Si el mundo de la literatura presenta sus escollos, el panorama editorial también se encuentra en una tesitura muy complicada. Nadie puede poner en duda que en España se escriba a raudales y se publique mucho. Al cabo del año, por ejemplo, se editan alrededor de 80.000 títulos; lo que supone, inequívocamente, que las editoriales —de distintos géneros y enfocadas a diversos públicos y lectores— establezcan una criba muy exigente, si lo que pretenden, en verdad, es contribuir a la calidad de las obras para que los lectores disfruten de ellas. No obstante, cualquier publicación por inaudita que sea, no creo que tenga una garantía en el mercado editorial; pues son muchos los libros que se publican tanto en España, como en otras partes, cuya calidad resulta pésima, son aburridos, no están bien escritos o carecen de notable originalidad. Pero siempre hay excepciones, por supuesto. Y es por ello que las aportaciones de los editores que verdaderamente anhelan la calidad literaria supone un hito en el mundo de las letras, no sólo por dar voz a autores nuevos, sino porque, quién sabe, si pueden publicar la que con los años se convierta en una asombrosa obra literaria. El nacimiento de un clásico.

Cuando en su día Francisco Robles, del que poco se sabe y escasas referencias existen de él, contrató a Juan de la Cuesta —de quien tampoco se conoce pocos datos— para la impresión de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha en 1605, y, diez años después, en 1615, se editara la segunda parte, no hubiera imaginado la trascendencia de una de las obras más relevantes de la literatura hispanoamericana y que han cambiado la historia del mundo. De modo que a ambos les honra su trabajo.

Igual reconocimiento merece una de las grandes editoras que ha habido en España: Esther Tusquests. Hace unos días terminé de leer Confesiones de una editora poco mentirosa donde Esther confiesa sus embates en su labor editorial. Lo primero que se deja dilucidar en sus páginas es, ante todo, el amor que tuvo hacia su profesión. Nacida en una familia de la burguesía catalana, como propio del momento, con simpatías hacia el régimen franquista, pronto mostró una posición contraria al franquismo. Fue su tío, el hermano de su padre, Juan Tusquests, sacerdote y más tarde monseñor que asistió como consejero al Caudillo, el que fundó una editorial en los años treinta dedicada a la publicación de textos religiosos. Después éste se la traspasó al padre de Esther convirtiéndose así en una empresa familiar; el negocio nació con pocos recursos pero fue creciendo, poco a poco, desvinculándose de la edición de libros religiosos por textos literarios. Fruto de ello nació la editorial Lumen, dirigida por Esther Tusquests durante cuarenta años hasta la fecha en que la prejubilaron; cosa que, desde luego, no le agradó mucho.

En un primer momento, algo impensable para ella, como así cuenta en uno de los capítulos del libro, se aventuró en la literatura de vanguardia siéndole imposible competir con «el mítico Carlos Barral» quien, en la España de los cincuenta y sesenta, revolucionó el panorama editorial con su empresa Seix Barral publicando en nuestro país eminencias de la literatura rusa, europea y latinoamericana. De él aprendió algunas estrategias para mantener a flote una empresa editorial que se franqueaba ante una sociedad muy dominada por un espíritu católico y que le costaba abrirse a la modernidad. Como así declara en más de una ocasión, en varios capítulos, los inicios no fueron nada fáciles; pero bien es cierto que sus dificultades no partían de cero sino que sólo era cuestión de emanciparse de la edición de libros religiosos por encontrar su propio nicho de mercado. Aunque el origen de la editorial tuviera inclinaciones católicas, Esther Tusquests fue una firme detractora del régimen, y las publicaciones de Lumen servían como contracultura sociopolítica teniendo su intríngulis con los censores de la época. Como editora fue intrépida, por supuesto. Y como escritora no puedo hacer mención alguna porque, hasta la fecha, no he tenido ocasión de leer un texto suyo; pero tengo pendiente un libro autobiográfico en el que narra  cómo vivió la Guerra Civil española, ella y su familia, en una Cataluña hostigada por el franquismo.

