Interior de la Cripta de la Civilización, fotografiada en 1939 antes de sellarla (Fuente).

Hecha de granito macizo, la Cripta de la Civilización es una sala situada bajo las torres góticas del Phoebe Hearst Hall de la Universidad de Oglethorpe. A pesar de estar repleta de variados y apasionantes artefactos de los años 30, desde discos fonográficos o máquinas de escribir hasta juguetes del Pato Donald o maniquíes de moda de la época, este pequeño museo de la tecnología y de la cultura de mediados del siglo XX no es accesible al público. Su pesada puerta de acero está soldada y sus paredes cerradas herméticamente. No solo no podrás ver su contenido, tampoco podrán hacerlo tus hijos, tus nietos o tus bisnietos podrán, ya que no se abrirá hasta dentro de 6.177 años. Es decir, 187 generaciones a partir de ahora, para el año 8113. Es un futuro lejano, en el que el estado de nuestra civilización, si es que aún existe, habrá cambiado drásticamente.

El Libro Guinness de los Récords reconoce la Cripta de la Civilización como la primera cápsula del tiempo moderna, pero ¿hasta cuándo se remonta realmente la práctica de preservar artefactos culturales e información para la posteridad? Las tumbas egipcias y otros enterramientos antiguos no estaban pensados para ser abiertos, lo que los convierte en candidatos para ser las primeras cápsulas del tiempo. Sin embargo, uno de los primeros textos literarios conocidos, La epopeya de Gilgamesh, incluye instrucciones para encontrar una caja de cobre enterrada dentro de las murallas de Uruk, en el actual Irak. Esta caja contenía supuestamente una historia completa, lo que indica que la idea de enterrar un mensaje para las generaciones futuras se remonta al año 2100 a.C. Otro ejemplo, lo encontramos en las cercanías de Kermanshah, Irán, donde se construyó un monumento con la intención de que durara miles de años. Lo mandó tallar el emperador persa Darío el Grande en torno al año 500 a.C. y en él se detallan varias rebeliones que fueron sofocadas durante sus 36 años de gobierno.

En el pasado, los mensajes dejados al futuro representaban principalmente los logros de reyes y otras personalidades eminentes. No fue hasta principios de la Edad Moderna cuando empezaron a conservarse objetos de la vida cotidiana. Una de las cápsulas del tiempo más antiguas que se conocen se encuentra en la veleta con forma de saltamontes del Faneuil Hall de Boston, que fue sellada en 1761. Contenía monedas, papeles y mensajes de los distintos alcaldes de Boston.

La popularidad de las cápsulas del tiempo creció a lo largo del siglo XIX, especialmente como un medio para conmemorar los centenarios de las ciudades, las ferias mundiales y otros eventos importantes. Una de las primeras cápsulas conmemorativas fue preparada por la editora Anna Deihm en 1876 para celebrar el Centenario de Estados Unidos. Conocida como la «Caja fuerte del siglo» o «Bóveda del centenario», la caja de hierro forrada de terciopelo estaba repleta de artefactos como una pluma y un tintero de oro, fotografías del presidente Ulysses S. Grant y otros políticos, y álbumes llenos de firmas. Sellada en 1879, la caja permaneció en el sótano del Capitolio durante 100 años, hasta que el presidente Gerald Ford la abrió el 4 de julio de 1976.

Inspirado por el descubrimiento de tumbas egipcias, como la de Tutankamón, en 1922, Thornwell Jacobs, presidente de la Universidad Ogelthorpe entre 1915 y 1944, concibió un forma de preservar el conocimiento y la cultura contemporáneos para las generaciones futuras: la Cripta de la Civilización de la Universidad Ogelthorpe.

Para hacer realidad su visión, Jacobs contrató a Thomas Kimmwood Peters, productor de cine, fotógrafo e inventor, para organizar el contenido de la cripta y dirigir su construcción. La cripta se construyó en una antigua piscina situada bajo el Phoebe Hearst Hall, excavada en un lecho rocoso de granito macizo en una zona libre de actividad sísmica. La cámara se fortificó con paneles de esmalte y se selló con brea, para crear un espacio herméticamente cerrado de unos 200 metros. A continuación, Peters llenó esta cámara con toda clase de objetos de la década de 1930, que representaban la vida cotidiana y la cultura, así como con todos los conocimientos científicos y técnicos humanos de los últimos 6.000 años. Los objetos incluían tecnología, como una máquina de escribir, una radio, un teléfono o televisión. También había objetos cotidianos, como un bolso de mujer, un chupete de bebé o hilo dental. Por supuesto, no podían faltar ejemplos de las artes y el entretenimiento, como discos de fonógrafo o una figurita del Llanero Solitario. David O. Selznick aportó incluso un borrador original del guión de Lo que el viento se llevó. A todo esto habría que sumarle grabaciones de personajes históricos como Adolf Hitler, Josef Stalin o Franklin Roosevelt, y microfilmes de acetato que contenían más de 600.000 páginas de literatura, con obras imprescindibles como la Biblia, el Corán, la Ilíada o la Divina Comedia de Dante. Peters preparó, incluso, un generador eólico para alimentar todos los dispositivos eléctricos en un futuro lejano, en caso de que no se dispusiera de electricidad.

