Si bien a lo largo de la historia el mundo ha estado dominado por el género masculino en ámbitos tan diversos como la política, la ciencia, la cultura o el arte, han sido numerosas (y no hasta recientemente reivindicadas) las mujeres que han sido capaces de sobreponerse a este rígido orden y han logrado destacar en un mundo diseñado para la superioridad del hombre. En el siglo XVIII, como no podía ser menos, era difícil que una mujer destacara como artista. Las academias de arte, principales centros de formación y reconocimiento, raramente admitían a mujeres, y las pocas que lograban ingresar se veían obligadas a enfrentarse una fuerte discriminación y eran relegadas a géneros menos prestigiosos, como la pintura de flores o los retratos en miniatura. A pesar de esto, algunas mujeres lograron destacarse, como Élisabeth Vigée Le Brun o Angelica Kauffman.

Pero si ya era difícil destacar en arte como mujer del siglo XVIII, fue todavía más lejos consiguiendo hacerlo sin tener brazos ni piernas. Sarah nació en 1784 en el seno de una familia de agricultores en Somerset, sin ninguna de las cuatro extremidades bien desarrolladas, como resultado de una enfermedad congénita llamada focomelia. A pesar de sus dificultades aprendió no solo a leer sino a escribir con la boca.

Con unos 13 años, su familia la puso como aprendiz de un hombre llamado Emmanuel Dukes, qque la exhibió en ferias y espectáculos de toda Inglaterra. Durante esa época aprendió a pintar sosteniendo el pincel con la boca y parece que no se le daba demasiado mal porque además de cobrar por verla pintar, vendió algunos de sus cuadros y logró realizar exposiciones. Se le daba especialmente bien el dibujo de paisajes y los retratos en miniatura, que llegaron a venderse por tres guineas cada una.

En la Feria de San Bartolomé de 1808, George Douglas, conde de Morton, se convirtió en el mecenas de Sarah después de verla pintar y gracias a esto ella pudo recibir lecciones del artista William Craig en la Real Academia de las Artes y abrió su propio estudio en Londres. En 1821, incluso, la Sociedad de las Artes le otorgó una medalla por una miniatura, aunque la fama le llegó a partir de pintar retratos en miniatura para la familia real. Todo iba viento en popa hasta que en 1827 su mecenas, el conde de Morton, murió y Sarah se quedó sin apoyo económico. Entonces la reina Victoria le concedió una pensión vitalicia y la artista se retiró de la vida pública y se fue a vivir a Liverpool. Murió en 1850, con 66 años de edad.

Al final el tiempo ha terminado poniendo la obra de Sarah Biffen en el lugar que se merece, revalorizándose modernamente. Uno de sus autorretratos se vendió en Sotheby’s en 2019 por más de 160.000 euros, a pesar de que la estimación inicial era que la subasta alcanzaría un precio de entre 900 y 1.500 euros. La primera exposición de la obra de Biffin en cien años, titulada Without Hands: the Art of Sarah Biffin, se llevó a cabo en las galerías de Philip Mold & Company en Londres en 2022.

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