Ante todo, tuvo ganas de innovar en el panorama literario del momento; y eso la llevó a ser una de las primeras editoras en España que editó narraciones infantiles, libros ilustrados para niños con la colaboración de Ana María Matute, hacia quien Esther ha sentido siempre una admiración y un afecto digno de dos mujeres que veneran el trabajo una de otra. Con ella se publicó en Lumen, con absoluto asombro para la empresa, El saltamontes verde y de cuyos ejemplares se vendieron bastantes en las librerías hasta que, después, algunos distribuidores empezaron a considerar este cuento «de poco comercial». También se dio el caso de otras publicaciones dirigidas a niños con relatos escritos por Camilo José Cela, que, con su carácter avinagrado y su afán usurero, no le resultó sencillo a Esther sacar adelante un proyecto de edición, hasta que al fin se publicó un cuento escrito por aquél y cuyo interés para los niños —sin menoscabo hacia el conspicuo Cela— no sé hasta qué punto se daría. El público infantil no le ha dado la aprobación a este honorable escritor, que ha conectado más con lectores avezados. Además, en este catálogo se añadieron, entre otras, obras de Miguel Delibes, Carmen Martín Gaite, Vargas Llosa, con un relato titulado Los cachorros y que Esther define de «espléndido». Lo más fecundo a este catálogo era el trabajo de Lluís Clotet, quien asumía la parte gráfica: constaba así de unas fotografías que guardaban relación con el relato a publicar. Las ediciones que se dieron fruto de ello tuvieron mucha cobertura en aquellos años de mojigatería y mentalidades pudibundas, debido a que la publicación de libros ilustrados de contenido infantil fue todo un logro en la España aperturista de los sesenta. Antes de la fecha, en nuestro país pocas editoriales, por no decir ninguna, se habían dedicado a la publicación de literatura infantil y juvenil; de manera que los niños y adolescentes empezaban a interesarse por la lectura. Que a esas edades se cultive el espíritu lector es de una relevancia capital para su desarrollo personal e intelectual, dotándolos de una perspectiva crítica a la hora de afrontar el mundo. Nada que ver, desde luego, en comparación con las generaciones de ahora a las que le resulta tedioso todo lo que huela a libro.

Por otra parte, Lumen también se aventuró en una colección de poesía; Gil de Biedma, Álvaro Pombo, Neruda, José Agustín Goytisolo, Ana María Moix, José Luis Giménez Frontín o Marta Pessarrodona, entre varios. Incluso la editorial constituyó un premio de poesía alcanzando una relevancia que consagraba a futuros poetas. El reconocimiento equitativo en cuanto a premios, halagos y buena crítica por Lumen se daba tanto en hombres como en mujeres. El equipo editorial, formado principalmente por una plantilla de mujeres, hizo hincapié en la literatura femenina que pretendía, contra la moral imperante, revolucionar los valores tradicionales e invertir los roles a fin de que las mujeres tuvieran una sonoridad en los medios y en la crítica literaria. La colección tuvo el nombre de Femenino Lumen —algo que sobrepasó las expectativas de la propia Esther— y que logró muchos títulos. Por eso creo que su legado, al frente de una editorial importantísima y su obra como escritora —entre la que destaca el ensayo, la poesía y la novela— no debe caer en la desmemoria.

Para quien pretenda enfocar su vida en negocios editoriales, Esther Tusquests ha de ser un referente por el inmenso trabajo que puso en aras de una buena literatura. Fue una mujer con grandes ambiciones intentando que el mundo de las letras fuese más diverso, enriquecedor y vanguardista, todo ello en unos años donde la libertad de los artistas estaba bajo lupa, con la permuta constante de los censores tan carcas que había entonces.

La herencia de un brillante editor es algo que pervive, como las buenas obras literarias, a lo largo de los siglos. Y la de Esther Tusquests creo que no tiene que caer en un injusto olvido.

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