Este año pasado asistimos al estreno de la última película de Indiana Jones, “Indiana Jones y el dial del destino”, de James Mangold. Una historia donde, a pesar de las aventuras y las persecuciones, lo que está en juego es, nada más ni nada menos, que la nostalgia.

Nostalgia: Pena de verse ausente de patria o amigos.

Y sí, así está el viejo Indiana, nostálgico, sin patria ni amigos.

En esta entrega Indiana Jones, con ochenta años, aparece totalmente desubicado: jubilado, divorciado y sin futuro en el Estados Unidos de 1969.

Indiana intenta recuperar el dial del destino, un artilugio de Arquímedes que permite encontrar fracturas del espacio tiempo con las que poder viajar al pasado.

El antagonista de Indiana, un malvado nazi, también desubicado en 1969, intentará encontrar el dial para regresar a la Alemania de 1939, el mundo ideal donde fue feliz, y cambiar el curso de la historia y que los nazis ganen la guerra.

Indiana, gracias al dial, terminará en la antigua Grecia de Arquímedes, lugar que siempre estudió, lejos del presente que tanto le pesa. El aventurero, en un arrebato de nostalgia, querrá quedarse allí.

Protagonista y antagonista acaban así unidos por un mismo deseo: huir del presente y regresar al pasado.

Al final de la película, la chica que acompaña a Indiana, el único personaje sensato de la historia, le dará un puñetazo en la cara al arqueólogo para obligarlo a despertar y volver al presente. Quizá la única respuesta adecuada para un nostálgico.

Tras esto, Indy volverá a casa, a 1969, para rehacer su vida, recuperando amigos y amores, la única red simbólica que nos mantiene vivos.

Gran enseñanza la de esta nueva entrega de Indiana Jones.

Cuidado con la nostalgia. Es siempre falsa y traicionera. Y bien lo sabe cualquier aventurero.

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