En 1960 Peter Kavanagh publicó un libro titulado Las cartas de John Quinn, que consistía en extractos de correspondencia escrita por el tal John Quinn, de profesión abogado, a muchas celebridades del panorama literario como James Joyce, W.B. Yeats o T.S. Eliot. El libro es una auténtica rareza no por su temática sino por la forma en la que Kanavagh elaboró el libro y por el trágico final que envolvió al título.
Cuando Quinn murió en 1924, legó sus cartas a la Biblioteca Pública de Nueva York, pero la institución prohibió cualquier reproducción de ese material hasta 1988. Solo se permitió la lectura por parte de los estudiosos en la Sala de Manuscritos, que tenían que firmar un documento especial en el que se comprometían a no tomar ninguna nota sobre aquellos documentos ni tampoco usarlos como citas directas.
Sin embargo, a Kavanagh estas restricciones no le parecían justas. Así que, a pesar de firmar el necesario documento para acceder a las cartas, durante los trece días que los estuvo consultando puso en marcha el siguiente proceso: memorizaba todos aquellos pasajes que llamaban su atención y rápidamente salía de la sala para escribirlos. Una vez que Kavanagh había recopilado la suficiente cantidad de textos, decidió darle forma de libro e imprimirlo de forma casera. La Biblioteca Pública de Nueva York no tardó en prohibirle la entrada y en demandarlo, exigiendo que se impidiera distribuir el libro y que se confiscaran las copias existentes.
Kavanagh tomó una decisión desgarradora y destruyó los poco más de cien ejemplares que estaban en su poder. Cuando se presentó en el juicio lo hizo con una maleta llena de restos literarios. Frente a todos esparció sus copias trituradas, demostrando que había cumplido con la sentencia. Se le permitió quedarse con dos copias. De hecho, actualmente es casi imposible encontrar una copia del libro y se cree que solo existen doce.

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