La película de terror del año es australiana.

Se llama “Hábleme” y habla de fantasmas, ouijas y Madres.

La protagonista, Mia, es una adolescente que ha perdido a su madre y no logra aceptar su pérdida.

Pero una noche, en una fiesta, a través de la mano disecada de un espiritista, conseguirá contactar con Ella.

Una madre significa siempre volver a casa, al lugar cálido y dulce del que nunca debimos salir.

Crecer es perder ese mundo, ese sitio donde todo era fácil y único.

Al hacernos adultos, sabemos que La Madre nunca volverá. Aunque eso no implica que, de vez en cuando, queramos volver a Ella. ¿Quién no lo ha intentado alguna vez de forma desesperada?

Mia, la protagonista de “Háblame”, no quiere la felicidad fugaz y pasajera de la vida adulta. ¿En el fondo quién la quiere?

No. Ella quiere regresar con Su Madre, y con toda la protección, seguridad y calidez que Ella representa.

Quiere volver, como todos, al lugar del que nunca debió salir.

Pero La Madre que vuelve del Mundo de los Muertos ya no es la Madre de antes.

¡La oscuridad, la frialdad y el silencio de aquel Mundo cambian a cualquiera!

El intento desesperado de la protagonista de regresar al mundo anterior al Edipo sólo traerá consecuencias desastrosas. Como ya se las trajo a Norman Bates en “Psicosis”.

Volver al pasado nunca funciona. Nunca.

Las drogas, los espíritus y Las Madres nos quitan el frío y el peso de la realidad. Pero siempre dejan una enorme resaca.

Vean “Háblame”. Y si luego se encuentran con algún espíritu que les ofrece volver al mundo donde fueron felices, salgan corriendo.

Esos espíritus nunca dicen la verdad.

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