Ha cobrado mucha fuerza —o eso me lo parece a mí— el concepto de «batalla cultural». No es nada nuevo, porque ya tiene su caldo de cultivo a finales del siglo XIX en la unificación del imperio alemán contra el poder eclesiástico que tanto dominaba en la Europa del momento. Fue en gran parte a Otto von Bismarck el hecho de que Alemania se desligara de las raíces cristianas apostando por la modernización de su sociedad. Sin embargo, en su mayor parte, en Occidente la subyugación de la Iglesia Católica venía dominando las esferas sociales y políticas; y es gracias a la cultura arribada desde los parámetros artísticos y filosóficos del siglo XX cuando, categóricamente, Europa se encamina a la revolución del pensamiento; lo que quiere decir que, Occidente, tal y como hoy se entiende, no podría concebirse sin los pilares del cristianismo ni el desmantelamiento de los valores tradicionales (monarquía, Iglesia-Estado, teocracia, etc). Pero, dejando a un lado cuestiones historiográficas, merece la pena ahondar en ese choque de cosmovisiones que se materializan en una guerra cultural. Lo que sí es cierto es que, ahora, esta definición tiene mucha prensa y un abundante eco entre los medios políticos y sociales.

A priori me es incompatible la idea de que, por medio de la cultura, se forme una lucha antropológica para la reconstrucción de unos valores predominantes, donde un sector social es derrocado; y otro, victorioso. La cultura, bien entendida, significa evolución de las actitudes y aptitudes, tanto de una persona, como de una comunidad, al igual que el carácter simbólico, representativo, folclórico y hegemónico de un pueblo o una nación. Por eso la cultura es una mejora en las condiciones de vida que se encauza en el pasado, presente y futuro de los seres humanos. Pero la cultura no supone una aniquilación moral, que es algo latente en uno de los pretendidos de lo que denominamos batalla cultural; que a mi parecer en la actualidad supone inequívocamente guillotinar una forma de vida por imponer otra. O ése es uno de los efectos, como digo, absolutamente desproporcionado de una guerra cultural. Las cosas no se cambian de la noche a la mañana, por supuesto; o al menos si hablamos de logros cualitativos que aúnen en las transformaciones sociales, sin perder de vista la razón, el respeto, la tolerancia y la meritocracia. Para eso se necesita décadas de consolidar objetivos, y, sobre todo, acondicionar el contexto social a través de la educación, la cultura, la reflexión, la filosofía, y, en última instancia, si acaso, la política. Así que la definición de batalla cultural me parece, cuanto menos, inadecuada, si lo que en verdad se pretende es cambiar el paisaje social erradicando una forma de moral por la construcción de otra. Y es indudable que los movimientos sociales contribuyen a ello; pero no de una manera errática sino prolongada en el tiempo.

¿Qué es exactamente una batalla cultural? ¿Acaso se trata de una lucha por conquistar una visión del mundo? Así ocurrió, por ejemplo, en el siglo XV en Europa donde los valores predominantes del Medievo perdían su cobertura en contraposición con el surgimiento de la Antigüedad, y el culto al arte griego y romano; lo que se conocería como Quattrocentro. Nada de ello hubiera sido posible sin la influencia del Humanismo. Igual ocurrió un siglo después a medida que las ideas del mundo clásico se reflotaban en las telarañas de los siglos —lo que se denominó Renacimiento— suponiendo un cambio profundo en la visión del ser humano, de Europa y de la vida. Especial mención también ocupa el siglo XX que, pese a los avances científicos, las consecuencias de las guerras mundiales, el Holocausto, la Guerra Fría y la decadencia de las dictaduras en América Latina y en Europa, hizo aflorar corrientes culturales, artísticas y filosóficas que renovaron el devenir de los tiempos y mejorando, en gran medida, la condición humana. Posteriormente, tras acabar la Segunda Guerra Mundial se hizo la Declaración Universal de los Derechos Humanos el 10 de diciembre de 1948. Con ello se tomó conciencia de los derechos y libertades civiles, el espíritu de las democracias liberales y la justicia social; pero todo ello ha ido cambiando a lo largo de los años, y no necesariamente en el mejor de los sentidos.

Hablar de estas cuestiones no debe resultar farragoso, sin bien se hace desde un planteamiento analítico y humilde. Porque las convicciones personales, o los prejuicios al respecto, no suavizan las guerras culturales, sino que, en muchos casos, las agravan y el fervor de las ideas se convierte en algo desdeñable cuando los seres humanos tenemos, en verdad, más cosas que nos unen de las que nos diferencian unos a otros. Por otra parte, no cabe duda de la polarización de determinados sectores sociales que alcanzan influencia en la vida pública precisamente por ser partícipes de una batalla cultural; de esta manera se orquesta una batalla cultural poniendo el foco de atención en el aborto, la eutanasia, la homosexualidad, la pornografía, el racismo, el multiculturalismo o la familia. Son cuestiones que, por motivos complejos, algunos grupos sociales les dan más importancia que otros; ello suscita, desde luego, muchas controversias que se enmarcan —si hablamos en materia política porque al final son temas que se politizan de una forma u otra— en cortes tradicionales y progresistas. Sobre ello vertebra la política contemporánea con tintes de conservadurismo, progresismo y centralismo. Corrientes políticas, a fin de cuentas, que intentan sacar rédito de las batallas culturales sin respetar —en muchos casos— los espacios de debates, anteponiendo por encima de todo las ideologías frente a la razón. Fruto de esas batallas culturales, algunos sectores sociales obtienen influencia en cuotas de opinión pública (pro aborto, pro vida, etc) por mencionar unos ejemplos. Algo parecido ocurre, también, con la cultura woke contra la que no tengo nada; pero que apela a que, por medio de una batalla cultural, se elimina unos ideales frente de otros, surgen nuevas visiones y los individuos toman conciencia del modelo social en el que viven. Woke significa precisamente eso: “despierto”. Es decir, alguien con un espíritu reivindicativo dispuesto a cambiar las creencias y las prácticas de su modelo social por medio de sus convicciones, a veces, incluso, tergiversando y arbitrando en la forma de pensar de la sociedad.

Ya comentó Stuart Mill que el individuo se desarrolla como tal enfrentándose al poder de la sociedad y a la fuerza de la opinión pública; es algo que a mi entender debería ser una obligación de la ciudadanía asumir la responsabilidad de tener las riendas de su vida, en el mejor o en el peor de los sentidos. Pues nadie más que nosotros tenemos el deber de gestionar nuestro día a día, sin esperar mucho de los demás, sobre todo cuando la sociedad tiende al individualismo, al narcisismo patológico y al egoísmo atroz. Por eso creo que la tesis de Stuart Mill ayuda formidablemente a discernir el poder que tiene la persona en sí misma frente a los valores predominantes de su tiempo. Nuestra época no se caracteriza por ser boyante en niveles de cultura e intelectualidad. Pues hoy día ha cobrado mucho peso en la vida pública la estupidez humana. Y el modelo social que se ha ido creando se articula sobre las debilidades del individuo, su fácil manipulación y sin que éste sea capaz, en muchos casos, de pensar por sí mismo, perdiendo su soberanía moral en comparación con la comunidad en donde vive, y enfrentándose siempre a la fuerza social por vivir en libertad y por forjarse una personalidad propia.

Ahí está el valor humano: en ser alguien auténtico sin ser presa fácil de una batalla cultural que sólo pretende agitar las ideas y enfrentarnos unos a otros mientras algunos oportunistas sacan tajada del asunto.

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