Me dispongo a escribir una reseña de La noche de Venus, la última novela publicada de Rubén Sánchez Trigos, autor de Bajo el barro y la película Viejos. No es fácil. Hace casi un mes que leí, de una sentada, el libro. He retrasado el momento de enfrentarme a la reseña por una cuestión de vergüenza: nadie me creerá. Si alguna vez he tenido alguna credibilidad para el lector, la perderé. O estaré cerca de hacerlo.

Me dispongo a reseñar una novela casi perfecta.

E introduzco aquí un cobarde “casi” por aquello de que ninguna obra puede ser absolutamente perfecta; que como humanos que somos lo interesante de la vida son las imperfecciones, que el arte es subjetivo y diez mil tropos más que servirán, como ya adelantaba, para deslegitimar esta reseña si alguien quiere hacerlo. Y como esto es internet, asumiré que las peores intenciones suelen motivarnos. De esto precisamente, de intenciones, es de lo que venimos a hablar: de la intención del autor por escribir una obra puramente terrorífica, con los tópicos de su género, echando mano de todo lo que el cine de los 70s ya hizo con soberana e inexperta soltura. De las intenciones de unos personajes llenos de grises, algunos de los cuales no sirven más que para que la trama avance en una noche infernal. También de la intención del lector, que debería ser siempre la búsqueda del mero placer literario, moleste a quien moleste. Y, finalmente, de la intención de esta reseña, que no es ni más ni menos que recomendar una novela soberbia. La mejor del autor hasta ahora, sin duda.

La noche de Venus acontece en una noche tramposa en que los amigos de un campamento de verano que ahora ya tienen sus propios hijos y peinan canas deciden reunir a toda la banda para una fiesta final. El protagonista, Raúl, acude con su novia y con el tormento de fantasmas pasados: lo dura que puede ser la adolescencia, el amor no correspondido, ya sabéis por dónde vamos. Y la sombra de Arantxa, una muchacha víctima de un misterioso incendio que acabó con sus padres, amor no correspondido de juventud, que vuelve un tanto… cambiada. Pero, ¿cómo reconciliamos el pasado con el presente? ¿Cómo hacemos las paces con nuestros miedos adolescentes si son los que, en última instancia, nos conforman como somos ahora? La novela corre adelante y atrás echando mano de recuerdos (de ahí que la noche sea tramposa, no sucede en una sola, sino en una línea de tiempo que se mueven con lenguaje cuasi cinematográfico) y nos encamina hacia un final inevitable. Y lo hace en una distancia cortísima: doscientas páginas. Ni llega. Esto ya es una declaración de intenciones en sí misma: la anterior novela del autor echaba mano de unas setecientas páginas para construir, de forma maravillosa, una ambientación, un elenco, que sirvieran para contar una historia de terror clásica con el pulso de un thriller. Pero aquí, en La noche de Venus, Rubén Sánchez baja el presupuesto, deja que la literatura se pliegue al servicio de la acción, que la voz del protagonista y la estupenda ambientación (ese campamento de principios de los 90s que a muchos nos lleva de vuelta a nuestra propia adolescencia) y prescinde de todo lo demás. No necesita nada más que una premisa honesta y una voz bien construida para ofrecer una novela de terror de las de verdad, de las que no se acomplejan y nos lanzan vísceras a la cara para asquearnos, ni situaciones límite que acaban por volverse en comedia de puro inverosímiles, ni caspa (RAE: Anticuado, desfasado) y testosterona en un cóctel que solo los paladares más baqueteados podrían soportar.

Rubén Sánchez entiende la elegancia en el terror.

Entiende, y nos hace entender a los lectores, que el ritmo en una novela de terror lo es todo. Que el monstruo no se encuentra solo en el villano, sino en los propios personajes. Que los fantasmas no son más que proyecciones, y que siempre, siempre, hay un observador al que no puedes intentar engañar o despistar: el lector. Todo esto lo ejercita a través de una novela de agilidad pasmosa, pero también de una voz narrativa fuerte y coherente, y de un gusto por la palabra que denota un autor que no finge ser un yanki traducido; un autor que comprende el poder del buen diálogo para que el lector quede obnubilado página tras página.

“El mundo, en su corazón, es un lugar tenebroso, pero no lo bastante como para que las personas como tú y como yo dejemos de advertir un poco de esa oscuridad. Temer es saber, no tengo la menor duda(…) Porque, sabes qué, el horror tiene sus propios flecos, y a veces se concede el capricho de exponerlos a la vista de todos solo por el placer de retarnos.” 

En esta novela, el autor consigue lo más difícil: que no sobre ni falte nada. Encuentra un equilibrio perfecto entre los que cuenta, lo que calle y lo que el lector deberá rellenar. Esos huecos que invitan a que tú completes la historia con tu lectura, esos momentos en que parece que los personajes se mueven mientras nosotros estábamos mirando hacia un flashback, convierten la narración en una honda respiración. Consigue que aguantes el aire, que contengas un ahoga al pasar la página, que el inicio de un capítulo casi se junte con el final y tengas que volver a empezar. Esto, como lector, es una delicia. Pero como lector de terror, es un diamante. La novela de terror no solo tiene sus propios tropos, también sus propias normas no escritas. Y el ritmo debe ser, creo yo, la primera. Ojalá fuera la única: ¡ritmo! El terror necesita pisar el freno a menudo para que la atmósfera se espese, para que la oscuridad vaya calando. Y después acelerar, para que la adrenalina se haga con el control y el miedo salte de la página. Rubén Sánchez comprende ese ritmo y lo aplica de forma sobresaliente aquí.

Y claro, cuando hablamos de terror siempre tenemos que volver a los mismos: Lovecraft, King, Barker añado yo. Hace tiempo que vengo diciendo dos cosas: no necesitamos un Stephen King español como tantos y tantos lectores y lectoras vienen suplicando. Que a un autor le cuelguen el San Benito de “El Stephen King español” no le hace ningún favor. Si hay uno que realmente podría reclamar ese título es Rubén Sánchez, si no id a leer toda su producción. Pero no le hace falta. En todo caso, que me presente alguien al Rubén Sánchez norteamericano.

La noche de Venus es una novela casi perfecta. Todo lo perfecta que puede ser, en todo caso, una novela. Tiene todo lo que le hace falta a una buena novela de terror; tiene todo lo que una historia necesita para quedarse bajo tu cama en las noches más oscuras: es visual, pero literaria; es corta, pero asombrosamente profunda; es terrorífica, pero esperanzadora. Tiene todo, vaya, para ser la novela de terror española del año. O de la década. Eso solo el tiempo lo dirá.

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