente, el afán de protagonismo del autor eclipsa en la novela lo que debería ser la trama principal: la visita de Lorca a La Habana. Se nos narra un viaje en busca de las pistas que Lorca dejó tras de sí, anticipando de esta manera muchas de las situaciones que, más adelante, se narrarán en forma de ficción. Utiliza, además, el presente como tiempo narrativo, lo que resta elegancia a la narración. Dos decisiones estas que me han costado una extraña relación con el libro. Como amante de Lorca tras haber vivido en la misma Residencia de Estudiantes en que conoció durante una década a Buñuel y Dalí, leer sobre Lorca es algo que me obsesiona y fascina. Si yo me pierdo recoge una obra muy personal del autor, un puente, como he dicho antes, entre pasado y presente, lo que ayuda a dar una visión del poeta viva, y no como un simple hito que estudiar. Comprendo esto y entiendo que es totalmente intencionado por parte del autor (a estas alturas no voy a caer en la falacia de que cuando algo es intención del autor, automáticamente resulta acertado, pues los autores tienen la virtud de tomar decisiones que no agraden a sus lectores), pero a mí me falla.

Me falla que la novela habla mucho más sobre el autor que sobre Lorca. Me falla la elección de una voz y tiempo verbal que tienen más de guion cinematográfico que de novela; me falla en pretender al mismo tiempo ser una crónica y una novela. Me falla en su ambición desmedida, que pretende contarlo todo y termina por no contar nada.

Si yo me pierdo no deja de ser un ejercicio interesante. Y no quiero parecer desagradecido para con la lectura: es una buena novela, cercana a los cánones de hoy día, tanto en su estilo (capítulos muy cortos, estilo simple y directo) como en su contenido: compone la trama como si quisiera ser un thriller (por un lado, la búsqueda de los pasos que siguió Lorca y el misterio de su voz desaparecida; por otro, la ficción del propio autor; además, la pandemia mundial de fondo…), pero quiere también resultar históricamente interesante, y el autor se cuela cada pocas páginas para rechazar la sencilla novela y aportar una crónica periodística, fundiendo la obra en varios estilos. Agradezco el esfuerzo y no puedo negar la dificultad de la empresa, mi admiración por ello al autor, pero quizás aspira demasiado alto. Si yo me pierdo se convierte demasiado rápido en un batiburrillo con crisis de identidad, que solo en su recta final termina de satisfacer lo anhelos del lector (y un precioso capítulo final sobre qué sucedió con las grabaciones de la voz de Lorca) y unos anexos impagables: archivo fotográfico del autor y cronología de los días que pasó el poeta en Cuba.

Con todos estos elementos, me resulta vacío intentar conformar una crítica (claro que subjetiva, la crítica solo puede ser subjetiva, y aun prejuiciosa). Por un lado, pienso que no haré justicia al trabajo del autor, que merece una ovación y un agradecimiento. Por el otro, me hubiera gustado que el libro me gustara más, pero quizás una ficción protagonizada por Lorca por un lado, o una crónica periodística por otra, hubieran dado mejor resultado. Si yo me pierdo quiere serlo todo, y no tengo claro que esto le siente bien. El que quiera leer sobre Lorca, quizás se aburra con las peripecias del autor en un hotel confinado por el coronavirus; el que se engancha a la crónica y el viaje, sentirá los capítulos lorquianos como injertos. El retrato del escenario, la dulzura con que se componen los días de Lorca, las anécdotas irrepetibles que descubre el autor y los hermosos diálogos son sus principales virtudes; la falta de cohesión en el conjunto y ese terrible presente simple cinematográfico son algunas de las cosas que no me han gustado. Creo que el libro tiene más de Cuba como personaje, de sus gentes, de su pasado y su futuro, y que Federico actúa en estas páginas como un Virgilio alegre (¡primero es vivir!) que toma de la mano al lector y lo lleva por sus callejuelas. El conjunto es, como apuntaba, un libro que me cuesta reseñar. Ojalá me hubiera gustado más, ojalá te guste a ti cuando lo leas.

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