El 7 de febrero de 1909, una mujer de 30 años, madre de dos hijos, llamada Emma Hauck, ingresó en el hospital psiquiátrico de la Universidad de Heidelberg, en Alemania, después de haber sido diagnosticada recientemente con esquizofrenia. El pronóstico mejoró brevemente y un mes después fue dada de alta, para ser readmitida a las pocas semanas cuando su condición se deterioró más. Lamentablemente, la crisis continuó. En agosto de ese año, cuando su enfermedad se consideraba terminal y la rehabilitación ya no era una opción, Emma fue trasladada al asilo de Wiesloch, centro en el que fallecería años después.

Fue por esta época cuando se descubrió en los archivos del hospital de Heidelberg una desgarradora colección colección de cartas escritas en 1909 durante su estancia en la clínica, en un momento en que según los informes hablaba sin descanso de su familia. En casi todas las carta, llenas obsesivamente de texto superpuesto, se dirige desesperada a su marido. En muchas de ellas el texto está tan condensado que resultan ilegibles. Tratar de leerlas, intuir en ellas palabras y frases, como un «ven» repetido miles de veces, es como asomarse al abismo de la locura.

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