Walt Disney está tan asociado a los orígenes de la animación que parece que antes de Oswald el conejo afortunado y de Willie y el barco de vapor no hubo nada. Pero aunque Disney ha sido un verdadero pionero de la animación, hasta el punto de convertirse en una de las figuras más influyente de la cultura popular del siglo XX, probablemente no podría haber llegado donde llegó sin precursores como Winsor McCay.

McCay comenzó su carrera pintando carteles y anuncios para después, ya desde la adolescencia, pasar a hacer caricaturas en el Cincinnati Commercial Tribune. Esta precocidad no eran tan singular en aquella época, como demuestran otros ejemplos de jóvenes artistas como Robert Ripley o George Herriman, creador este último de Krazy Kat. Sin embargo, en el caso de McCay, fue la combinación de imaginación expansiva, excentricidad multidisciplinaria, disciplina puntillosa y ética de trabajo lo que le hizo despuntar.

En 1905 debutó con lo que se convertiría en su gran serie, una extensa aventura a color de página completa titulada Little Nemo in Slumberland. En esta historieta, llena de elegante fantasía, el joven personaje principal, cuyo nombre significa «nadie», viaja desde su habitación a Slumberland, un lugar en el que las camas pueden caminar, los pavos son gigantescos o las carreras de estrellas son algo habitual. Cada historia, de página completa, terminaba con Nemo despertándose repentinamente en su cama, pidiéndole al lector que reflexionara sobre la delicada frontera entre realidad y sueño. La historieta tuvo un éxito inmediato.

Hay que tener en cuenta que a principios del siglo XX se produjo un auge considerable de la industria periodística y, como consecuencia para el mundo del cómic, los primeros ilustradores se encontraron mostrando su obra a un público sin precedentes, lo que hizo que adquirieran un enorme prestigio. De hecho, magnates como Joseph Pulitzer o William Randolph Hearts los utilizaron para atraer lectores a sus publicaciones. En este contexto, el arte de la viñeta podía formar parte de un medio comercial y al mismo tiempo seguía considerándose como algo serio. El espacio de las viñetas en el papel, un formato inflexible, lejos de ser una limitación se convirtió en un desafío para la narración de historias.

McCay, por su parte, no contento con encorsetarse en este medio, comenzó a trabajar en cortometrajes de animación y entre 1911 y 1921 produjo diez películas. El artista fue muy meticuloso en su proceso de creación, dibujando cada fotograma a mano, con una precisión de dieciséis fotogramas por segundo. Eso significaba que en una película de pocos segundos McCay debía hacer miles de dibujos, pero esa descomunal cantidad de trabajo no desanimaba al artista. De hecho, McCay fue extremadamente prolífico, llegando a hacer más de un millón de dibujos a lo largo de toda su vida. Un ejemplo de la velocidad a la que trabaja era la obra Las siete edades del hombre, en la que se ponía delante de una pizarra y dibujaba en vivo a un hombre y a una mujer desde el nacimiento hasta la vejez, haciendo un dibujo nuevo cada treinta segundos.

A pesar de las pretensiones cinematográficas de McCay y de que el dibujante estaba frustrado ante la incapacidad de muchos de sus compañeros para ver y aprovechar el potencial de la animación, Hearst le obligó a dejar el cine y a que se limitara a dibujar en sus periódicos. Continuaría ilustrando hasta su muerte en 1934, momento en el que el cine había alcanzado una mayor popularidad y Walt Disney, ahora sí, ya estaba sentando las bases del medio que, sin el trabajo de McCay, probablemente no hubiera sido lo mismo.

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