La novela gráfica de Santiago García.

Aprendí a leer, literalmente, con tebeos. Aunque mi infancia coincidió con la época de decadencia de las revistas de tebeos infantiles, que al final acabarían por desaparecer, puedo decir que me crié leyendo a Mortadelo, a Zipi y Zape, a Superlópez o a Anacleto. Luego me hice adulto y confirmé esa idea que puebla la cabeza de muchos buenistas animadores de la lectura de que los tebeos infantiles pueden ser un trampolín a lecturas más adultas y serias. Durante décadas dejé de leer tebeos, no porque no los considerara con el suficiente nivel para mi edad, sino porque había (siempre hay) mucho por leer. Sin embargo, con los años acabé volviendo a los tebeos infantiles como quien espera volver al bienestar de su hogar después de un largo viaje.

Si ahora vuelvo la vista atrás entiendo que algo sustancial ha cambiado: ya no soy aquel niño casi virgen de lecturas. Mortadelo y compañía tienen otro sabor distinto y también he descubierto que bajo la heterogénea etiqueta de cómic hay productos tan variados como los que podrían englobarse con el membrete de novela, desde los tebeos infantiles que leía hasta obras que nada tienen que envidiar a la literatura más excelsa, pasando por un gamberrismo políticamente incorrecto y muy poco apto para el público infantil. Para intentar dar algo de orden a todo ese caos (o quizá para confundirnos más todavía) surgieron toda clase de términos, entre los que alcanzó un cierto renombre el de novela gráfica.

Las obras que se clasifican bajo este sello se consideran más extensas y complejas que los cómics tradicionales, con una narrativa más profunda y personajes más desarrollados. Además, muchas de ellas han logrado convertirse en una forma respetada de expresión artística y literaria, ganando reconocimiento tanto en el ámbito de la alta literatura como en el de la cultura popular. Libros como Maus de Art Spieggelman, Persepolis de Marjane Satrapi, Watchmen de Alan Moore y Dave Gibbons o Fun Home de Alison Bechdel los puede ir uno leyendo con la cabeza bien alta en un transporte público sin miedo a que lo acusen de infantilismo.

¿Cuándo y cómo pasó todo esto? ¿En qué momento los cómics dejaron de considerarse lecturas infantiles y se ganaron un merecido puesto, no ya como sucedáneo de la literatura o de la pintura sino como un híbrido, mucho más complejo por lo que tienen de simbiosis, de ambos? En 2010 el guionista, crítico y traductor de cómics Santiago García trató de esclarecer esto analizando la historia del concepto de novela gráfica en un ensayo con el explícito título de La novela gráfica.

Santiago García comienza el libro poniendo sobre la mesa el polémico término de «novela gráfica», que da título a la obra, después de repasar toda la terminología empleada para referirse a los cómics. Nos recuerda que «novela gráfica» ha sido simplemente una forma con la que las editoriales y los autores han empoderado el medio, haciéndolo ver más adulto, acerándolo a un público más amplio y alejándolo de los prejuicios tradicionalmente asociados a los cómics infantiles o a los géneros de superhéroes, románticos o de crímenes.

A continuación, y ese es el grueso de su ensayo, hace un recorrido cronológico por la historia de los cómics y, cómo no, de las novelas gráficas, desde su nacimiento con el arte secuencial europeo del siglo XIX, las tiras periodísticas estadounidenses de principios del XX y las novelas ilustradas clásicas o juveniles. A lo largo de varios capítulos, de extensiones muy distintas, analiza la evolución del cómic, pasando por el underground de los años 60, el movimiento alternativo de los 80 y, finalmente, el cómic más reciente y vanguardista, asociado ya de forma definitiva a esa novela gráfica. También acaba ofreciéndonos un análisis de lo que representa hoy en día el cómic como medio, del lugar que ocupa dentro de la cultura y esboza algunos posibles caminos de evolución.

Algo muy de agradecer es que no solo se hable de Estados Unidos, aunque lógicamente ocupa un lugar bastante importante, pero su protagonismo está compartido con el cómic franco-belga, con el español (el hecho de que Santiago García sea español ayuda, sin duda, a entender su inclusión) y con el manga japonés. Por sus páginas desfilan los nombres de los grandes creadores del medio, como Robert Crumb, Chris Ware, Frank Miller, Alan Moore, y decenas de autores más, así como aborda la historia de algunas de las editoriales de cómics más importantes y conocidas, por supuesto de DC Comics, de Marvel y de Image Comics, entre otras.

La novela gráfica es una obra ambiciosa porque aunque lo que se proponga Santiago García inicialmente sea desentrañar el término de «novela gráfica», al final el conjunto funciona como una historia del cómic, bastante exhaustiva y condensada. Si algo de algo peca su propuesta es que quizá sea algo denso en cuanto a su estilo, con poca imágenes y mucha información por página y una extensa y pormenorizada bibliografía final (se nota que en origen es una tesis doctoral), lo que hace que el impacto de su intención divulgativa no llegue a los lectores más ajenos al medio, que, no nos engañemos, son la inmensa mayoría.

En cualquier caso, Santiago García puede presumir de haber hecho un ensayo de obligada consulta para aquellos que tengan un mínimo interés por el medio o, por qué no, para los que deseen introducirse en él. Estoy seguro que incluso aquellos que se sientan como peces en el agua dentro de los inciertos mares de la novela gráfica encontrarán en este libro más de un hilo del que tirar para descubrir nuevos autores y obras.

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