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«Nuestros libros en papel han durado cientos de años en nuestros estantes y todavía se pueden leer», comentaba hace poco Brewster Kahle, fundador de Internet Archive, el depósito histórico de páginas web antiguas y otros artefactos digitales más importante de la red. Y añadió: «Sin mantenimiento, tendremos suerte si nuestros libros digitales duran una década».

Recordemos que la relación de Kahle con la industria editorial no es precisamente buena. Durante más de dos años, se ha visto envuelto en una amarga pelea judicial por su intento de hacer copias digitales de libros con derechos de autor y prestarlos de forma gratuita, algo que, según él, es lo que hacen las bibliotecas públicas y que, según las editoriales, representa un acto de piratería digital deliberada a gran escala. Lo que pone sobre la mesa este debate es la capacidad de la tecnología digital para sustituir los modelos tradicionales de edición, impresión y venta de libros. Y es que la revolución tecnológica puede suponer una gigantesca fuente de ingresos, pero también de pérdidas, para editoriales y autores.

Como productos de consumo, los libros electrónicos empezaron a tener cierta relevancia a partir de la introducción del primer Kindle de Amazon en 2007. Desde entonces, los formatos electrónicos han proliferado, al igual que los métodos para leerlos, desde dispositivos fabricados exclusivamente para ellos, hasta navegadores web, aplicaciones, teléfonos inteligentes o tabletas. Lo que no ha cambiado es la polémica que ese material digitalizado genera en editoriales y en bibliotecas.

Es tentador considerar el contenido digital como algo eterno. Al fin y al cabo, no se degrada cuando se vuelve a copiar, a diferencia de las copias hechas a mano. Aunque, como observa Kahle, es vulnerable a volverse tecnológicamente obsoleto. Un archivo producido en un formato puede ser ilegible en otro, como ocurre con los dispositivos más antiguos, lo que te obliga a convertir archivos viejos a un formato nuevo. Además, este proceso puede suceder a una gran velocidad. Solo el Kindle ha generado una gran confusión de formatos de archivo a lo largo de los años. El formato de archivo AZW evolucionó para agregar una mejor tipografía en el DRM y ahora se conoce como AZW3 o KF8. El EPUB puede ser el formato más longevo y con más compatibilidad, pero tampoco es tan perdurable como el papel.

Por el contrario, los libros físicos pueden sobrevivir siglos, a través de inundaciones, sequías, olas de calor o a la manipulación de infinidad de lectores. Si se te cae un libro de papel en el baño, aún se puede leer después de secarlo. Puede que esté hinchado y feo, pero funcionalmente sigue estando disponible. El almacenamiento digital no es tan resistente y requiere copias de seguridad, copias de seguridad que en la mayor parte de los casos quedan en manos del vendedor. Sí, en Kindle se puede volver a descargar un libro en un nuevo dispositivo, pero puede ocurrir que ya no estén disponibles, como pasó en 2009 cuando Amazon retiró copias de 1984 de George Orwell.

Sin embargo, a pesar de esto, las editoriales y las bibliotecas siguen pensando que los libros físicos son perecederos y los archivos digitales eternos. Este pensamiento llevó a bibliotecas de todo el mundo a descartar sus colecciones de libros y publicaciones periódicas físicas en favor de los facsímiles digitales. La capacidad de hacer copias idénticas de materiales impresos mediante escaneo digital ha sido una bendición para la distribución del conocimiento pero también un dolor de cabeza para las editoriales, que temiendo que la capacidad de crear fácilmente copias digitales idénticas de sus productos abriría la puerta a la piratería ilimitada y a las infracciones de derechos de autor, han impuesto restricciones sin precedentes a los derechos de propiedad de los libros electrónicos.

De hecho, se quejan de que el sistema de préstamos de Internet Archive es precisamente lo que están tratando de evitar. Kahle dice que lo fundó para brindar acceso gratuito a millones de libros de dominio público, escaneados por el propio Internet Archive. Pero finalmente se incluyeron libros con derechos de autor y esto es lo que empezó a generar polémica. Según Kahle, no se prestan libros de menos de cinco años para evitar perjudicar a los bestseller. Además, los libros prestados solo pueden ser tomados por un usuario y por periodos limitados, tal y como lo haría una biblioteca o, en palabras de Kahle, como un sistema de «préstamo digital controlado».

Aunque los autores y las editoriales temen que iniciativas como las de Internet Archive les perjudiquen económicamente, los libros electrónicos en realidad han dado un mayor control sobre la difusión de sus productos. Y es que en la mayoría de los casos, los consumidores no son dueños de sus libros electrónicos sino que solo han adquirido una licencia para su uso, es decir, que lo que se compra es el derecho a leer el libro, no el libro en sí. Cuando se compra un libro en Amazon, por ejemplo, los términos y condiciones dejan claro que no se obtienen todos los derechos de los propietarios de libros convencionales. No pueden, por ejemplo, vender sus libros electrónicos y, en muchos casos, no pueden prestarlos a sus amigos, como sí se puede hacer con libros físicos. De hecho, en el caso de Amazon solo se pueden leer los libros electrónicos en dispositivos y aplicaciones de esta empresa. Es más, en ese caso, a la muerte de su propietario, todos los libros digitales de un lector dejarían de existir. Incluso si se quiere eliminar el DRM de los libros y almacenarlos en un ordenador, cualquiera no sabe hacerlo.

Todo esto se evita con los libros físicos y ese es precisamente el punto, insiste Kahle. Según él, a las editoriales les gustaría un mundo en el que solo se puede acceder a los libros, nunca poseerlos, y en el que su disponibilidad está sujeta al capricho de los titulares de sus derechos. «Queremos que un libro electrónico sea un libro», dijo Kahle. «Cuando compras un libro electrónico deberías tener los mismos derechos que un comprador en el mundo físico. De la misma manera que las personas y las bibliotecas compraban libros en el pasado, deberían poder comprar libros electrónicos en la actualidad».

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