Llegas a una cena y te piden que te quites la ropa interior y te pongas un pijama cubierto de estropajo de aluminio. Poco después, en una habitación a oscuras, descubres a otros invitados vestidos también con pijamas, pero cubiertos con esponja, papel de lija, aluminio o seda. Se os indica a todos que elijáis una pareja y decides el que lleva el aluminio. Os dirigís ruidosamente hacia la mesa y os sentáis. Llega el primer plato: «Ensalada polirrítmica». Tomas la lechuga del plato con la mano derecha mientras con la izquierda giras la manivela de una caja de música. Los camareros empiezan a bailar. El siguiente plato es una «Huerta táctil», que se come sin usar las manos. Cada vez que levantas la mirada para masticar, te tiran agua de colonia en la cara. Acaricias el pijama de aluminio de tu compañero cuando la velada llega a su fin.

No, no estás en un restaurante de vanguardia de los más modernísimos. Acabas de participar en una velada de cocina futurista, creada por Filippo Tommaso Marinetti, fundador 1909 del movimiento artístico y social italiano conocido como Futurismo. La cocina era solo parte de una revolución mucho más amplia que trataba de sacar a Italia del pasado y, a través de la tecnología, enviarla hacia el futuro.

Los banquetes y cenas que presentaba Marinetti en El libro de cocina futurista, publicado en 1932, eran tanto pequeñas obras de teatro como festines. En una comida llamada «Cena heroica de invierno», por ejemplo, cada bocado de un cubo de carne apenas conocido debe ser «dividido del siguiente por toques vehementes de trompeta que sopla en el mismo comedor».

Marinetti quería que su comida fuera algo provocativo. Como escribió en su Manifiesto Futurista de 1909: «pretendemos exaltar la acción agresiva, el insomnio febril, la zancada del corredor, el salto mortal, el puñetazo y la bofetada». El futurismo encarnaría el espíritu del siglo XX: rápido y despiadado. Las bibliotecas, que glorificaban el pasado, estaban muertas. Los aviones, los trenes y los coches, en cambio, estaría en el foco de la atención. La primera ola del movimiento, aproximadamente desde 1909 hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial, produjo cuantiosas obras que ejemplificarían estos principios. Es lo que ocurre con Formas únicas de continuidad en el espacio, hecha por Umberto Boccioni en 1913, y posiblemente la pieza escultórica más famosa del futurismo, que representa a una figura sin cabeza que avanza a grandes zancadas apresuradamente, con pañuelos de bronce colgando detrás de él. La poesía futurista, por otra parte, se deshace de la gramática convencional y de la tipografía lineal y mezcla las palabras corriendo en remolinos por las páginas. La comida futurista, por su parte, surgió dentro de la segunda ola del movimiento, tras el coqueteo de Marinetti con Mussolini y el fascismo.

En su Manifiesto de cocina futurista de 1930 Marinetti escribió que la pasta «ata a los italianos de hoy con sus hilos enredados a los telares lentos de Penélope y a los viejos veleros somnolientos en busca de viento». El arroz, por otro lado, contribuía a la creación de un cuerpo de «pueblos ágiles que saldrán victoriosos» en el «probable evento de guerras futuras», al tiempo que minimiza las importaciones de trigo. Lo que pretendía era mantener a la gente en forma con verduras, para que pudieran luchar, al tiempo que promovía la industria del arroz del país. La fórmula de Marinetti consistía, en definitiva, en juntar ingredientes para sorprender a los comensales y sacarlos de la monotonía de la comida burguesa.

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