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Al pensar en una guerra suele venirse a la mente la conquista de territorios a través del uso de la violencia, con armamento y un terrible e inevitable coste de vidas humanas, perdidas o destrozadas para siempre. La guerra de Rusia en Ucrania implica todo eso, pero es mucho más. Existe un componente cultural esencial. Rusia no está simplemente limitándose a conquistar territorios, sino que para legitimar sus pretensiones está sistemáticamente tratando de destruir la cultura ucraniana, un atentado que no debería dejar indiferente a la comunidad internacional.

Como en otras regiones de Europa, la población de la Ucrania moderna es el resultado de una sucesión innumerable de migraciones étnicas y de influencias culturales, una combinación que ha confluido en una idiosincrasia propia. Sin embargo, basándose en los períodos del Imperio ruso zarista y en la era soviética, Vladimir Putin afirma que los ucranianos carecen de una historia, de una cultura y de una identidad distinta a la de Rusia.

Lo que Putin está negando es el idioma ucraniano, el arte del país y su historia, el florecimiento de la cultura y del nacionalismo ucranianos del siglo XIX, la república ucraniana posterior a la Primera Guerra Mundial, el movimiento independentista ucraniano de principios de la década de 1990 y su reafirmación de la Revolución Naranja de 2004 y la Revolución del Euromaidán entre 2013 y 2014. Todo ello representa una identidad ucraniana innegable que lleva siglos en desarrollo.

Muchos de los ataques de Rusia contra Ucrania no son aleatorios ni el resultado se traduce en simples daños colaterales. Antes bien, están bombardeando el patrimonio cultural del país. Es evidente que Rusia sigue un patrón dirigido a destruir y borrar la historia, la cultura y la identidad ucranianas, en un intento por respaldar la afirmación de que el país no posee nada que lo distinga o separe de Rusia. Hasta la fecha, se han documentado casi 1600 casos de daños potenciales a lugares del patrimonio cultural de Ucrania, incluyendo unos 700 monumentos y memoriales y más de 200 museos, archivos y bibliotecas. En particular, más de 500 son sitios religiosos (lugares de culto y cementerios), muchos de ellos dirigidos hacia la Iglesia ortodoxa ucraniana. El mayor número de casos se ha documentado en las regiones que han recibido los ataques rusos más agresivos: Kyiv, Kharkiv, Mariupol o Luhansk.

Sin embargo, afortunadamente, cientos de profesionales de organizaciones tanto ucranianas como internacionales están trabajando sin descanso para proteger artefactos, obras de arte, libros o documentos de esos ataques estratégicos y, en general, para defender un patrimonio cultural que está en peligro de extinción.

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