Espacios en blanco de Miguel Francisco.

Las revistas de Mortadelo y Super Mortadelo, publicadas por Ediciones B, en recuerdo y copia de las viejas glorias de Bruguera, forman parte de mi primera educación literaria y sentimental. Como niño conocía los nombres de los grandes, de Ibáñez, de Escobar o de Jan, o de aquellos que estaban hasta en la sopa, del tándem Cera y Ramis, pero fueron muchos otros dibujantes cuyos nombres fueron pasando más inadvertidos, los que me inocularon más todavía, si cabe, la pasión por los tebeos. Uno de esos personajes que no tenía ni idea de quién lo hacía era Fernández, una especie de Conan a la española con un dibujo que me volvía loco y que me hacía releerme sus historias una y otra vez. No fue hasta muchos años después, ya como adulto, que descubrí que el autor que se escondía tras aquellos insinuantes dibujos se llamaba Miguel Francisco.

Como casi todos los compañeros de la generación bruguera, que o bien emigraron a mercados extranjeros o bien volcaron su saber hacer en otros ámbitos visuales como la animación o el mundo de los videojuegos o bien se retiraron centrándose en trabajos que nada tenían que ver con las viñetas, después del cierre y desmantelamiento de los tebeos infantiles, desapareció del panorama comiquero. Espacios en blanco fue, de hecho, la carta de presentación de su regreso en 2017, una historia que, teniendo en cuenta su carácter autobiográfico, tengo que confesar que inicialmente me llamó la atención por cotillear qué habría sido de uno de esos dibujantes herederos de Bruguera. Y tengo que decir que en el caso de Miguel Francisco su ausencia del mapa fue tanto por huir a fuera de nuestras fronteras, concretamente a Finlandia, como por dar un giro a su carrera volviendo los ojos hacia el diseño de videojuegos (quién le iba a decir que su obra más reconocida tendría lugar en este contexto, creando los personajes de Angry Birds).

¿Qué tiene que aportar Espacios en blanco al tema, aparentemente ya manido, de la guerra civil? No es solo la visión personal de un hombre de 49 años, que lo más cerca que estuvo de la guerra fue vivir la muerte de Franco y el comienzo de la transición con siete años, Espacios en blanco nos permite entender por qué estamos muy lejos de pasar página en lo que se refiere a la guerra civil, por qué la memoria histórica está más viva que nunca en generaciones que no han conocido las barbaridades de una guerra más allá de lo que puedan ver que ocurre en países lejanos a través de los medios de comunicación. Y es que la herida, a pesar de que hay quien se empeña en hacerla cicatrizar, todavía sigue abierta, transmitiéndose de padres a hijos.

Cuatro generaciones tenemos ni más ni menos desfilando por Espacios en blanco, retratadas en la cubierta del libro. Lo que pretende Miguel Francisco es tratar de montar el rompecabezas de su pasado familiar, juntando las piezas de sus recuerdos infantiles, de lo que su padre le contó sobre su abuelo o de lo que ha podido averiguar ya como adulto investigando por su cuenta, para rellenar todos aquellos espacios en blanco en los que la historia parece no cuadrar del todo, para tratar de transmitirle un relato coherente a su hijo, tal vez movido por la confianza de que descubriendo el pasado se puede aclarar el presente y comprender el futuro.

Para lograr este ambicioso objetivo, Miguel Francisco plantea una narración que da constantes saltos entre presente y pasado, entrelazando líneas temporales con una naturalidad que hace que todas las viñetas queden perfectamente integradas. Miguel Francisco no duda en utilizar elementos oníricos en algunas de esas transiciones, como cuando vemos al protagonista desdoblándose y saltando del avión que le lleva a Helsinki para volver a su infancia pretransición. De hecho, muchos de esos elementos son los que permiten darle a la historia una lectura más simbólica, como ocurre sobre todo con el misterioso personaje que el protagonista conoce al llegar a Finlandia y que se acaba descubriendo que es un demonio cuyo cometido final es desvelarle al personaje toda la verdad sobre su pasado. Otro detalle que hay que agradecerle a Miguel Francisco es que a pesar de que sea un relato sobre la guerra civil contado desde el punto de vista de los perdedores, no cae en el maniqueísmo extremo (aunque sí hay una cierta tendencia a dibujar a la derecha con rasgos más antiestéticos o tópicos).

Aunque el gran fuerte del libro es, sin duda, el dibujo. Se nota el dominio del autor para recrear cualquier escena a su antojo, con unos personajes que si bien están en una línea estética completamente diferente a Fernández o a Los Desahuciados o Billy Roca, sí tienen cierto aire a Bruguera. El homenaje, que no podía faltar, se hace en dos páginas en las que aparece el pequeño Miguel Francisco dibujando junto a páginas de Anacleto y de Mortadelo y Filemón, lo que demuestra hasta qué punto los tebeos de Bruguera son una deuda con su estilo. Especialmente llamativa, por contraste, es la enorme viñeta en la que se reproduce la clásica portada con historieta de la revista Mortadelo junto a una interpretación infantil de la guerra llena de crudeza.

Como último apunte decir que el tomo de Astiberri incluye como sugestivo extra ocho páginas en las que la ficción se apoya y complementa con fotografías reales, con bocetos e ilustraciones y con textos escritos por el propio Miguel Francisco que ofrecen una visión privilegiada sobre su obra explicando con más detalle aspectos que en el cómic solo había querido insinuar. «Ya no puedo llenarle un poquito todos esos silencios, todos esos espacios en blanco», acaba diciendo Miguel Francisco en este texto a cuenta de la muerte de su padre. Que su obra quede como testimonio de que la memoria histórica es necesaria, incluso entre las nuevas generaciones, para que dejen de existir esos espacios en blanco.

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