Es algo que viene sucediendo desde hace tiempo. Antes, unos años atrás, quizás no se veía como un problema, pero, ahora, por supuesto, sí que lo es. Me refiero a la pereza mental; a esa incapacidad de ejercitar las facultades mentales para las tareas cotidianas. Parte de culpa creo que la tiene la saturación tecnológica, en tanto que delegamos en las máquinas y en los sofwares procesos de cálculo, escritura, búsqueda de la información o la ubicación de un lugar a través del GPS, cuando en el pasado necesitábamos un mapa o una guía de viajes para dar con un sitio turístico, y había que ingeniárselas con el coche recorriendo lugares ignotos. Todas esas tareas suponían un estímulo a la hora de desarrollar mecanismos cognitivos para pensar, razonar o memorizar. Y creo que, actualmente, estas facultades mentales están siendo muy poco aprovechadas en términos sociales, debido, sobre todo, a la saturación digital. A decir verdad, el desarrollo tecnológico no quita valor a sus avances; pero la contrapartida es que, a medida que se perfeccionan las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), nuestras facultades mentales se gandulean de una manera irremediable.

En esto también influye la brecha digital. Pues una parte de la población, mayor de cuarenta y cinco años, por ejemplo, reconoce tener dificultades para manejarse con un ordenador o un teléfono móvil, cuando no, para realizar operaciones en un cajero automático o realizar compras a través del comercio electrónico; sin embargo, parte de esa población aplica más utilitariamente procesos mentales para resolver una tarea cotidiana, quizás porque la gente a partir de esa quinta se define con el dilema «de la vieja escuela» donde antaño se solucionaba todo de un modo más rudimentario, en el que la persona ponía a prueba sus capacidades intelectivas. Ahora, en cambio, la inteligencia humana está en declive. Si comparamos nuestras dotes intelectuales con nuestros antepasados, podemos comprobar cómo nos estamos volviendo zafios, rudos de entendimiento, con un raciocinio escaso y limitaciones para comprender otras realidades, más allá de nuestra óptica moral. Nos estamos atontando, sin duda. Y mucho.

Pero quiero creer que no todo ello emane de la tecnología, sino de la propia comodidad social en la que nos vemos envueltos. Estamos anquilosados en un círculo vicioso llamado confort. La sociedad de consumo, la economía de mercado, las tendencias que arbitran los cánones modélicos, junto con la filosofía del bienvivir (del todo lo quiero y todo lo puedo, porque yo me lo permito y yo lo valgo…) son factores que nos enmarcan en un ritmo de vida tan frenético, tan artificial, tan frívolo y escueto y a veces tan poco humano, especialmente cuando la sociedad, reflejo de cada uno de nosotros, se está idiotizando hasta las trancas. En ese sentido cobra fuerza, como mecanismo de resistencia, nuestra escala de valores y la ética personal que aplicamos en nuestras vidas, para, en primer lugar, focalizar el camino que queremos construir a fin de lograr un proyecto de futuro, y, en segundo lugar, la razón. O sea, me refiero a esa concepción que aparece en la Grecia antigua al hecho de pensar, u orientarse hacia la sabiduría, para entender las cosas, a comprenderlas, a juzgarlas de un modo crítico y poder actuar con justeza.

No obstante, nuestra sociedad, tan adormecida por el acomodamiento, por las fragancias que brinda el bienvivir, está descuartizando la tabula rasa de la que hablaba Aristóteles; esa capacidad de nacer con la mente vacía y la adquisición del conocimiento por medio de la experiencia. Es decir, el empirismo. Si bien, claro está, Kant se rebeló contra esa idea; en Crítica de la Razón Pura afirmó que no todo conocimiento proviene de la experiencia. Pero, tanto en un caso como en otro, ahí entra en uso el ejercicio mental, aparejado, por consiguiente, con el ejercicio intelectual. A diferencia de otros animales, el ser humano, dotado de razón e intelecto, está convirtiendo su vida actualmente en un entresijo autómata: asumiendo creencias e ideales sin cuestionarlos, patrones de conducta sin conciencia ninguna, y se desenvuelve en su medio cotidiano de una forma tan mecánica que a veces no puede controlar por sí mismo su propia rutina. Es la realidad la que determina el valor de los hechos y la transcendencia de éstos; y en ello, la ética, pero, sobre todo, la inteligencia humana, desempeña un papel crucial. La inteligencia humana se engloba en las siguientes facultades: la capacidad de razonar, resolver problemas complejos, pensar de manera abstracta y comprender ideas complejas. Además, la memoria también es una facultad del intelecto. A día de hoy, percibo que en buena parte de la sociedad existe una minusvaloración al ejercicio intelectual, que, en el fondo, es un ejercicio de pensar y de razonar, como infraestructuras propias de la mente humana. Por ejemplo, una muestra clara de pereza mental es el hecho de no hacerle trabajar a la memoria. De manera que hay mucha gente joven —y no tan joven—, que reconocen tener problemas de pérdida de memoria, dificultades para almacenar recuerdos cotidianos y experiencias recientes, como igual ocurre al refrescar datos de carácter personal (número del carnet de identidad, teléfonos, lugares físicos que visitaron, direcciones, etc). Y muchas personas mayores, si por mayores entendemos a personas a partir de setenta años, tienen escollos para recordar acciones cotidianas y la pérdida de la agilidad mental, no tanto por la edad, sino por dejadez. En el caso de este último grupo, son muchas las personas que pasan demasiadas horas frente al televisor; algo que, por su parte, les provoca una atrofia en las conexiones neuronales y en el pensamiento abstracto. Esto es algo cada vez más extendido, pues una parte de la sociedad no le hace trabajar a la memoria, la concentración y al intelecto.

La sociedad tiende a buscar siempre su propio acomodamiento; y el acomodamiento conlleva, en muchos casos, a la holgazanería física y mental. Por eso creo que la pereza mental se ha convertido en una lacra cuyas consecuencias, a medio plazo, nos va a pasar factura como especie. Cuando digo pereza mental me refiero al descuido, a la vagancia y al deterioro del intelecto. Hay personas a las que les cuesta un enorme trabajo pensar por sí mismas, incluso —lo llamativo de todo— al hecho de pensar. Son quienes no le rinden culto al intelecto. Pues gracias al intelecto, la civilización humana ha podido desarrollarse, es lo que ha contribuido al Humanismo, al arte, la filosofía y al desmantelamiento de las ideologías más mortíferas que han atentado —y siguen atentando— contra los derechos fundamentales y las libertades civiles.

Lo contrario a la pereza mental es una mente activa y ejercitada, lúcida, y crítica, aquella que toma conciencia de cuanto sucede a su alrededor. Por suerte, nuestra época nos brinda diversos mecanismos para ejercitar las facultades mentales, como la lectura, el ajedrez, los crucigramas, ejercicios de memoria, etc. Por citar unos pocos ejemplos. Así que cobra importancia de no hacer de la mente un objeto pasivo, vago o anquilosado, sin ejercitarlo a lo largo del tiempo, más aún con la edad, porque de eso depende nuestra forma de relacionarnos con la vida.

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