Carl Hagenbeck (Fuente).

A finales del siglo XIX y principios del XX, los zoológicos estaban formados por jaulas vacías, frías y artificiales. Sin embargo, Carl Hagenbeck, un comerciante alemán de animales exóticos, aportó una visión diferente y completamente nueva: los animales debían vivir en entornos que simularan sus hábitats naturales, en espacios amplios y sin barrotes, usando fosos o barreras ocultas para separar visitantes y animales. Su idea era permitir que los animales se movieran con mayor libertad, logrando que se comportaran de forma más instintiva y ofrecieran al visitante una experiencia visual más real. Este modelo transformó los zoológicos del mundo y sentó las bases de lo que hoy entendemos como una exhibición respetuosa, educativa y centrada en el bienestar animal.

Sin embargo, ese cambio radical no surgió de la nada. Antes de aplicarlo a los animales, Hagenbeck, que se dedicaba a exportar animales exóticos desde África, Asia y Oceanía y que se convirtió en el proveedor preferido de instituciones zoológicas y circos (P.T. Barnum era un cliente habitual), lo llegó a probar con seres humanos. Mucho antes de que los animales salvajes caminaran por fosos rodeados de paisajes artificiales, fueron comunidades indígenas las que ocuparon esos escenarios cuidadosamente construidos. Sí, la visión escenográfica del zoológico moderno —con sus rocas de hormigón, desniveles, telones de fondo pintados y una cuidadosa ambientación— se ensayó primero en espectáculos humanos.

Selknam, mostrados en París en 1889 (Fuente).

En 1875, en su finca de Hamburgo, Hagenbeck organizó su primera «exhibición étnica»: una familia sami con sus renos, asentados en un campamento que simulaba fielmente su forma de vida tradicional. El público europeo, fascinado por aquella ventana a lo lejano y lo exótico, respondió con entusiasmo. Hagenbeck comprendió el potencial comercial de estas muestras y comenzó a expandirlas. Le siguieron grupos sudaneses, inuit de Groenlandia y Canadá, y kawésqar de Tierra del Fuego. Cada exposición reproducía con detalle un supuesto hábitat nativo, con viviendas, vestimentas, animales y actividades típicas.

Y aunque algunos de los participantes habían accedido voluntariamente, otros fueron traídos sin pleno consentimiento, y muchos estuvieron expuestos a condiciones sanitarias precarias. Las enfermedades hicieron estragos: en una de estas giras, cinco miembros de un grupo kawésqar murieron poco después de su llegada. Hagenbeck prometió entonces dejar de organizar exhibiciones humanas, pero en la práctica continuó durante años. La frontera entre ciencia, espectáculo y explotación se desdibujaba fácilmente bajo el barniz del exotismo.

Lo que resulta especialmente inquietante es que estos espectáculos no eran solo entretenimiento. Eran, de hecho, ensayos para su visión de los zoológicos. La escenografía que hoy se asocia a un entorno más ético y amable para los animales tiene, en sus orígenes, un capítulo oscuro en la historia de la ética humana.

Carl Hagenbeck en 1907 (Fuente).

En 1907, Hagenbeck abrió el Tierpark de Hamburgo, considerado el primer zoológico moderno. Era una revolución estética y conceptual. Los animales ya no estaban en jaulas, sino en grandes espacios rodeados de fosos y decorados con grutas artificiales, árboles, rocas y agua. La experiencia del visitante era inmersiva, casi teatral. Aquel parque marcó el rumbo que seguirían otros zoológicos durante el siglo XX, cada vez más alejados de la jaula y más comprometidos —al menos en teoría— con el conocimiento y la conservación.

Si echamos la vista atrás, el legado de Carl Hagenbeck se muestra como algo complejo. Por un lado, su modelo cambió la historia de los zoológicos y mejoró radicalmente las condiciones de vida de los animales en cautiverio. Por otro, ese modelo nació de un contexto profundamente colonial y se desarrolló a costa de convertir a seres humanos en atracciones. El zoológico moderno no solo es heredero de una sensibilidad nueva hacia la naturaleza; también lo es de un pasado donde lo exótico fue presentado como espectáculo, y donde las ideas que hoy consideramos progresistas se gestaron, paradójicamente, en escenarios de explotación.

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