Como podía ocurrir que la lengua inglesa ya no existiera o hubiera cambiado drásticamente, construyó el «Integrador de Lenguas», una especie de Piedra Rosetta que contenía las 1.500 palabras inglesas más frecuentes, cada una con su propia imagen y una grabación de audio. Además, las paredes de la cripta estaban adornadas con imágenes creadas por el artista George L. Carlson, que retrataban la historia de la inteligencia y el desarrollo humano. Para disuadir a los ladrones, no se colocaron en la cripta objetos de valor incalculable. Los artefactos y objetos quedaron esparcidos por el suelo y por las estanterías, dándole el aspecto de una tumba egipcia moderna.

Universidad de Oglethorpe: la cripta está en el sótano (Fuente).

En agosto de 1937 comenzaron las obras de la cripta, que duraron casi tres años. El 27 de mayo de 1940, David Sarnoff, Presidente de Radio Corporation of America, inauguró la cripta. Al día siguiente, se cambió el aire de la cámara por nitrógeno y se selló la pesada puerta de acero, que no se abriría hasta el año 8113.

Para garantizar la supervivencia de la Cripta a lo largo del tiempo, Jacobs hizo imprimir un Libro de Registro y lo envió a 3.600 bibliotecas, archivos, monasterios y otros lugares seguros de todo el mundo, con instrucciones para localizar la Cripta. Además, en la ceremonia de inauguración repartió 3.000 entradas de metal, que debían transmitirse de generación en generación. En esas entradas se podía leer: «El poseedor de esta entrada, descendiente del mencionado contribuyente hasta la 187ª generación, podrá asistir a la inauguración de la cripta el jueves 28 de mayo de 8113 a mediodía».

La Cripta de la Civilización se planeó con un espíritu optimista, aunque la ceremonia de sellarla tuvo lugar poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Eso explica que en el último momento Jacobs incluyera planchas del Atlanta Journal que revelaban el comienzo de la guerra y un mensaje escrito por él mismo que decía: «Es nuestro mundo el que está en proceso de enterrar completamente nuestra cultura, y la depositamos en esta cripta para que la descubras».

William Jarvis, en su libro de 2002 Time Capsules: A Cultural History, adopta una postura crítica obre las cápsulas del tiempo, argumentando que la mayoría de ellas carecen de valor desde un punto de vista histórico, ya que contienen «basura inútil» que no capta la esencia de la sociedad que las creó. Jarvis explica que la mayoría de los objetos colocados suelen estar en perfectas condiciones, muy distinto al estado de los objetos usados. Además, el contenido de las cápsulas del tiempo suele ser muy selectivo, ya que sólo destaca a la clase alta de la sociedad y no representa al ciudadano medio. También duda sobre ellas Nick Yablon, experto en historia de la Universidad de Iowa, que cree que no son un fiel reflejo de la sociedad en general, sino más bien de las ideas políticas y sociales particulares de sus creadores, que pueden haber quedado desfasadas.

Sin embargo, a pesar de sus detractores, las cápsulas del tiempo han seguido teniendo mucho éxito. En 1977, el astrónomo Carl Sagan encabezó un proyecto que dio lugar al Voyager Golden Record, un par de discos fonográficos chapados en oro con imágenes, sonidos y música de la Tierra. Estos discos se fijaron a las sondas Voyager 1 y Voyager 2 y se lanzaron al espacio interestelar, con la improbable esperanza de que formas de vida extraterrestre los encontraran en algún momento.

La artista escocesa Katie Paterson hizo una interpretación moderna del concepto de cápsula del tiempo conocido como Biblioteca del Futuro. En 2014, plantó 1000 abetos en un bosque cercano a Oslo, en Noruega. El plan es que estos árboles se talen al cabo de cien años y se utilicen para producir papel para la impresión de 100 manuscritos inéditos de autores como Margaret Atwood, David Mitchell o Karl Knausgard.

La utilidad de las cápsulas del tiempo para las generaciones futuras es cuestionable, pero su construcción puede servir para registrar nuestra época actual y proporcionar artefactos útiles para los historiadores del futuro. Según Paul Hudson, cofundador de la Sociedad Internacional de Cápsulas del Tiempo de la Universidad de Oglethorpe, rara vez sobreviven objetos ordinarios durante miles de años, por lo que cualquiera que lo haga tendría valor. Así pues, la historia de las cápsulas del tiempo parece tener menos que ver con la comunicación con épocas venideras y más con la forma en que documentamos y conmemoramos nuestro presente.

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