Vivimos tiempos abrumadoramente cómodos. O mejor dicho, plagados de un confort que resulta enfermizo. Una patología normalizada. No es que sea malo ni bueno —eso lo dejo a los juicios éticos de cada cual— sino, simplemente, es lo que nos toca. Los tiempos cambian a costa de perder unas cosas, tal vez a causa de sacrificar valores, actitudes, principios morales, por conseguir otras visiones y aptitudes que disponen un estilo de vida. Nadie se baña dos veces en el mismo río, como dijo Heráclito. Y aunque la cosa difiera mucho de una persona a otra, en realidad, se repite el mismo patrón. Es algo que llevo mucho apreciando y la verdad es que no me resigno a tolerar, pero sí a ser indiferente y, sobre todo, aprender a reconocer a leguas; me refiero a esa gente que impone sus reglas, que instaura sus ideas y sus morbosas convicciones para que el mundo, o la sociedad, se ponga a sus pies.

Cualquiera que lea, que conviva a merced de unos libros como compañeros de viaje y tenga una mirada lúcida, sabe distinguir en el rebaño a la churra de la merina, del mismo modo que sabe advertir también las intenciones ocultas de su pastor; y hoy estamos rodeados de pastores oportunistas y profetas sin escrúpulos. Por eso me pregunto cuántas cosas sacrificamos en nombre del progreso, o en lo que a menudo llamamos progreso. Actualmente me parece que esta idea se ha convertido en un arma de doble filo: unos se aprovechan de hacer trampas, y otros pierden el juego amparándose en los discursos tentadores pero sin enjundia.

En antaño, quienes tenían poder alguno —no hegemónico, ni político, ni siquiera tampoco económico— sino el poder de la persuasión, de la oratoria, en definitiva, el poder de la palabra, eran tipos (tanto hombres como mujeres) con apreciada cultura, formación, sapiencia. Denotaban un mundo recorrido a sus espaldas, buenos modales, una lealtad hacia sí, una ética personal y coherencia, lecturas en la memoria, un corazón curtido y, lo más importante, les caracterizaba un equilibrio emocional para no dignarse a los oportunistas ni rebajarse ante nada ni nadie. No era gente excepcional, ni mucho menos. Pero sí personas con una escala de valores admirable y un bagaje de vivencias que las curtían, haciendo de ellas, irresistiblemente, gente respetable y magnífica. En muchos casos, ese tipo de personas anteponían sus principios frente a opresiones políticas, sacrificando su libertad, patrimonio o su propia vida. Gente auténtica para cambiar el orden establecido y luchar, incluso, contra todo abuso de poder. No hablo de revolucionarios ni de subversivos, sino de gente común. Sencilla. Con los pies en la tierra. Y no escoria que andaba con sensiblerías ni fantochadas creyendo que iban a descubrir el fuego.

Ahora, sin embargo, quienes tienen capacidad para ser referentes —y creo que nunca fue tan fácil serlo, dado la magnitud de las opiniones en redes sociales— es posible que sean verdaderos analfabetos o personas con serios desequilibrios emocionales. Gente que, a lo largo de su existencia, no ha tenido necesidad de pisar una librería, que no tiene ni pajolera idea de lo que habla, o que habla sin conocimiento de causa, que jamás ha escuchado el nombre de Darwin, Montesquieu, Albert Camus, Marco Aurelio, Karl Popper, Simone de Beauvoir, José Saramago, ni sepan quién fue Adan Smit, Kant, Hipatia de Alejandría, Maquiavelo, ni Luis XIV ni Rosa Parks. Tampoco les hará falta cuidar la gramática y la sintaxis a la hora de expresarse por escrito ni la suficiente dicción para transmitir un mensaje eficazmente. Gente, ya digo, rematadamente zafia, de mentalidades rudas, que ni siquiera saben hacerse entender por el resto. Personas, a fin de cuentas, con carencias intelectuales y emocionales. Por motivos muy complejos —eso me gustaría saber a mí—, esa gente adquiere no distinción social, pero sí un impacto en la vida pública; desde influencers, activistas, políticos, creadores de contenido, tertulianos de televisión, articulistas o generadores de opinión pública. Gente de chapa y pintura, pero incapaz de gestionar su propio ego. Vidas sin contenido más allá de las pantallas de un móvil. Gente que no tiene pringue a la que sacarle, por su pobreza cultural, intelectual y personal. El problema no es tanto ése, sino que la gente de este pelaje se convierta en la clase social dominante; que dirijan instituciones, que dicten leyes cuyos efectos reviertan perjuicios irreparables a los ciudadanos, o que sirvan de ejemplo inspirador para las nuevas generaciones. Éste, me temo, es su peligro: la capacidad de atraer a las masas y de moldear a la peña. Los individuos a los que me refiero tienen mecanismos para transformar el mundo, a veces bajo ideales muy peligros, o con el fin de sacar provecho mientras maniobran para que sus ideas (pueriles y nada originales, desde luego) alcancen su cobertura. Chusma con intenciones ocultas que saben pergeñar un plan, o una sofisticada argucia, para adquirir cuotas de popularidad, veneración, estima social o poder. En verdad, bajo esas capas en las que se esconden deficiencias intelectuales, sólo hay gente incapaz de aplicarse los propios consejos que venden a los demás, que fabrican pócimas que ni ellos mismos se tomarían, y que no saben ni sobrevivir por méritos propios en el bosque sórdido de la vida.

Me resulta preocupante el aumento de los analfabetos funcionales; esos individuos que evitan el esfuerzo por aprender porque se conforma con el pasatiempo. Teniendo a su alcance información, datos, conocimientos, no saben administrarlos ni sacarle rendimiento a sus capacidades, ni aportar ideas de valor para hacer del mundo un lugar más decente. Pero, como contrapartida, saben utilizar sus métodos para alcanzar audiencia, marcar nuevas reglas sociales y establecer tendencias (formas de vestir, de viajar, de ser, de concebir una realidad propia, etc). En román paladino, personas a las que les falta calle son hoy los pilares del aborregamiento, la fama y la aprobación social. Los impulsores del fanatismo, la confrontación y la desidia. Personas que, en el fondo, se han convertido en su propio producto acto para ser consumido exclusivamente por los rebaños que anhelan un pastor. Con el peligro que eso conlleva, la sociedad toma por referentes a individuos con carencias intelectuales y sin ningún talento para hacerse de valer más allá de las apariencias. Les falta calle, en el fondo. Más conciencia de su entorno, de la vida y de ellos mismos. Así que creo que no están en condiciones de dar lecciones a nadie hasta que no abran más los ojos a lo bueno y malo de la condición humana y del mundo en el que viven.

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