Los años 30 fueron una época de esplendor para las vanguardias y, concretamente, para el surrealismo. Dalí y Miró estaban más activos que nunca, Duchamp todavía estaba en escena y Man Ray seguía haciendo fotos nunca antes vistas. Atrás habían quedado las encorsetadas reglas del arte clásico y todo aquel snob que presumía de entendido en arte estaba dispuesto a ayudar a golpe de billetero a aquellos extravagantes artistas. Esta tendencia culminó en 1938, cuando se llevó a cabo una exposición que fue considerada la madre de todas las exposiciones surrealistas, mostrando las colecciones más bizarras y obscenas de la época bajo un mismo techo.

André Breton y Paul Eluard, los padres del surrealismo, habían decidido que el público necesitaba algo más que otra anodina exposición y concibieron una especie de mundo surrealista. Si tenemos en cuenta la definición que dio Max Ernst del movimiento, como combinación de elementos que resultan extraños y chocantes cuando se juntan, pero que al hacerlo pueden «provocar la iluminación poética más elevada», eso es precisamente lo que trató de hacerse realidad en la exposición titulada L’exposition Internationale du Surrealisme, que tuvo lugar en la Galerie des Beaux-Arts.

Cuesta imaginar un proyecto como este con Breton y Eluard a la cabeza, Duchamp como mediador entre ambos, Max Ersnt y Dalí como supervisores y asesores técnicos, Man Ray en iluminación y fotografía y Wolfgang Paalen en el diseño de la entrada, como una especie de «útero gruta». Un total de 229 obras de 60 artistas de 14 países, envueltas en un ambiente extraño y, en cierto sentido, incómodo. Entre las obras se incluían actores en vivo saltando sobre montones de almohadas, maniquíes vestidos de forma lujuriosa, extremidades humanas y montajes con jaulas (muchos de estas obras eran directamente una denuncia de las condiciones de vida de las trabajadoras sexuales).

La exposición se dividió en tres partes: Taxi Pluvieux (taxis de lluvia), Plus Belles Rues de Paris (las calles más bellas de París) y el tercer espacio, que era parecido a un útero. Cuando se entraba en la galería aparecía el lluvioso taxi negro de Dalí, cuyo conductor tiene la cabeza metida en la boca de una máscara de tiburón. La mujer a la que transporta viste un traje de noche y está adornada con lechugas y caracoles. Del techo del vehículo cae constantemente agua, quizá para dar la sensación de desorden y caos, aunque es difícil saber qué se proponía Dalí.

La parte de Plus Belles Rues de Paris era un homenaje a las personas y lugares más queridos por los fundadores del surrealismo. Se conmemoraba la Rue de la Vielle Lanterne, escenario de la muerte del gran poeta Gerard Nerval. También presentaron sus respetos al joven poeta conde de Lautréamont, que a pesar de morir a los 24 años se considera inspiración del movimiento. La sala incluía un sitio para la calle Vivienne, ya que Lautremont vivió y trabajó allí durante algún tiempo. Además, se incluyó la calle Nicolas Flamel, que fue a la vez una calle real y una obsesión para muchos poetas del movimiento (la fábula de este personaje medieval y su participación en la creación de la piedra filosofal había sido un tema tratado en muchos poemas surrealistas). Otras calles ficticias incluyeron la rue de la Transfusion de Sang (camino de transfusión de sangre) y la rue de Tous les Diables (calle de todos los demonios).

Tras pasar esta parte de la exposición, se llegaba a la sala principal: la gruta. Antes de entrar entregaban una linterna porque la iluminación de Man Ray falló la noche del estreno. Entonces se entraba en un espacio que tenía el suelo embarrado, lleno de hojas traídas del cementerio de Montparnasse. El aire olía ligeramente a polvo debido a los sacos de carbón vacíos que había en el techo, creando la sensación de ser una especie de cueva fabricada industrialmente. Había un estanque con nenúfares y una actriz, Helen Vanel, representaba una escena de histeria retorciéndose, gritando y chapoteando en el estanque. Hay que decir que la iluminación no funcionó como se esperaba: en palabras de Man Ray, el público estaba más interesado en iluminarse entre ellos para ver quiénes estaban allí y qué reacciones tenían que en iluminar las obras.

Unas tres mil personas acudieron a la exposición la noche del 17 de enero y casi quinientas la visitaron diariamente hasta finales de febrero. Amada y odiada por críticos, la exposición no fue entendida como lo que pretendía ser sino como una especie de broma más o menos elaborada. Sin embargo, a medida que han ido pasando las décadas hemos podido comprender lo que esta iniciativa supuso para el mundo del arte, en un momento en que existía una necesidad radical de algo nuevo, inexplicable y estimulante.

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