Prolífico, taciturno, esquizofrénico y humilde, Robert Walser fue descrito por W.G. Sebald como «clarividente de lo pequeño», y en ninguna parte es más evidente esa pequeñez que en sus microguiones. Muchos de sus enigmáticos manuscritos eran estrechas tiras de papel cubiertas con diminutas marcas de lápiz de un milímetro de altura, con forma de hormigas, que solo salieron a la luz después de la muerte del autor en 1956.

Esta letra tan diminuta y su consecuente increíble economía del espacio permitía a Walser hazañas tan sorprendentes como encajar un largo poema en una tarjeta de visita o escribir una novela entera, titulada El ladrón, en unas pocas páginas. Además, estos microguiones están escritos sobre toda clase de materiales que Walser se fue encontrando, lo que hace que muchos de ellos parezcan collages. Para permitir que los editores y tipógrafos leyeran los textos que Walser quería publicar, este tuvo que reescribirlos con tinta y en tamaño normal.

Benjamin Kunkel comenta en New Yorker que durante muchos años algunos estudiosos creyeron que esos manuscritos formaban parte de un código privado indescifrable. También hubo quien pensaba que eran marcas de lápiz al azar, producto del nerviosismo. Pero esas marcas, que continuaron siendo un misterio hasta que se pudieron descifrar en 1972 gracias al trabajo de autores como Jochen Grevem, Bernhard Echte o Werner Morlang, eran un sistema de escritura real, una forma radicalmente pequeña de escritura alemana antigua modificada, con omisiones no sistematizadas.

Una parte de esas piezas breves hoy en día se pueden encontrar editadas a tamaño legible y traducidas al inglés (solo una parte, ya que el total equivaldría a miles de páginas impresas). Esta pequeña muestra permite acercarse a una gran diversidad de temas, fruto de las preocupaciones del autor, y formas que van desde piezas en prosa hasta poemas o apuntes dramáticos, pasando por una novela completa. En la introducción de esa edición, su traductora, Susan Bernofsky, revela que Walser desarrolló esa letra como un medio de evadir el bloqueo del escritor, durante la década de 1920 en Berna. En una carta de 1927 a un editor suizo, Walser afirmó que su escritura se vio superada por «un desmayo, un calambre, un estupor» que era tanto «físico como mental», provocado por el «cansancio de la pluma». Adoptar su extraño método de escritura le permitía afrontar la creatividad desde una perspectiva más lúdica, rompiendo con lo que Bernofsky llama «el ideal estético de la página elegantemente escrita».

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