Mariquita de Juan Naranjo.

Cuando se trata de valorar una obra de arte, siempre he defendido el punto de vista de Roland Barthes y su «muerte del autor», que argumenta que para interpretar una obra es fundamental prescindir del autor y de su biografía y centrarse únicamente en la obra en sí, lo que Jorge Guillén resumió en una sola frase al decir: «Contemplad la obra, olvidad al hombre». Sin embargo, toda máxima tiene sus excepciones. Quizá sea porque he tenido la suerte de tratarlo aunque sea de forma superficial, o porque el componente autobiográfico forma parte tan profunda y esencial de este libro que tratar de separar autor y obra en este caso sería como intentar separar piel y huesos, pero la cuestión es que conocer a Juan Naranjo es una circunstancia que ayuda enormemente a valorar este libro. Primero porque gran parte del magnetismo y del carisma del autor están presentes en su obra y en segundo lugar porque ayuda a contextualizar mejor todo lo que se cuenta y el proceso de creación y transformación del ser humano que es Juan Naranjo.

Uno de los temas más recurrentes del arte y de la literatura desde la antigüedad es el de la catábasis o viaje del héroe al inframundo, que encontramos desde la mitología griega con personajes como Orfeo o Hércules. En el caso del libro de Juan Naranjo, la caída en los infiernos es fulminante, representada por una sola palabra, mariquita, pero con el agravante de que el protagonista es un niño pequeño que no llega a comprender la significación de ese término. Antes que ese descenso a los infiernos, el viaje de Mariquita es una aventura de ascensión, de cómo un niño de un barrio de clase media trabajadora, de una familia de condición humilde, en una pequeña ciudad de mentalidad provinciana, tiene que lidiar con las burlas y el rechazo debido a su homosexualidad.

Tanto el dibujo como la tipografía elegida para la historia no podría haber sido mejor opción. Por una parte, el dibujo naif, de trazos sencillos e inocentes y colores que parecen mezclar técnicas como la acuarela, los rotuladores o los lápices de madera, refuerzan la idea de que todo está contado desde la perspectiva de un niño. Aunque, eso sí, el libro está dividido en tres capítulos y realmente el niño solo aparece en el primer capítulo, correspondiendo los dos siguientes al adolescente en su etapa de instituto y al joven en su etapa universitaria. Quizá sí que hubiera sido, en ese sentido, algo más coherente un cierto cambio de estilo y una mayor elaboración a medida que avanza el libro para representar ese proceso de maduración.

Por otra parte, la tipografía, a mano, mezclando partes escritas todo con mayúsculas y partes con minúsculas, e incluyendo hasta tachones o enmiendas, ayudan a que el relato se cargue todavía más de connotaciones autobiográficas, dando la sensación de que prácticamente estamos leyendo un diario.

En lo que respecta a la composición, basta con hojear las páginas de Mariquita para darse cuenta de que estamos ante un libro que no encaja exactamente en lo que se suele entender por cómic como, por utilizar la terminología de Will Eisner, arte secuenciado y que tal vez, sea preferible hablar de libro ilustrado. No hay viñetas como tal sino que más bien se podría hablar de una simbiosis, más o menos conseguida, entre imagen y texto. En ocasiones la página se divide claramente en imagen y en texto y uno sirve para delimitar al otro; otras veces, hay una superposición y la imagen queda relegada al fondo mientras que el texto pasa a un primer plano (a pesar de lo cual no se dificulta la lectura); y, por último, las páginas que puedan ser más interesantes a nivel de diseño son aquellas en las que la imagen sirve como elemento compositivo del texto.

Si bien estoy seguro de que, por desgracia, tanto la generación boomer como las generaciones X y Z, e incluso la millenial se podrán sentir muy identificadas con esta historia, me gustaría acabar la reseña diciendo que ojalá las nuevas generaciones no lo hagan, porque se haya conseguido superar el prejuicio de género y que el libro de Juan Naranjo quede simplemente como testimonio histórico de la última etapa antes de la apertura final de mentalidad. Aunque es evidente que se ha avanzado con respecto a las últimas décadas, todavía queda mucho trabajo por hacer y relatos como el de Juan Naranjo son precisamente las piezas que van empedrando ese camino hacia la libertad. Si con algo me quedo de su libro es, sobre todo, con las dos últimas páginas, bellísimas, en las que un Juan mayor se sorprende al ver a un Juan niño y juntos caminan por ese sendero.

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