
lustración de John Bauer de troles y una princesa para una colección sueca de cuentos de hadas (Fuente).
Las historias son algo fundamental para la humanidad. Nadie puede saber cuánto tiempo atrás se remontan, mucho antes de que se registraran por primera vez, probablemente desde el principio de los tiempos. Como dice Thomas Mann, cuanto más profundizamos en el mundo inferior del pasado, más encontramos que los primeros cimientos de la humanidad, su historia y cultura, se revelan insondables.
La existencia en diferentes culturas, muy alejadas, de cuentos similares a Cenicienta, por ejemplo, sugiere que existían primitivas historias que son ancestros comunes milenarios. Por supuesto, no hay acceso a ningún cuento popular original. Todo lo que sabemos de ellos es que estarían muy arraigados en la cultura oral cuando se registraron por primera vez de forma escrita. Algunos nos han llegado a través de investigaciones antropológicas, aunque en más de una ocasión se ha falsificado una historia haciéndola pasar por mucho más antigua.
Es el caso de la de Ali Babá, que se hizo pasar por una historia más antigua por un aventurero sirio del siglo XVIII llamado Hanna Diyab, que trabajó con el primer traductor francés de Las mil y una noches, Antoine Galland. Las historias que Diyab le proporcionó a Galland se encuentran entre las más conocidas y recordadas del libro. Además de Ali Babá, también están Aladín o Simbad el marino. En muchos casos no se han encontrado versiones anteriores y tan posible es que pertenecieran a la tradición oral como que se las hubiera inventado sobre la marcha. La vida de Aladín, al fin y al cabo, tenía curiosos paralelismos con la biografía del propio Diyad.
Algo parecido les ocurrió a los hermanos Grimm en su investigación del cuento popular alemán. Sus fuentes eran escasas y restringidas, principalmente dos familias, los Wilds y los Hassenpflugs, que descendían de protestantes franceses, lo que hace que sus historias puedan tener antecedentes franceses. Rumpelstiltskin y Hansel y Gretel son de Dortchen Wild, mientras que la Bella Durmiente y Caperucita Roja de las hermanas Hassenpflug.
Ahora bien, ¿en qué momento los cuentos populares dejaron de ser leídos por adultos y comenzaron a estar dirigidos a niños? Giambattista Basile, el autor napolitano del siglo XVII del Cuento de los cuentos, ciertamente no estaba escribiendo para niños. El punto de inflexión se produjo cuando Jeanne-Marie de Beaumont publicó su compendio para colegialas en 1765. La magia y la fantasía comenzaron a alejarse de la ficción para adultos. Lo que está claro es que cuando Hans Christian Andersen comenzó a publicar, él era consciente de que estaba escribiendo exclusivamente para niños. No deja de llamar la atención que sus historias más recordadas son las que se inventó. No hay fuente popular para el traje nuevo del emperador, el soldadito de plomo o la niña de las cerillas, pero han permanecido en el imaginario colectivo. Estos relatos, a diferencia de otros cuentos populares, tienen un tono redentor y guardan una moraleja.
¿Qué ha sido del cuento de hadas en la cultura popular? Hace cincuenta años, la forma más barata y sencilla de entretener a un niño era contarle historias como la de Rapunzel o Blancanieves. ¿Dónde quedó eso? Hasta donde sé, todavía no se ha planteado ningún estudio serio sobre los efectos a largo plazo de sustituir una buena sesión de cuentos por veinte minutos de televisión. Que se hayan mantenido a pesar de todo en el subconsciente colectivo demuestra su valor duradero y debería hacer que nos preguntáramos qué podría pasarnos si finalmente acabaran desapareciendo.
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