Pocas obras del cómic europeo han conseguido levantar un universo tan coherente, onírico y ambicioso como Las Ciudades Oscuras. Este ciclo narrativo, creado por el dibujante belga François Schuiten y el guionista francés Benoît Peeters, surgió a principios de los años ochenta de una pasión compartida por la arquitectura, la literatura fantástica y la exploración simbólica del poder urbano. Ambos se conocieron en la adolescencia y, tras años de amistad e intercambios intelectuales, comenzaron a gestar este universo que aúna la tradición del cómic franco-belga con una profundidad filosófica inusual.

La primera semilla de este mundo apareció en la revista À Suivre, donde se publicaron historias cortas a partir de 1982. Poco después, en 1983, vio la luz el primer álbum, Las murallas de Samaris. En él se presentan varios de los elementos que se convertirán en constantes: un protagonista que se desplaza a una ciudad lejana, Samaris, en busca de respuestas, y descubre que todo lo que le rodea —la ciudad misma, su misión, su identidad— forma parte de un gigantesco simulacro. La arquitectura no es mero escenario, sino el mecanismo que define y condiciona la experiencia. Desde ese primer volumen, Schuiten y Peeters establecen una forma de trabajo muy particular: guión e imagen se desarrollan en paralelo, con constantes retroalimentaciones. Lejos del esquema clásico donde el guionista dicta y el dibujante ejecuta, aquí hay una alianza creativa que explora cómo la imagen puede narrar ideas abstractas, cómo los espacios construidos afectan la psicología de los personajes y cómo las ciudades mismas pueden ser personajes.

El ciclo, aunque en constante expansión, ha seguido una evolución orgánica y no estrictamente lineal. El segundo álbum, La fiebre de Urbicande, publicado en 1984, se sitúa en otra ciudad, donde un extraño cubo geométrico comienza a crecer y expandirse sin control, atravesando barrios y transformando la organización urbana. Lo que en principio parece un accidente arquitectónico se convierte en una metáfora del poder, la libertad, la red invisible que une a las personas —una visión casi profética del impacto de internet. En 1987, La Torre introduce un espacio monumental, de aires renacentistas, donde un hombre aislado en lo alto de una estructura infinita cuestiona la autoridad, la comunicación y la razón de ser de su encierro. De nuevo, la arquitectura y el urbanismo se convierten en vehículos simbólicos: la torre es poder, aislamiento, mito, fracaso colectivo.

A lo largo de los siguientes álbumes, este patrón se repite pero nunca se agota. La ruta de Armilia (1988) se presenta como una especie de cuento de hadas dentro del universo, mientras Brüsel (1992) representa una de las cumbres del ciclo: la ciudad, análoga a una Bruselas distorsionada, sufre los efectos del desarrollismo, la burocracia, la gentrificación y la corrupción. Es, probablemente, la entrega más claramente política de la serie. Le sigue La chica inclinada (1996), donde una joven sufre una extraña desviación física que la hace caminar en ángulo, y cuyo viaje interior y exterior se convierte en una metáfora sobre la diferencia y la conformidad. En La sombra de un hombre (1998), los autores ensayan una historia más intimista, casi de espionaje, centrada en un personaje que literalmente proyecta sombra donde no debería, cuestionando así la estabilidad de su identidad.

Ya en el siglo XXI, Schuiten y Peeters desarrollan dos volúmenes que componen La frontera invisible (2002 y 2004), donde un joven cartógrafo se enamora de una mujer en un territorio dividido por tensiones nacionalistas. La historia combina amor imposible, represión política y metáforas sobre la representación del mundo. A continuación, La teoría del grano de arena (2007–2008) devuelve la acción a Brüsel y desarrolla un relato más coral, en el que objetos pesadísimos caen de los bolsillos de los habitantes, la arena crece sin fin y la ciudad parece a punto de desmoronarse. Esta historia aborda la inmigración, el trauma, la imposibilidad de integrar lo extraño y lo imprevisible. En 2009 aparece Recuerdos del eterno presente, un viaje al pasado de este universo: en la ciudad de Taxandria, el tiempo ha sido abolido, el recuerdo está prohibido y la historia ha sido borrada tras una gran catástrofe. La ciudad vive en una suerte de estancamiento perpetuo, como una pesadilla de eterno presente y censura total.

Al margen de los álbumes principales, existen obras paralelas como El Archivista, El eco de las ciudades o el más reciente El regreso del Capitán Nemo, que expanden el universo con mapas, documentos apócrifos, artículos ficticios y personajes secundarios que cruzan historias. Aunque cada álbum puede leerse de forma independiente, la relectura revela conexiones profundas: personajes que reaparecen (como Mary Von Rathen o Constant Abeels), ciudades que se nombran en otras tramas, tecnologías que se replican, conceptos que reverberan en distintos contextos. Lo fascinante de este universo es que nunca se cierra sobre sí mismo: cada obra abre una nueva puerta.

Uno de los mayores logros de Las Ciudades Oscuras es haber transformado la arquitectura en protagonista. No hay viñeta sin una intención constructiva. Schuiten, hijo de arquitectos, dibuja edificios, plazas, estaciones y máquinas como si se tratara de retratos psicológicos. La ciudad no es fondo ni decorado: es personaje, máquina ideológica, reflejo social. Cada una de las urbes tiene su estilo: Samaris es clasicista y laberíntica; Urbicande, monumental y racionalista; Brüsel, modernista en decadencia; Taxandria, retrofuturista y distópica. Los edificios determinan la acción. Los espacios definen el alma de los habitantes.

Reaparecen también una serie de motivos recurrentes: la imposibilidad de escapar, los simulacros, la memoria como tabú, las construcciones colosales, los mapas que no coinciden con el territorio, el poder que se manifiesta en estructuras, la obsesión por el orden que siempre acaba cediendo al caos. Es inevitable pensar en Borges, en Kafka, en Italo Calvino. También en Piranesi, en Victor Horta, en Escher, en el movimiento art nouveau. Esta red de referencias convierte a Las Ciudades Oscuras en un cruce entre el cómic, la filosofía urbana y la ciencia ficción literaria.

El vínculo con el mundo real es constante. Muchas de las ciudades del ciclo tienen correlatos reconocibles: Brüsel es Bruselas deformada; Pâhry es una París alternativa; Calvani, una especie de Génova. Y no se trata solo de referencias visuales: las problemáticas urbanas que plantean —la especulación, la vigilancia, la opresión tecnológica, la memoria colectiva, la destrucción del patrimonio— remiten directamente a debates del presente. No en vano, François Schuiten ha participado en proyectos reales de restauración arquitectónica, diseño urbano y museografía.

En España, la editorial que más sistemáticamente ha publicado Las Ciudades Oscuras es Norma Editorial. Aunque algunas obras se editaron sueltas en los años ochenta y noventa (como La fiebre de Urbicanda o La Torre), hoy en día es posible seguir el ciclo completo gracias a sus ediciones integrales. Estas ediciones recogen los álbumes en orden de publicación y añaden material adicional muy valioso para la comprensión del conjunto. Quien quiera empezar a leer esta obra en castellano puede seguir el orden original: Las murallas de Samaris, La fiebre de Urbicanda, La Torre, La ruta de Armilia, Brüsel, La chica inclinada, La sombra de un hombre, La frontera invisible (volumen 1 y 2), La teoría del grano de arena (también en dos volúmenes) y Recuerdos del eterno presente. Como complemento, se recomienda leer El Archivista y El eco de las ciudades una vez se ha entrado en el universo, pues ofrecen una perspectiva global sobre su complejidad.

En definitiva, Las Ciudades Oscuras no es solo un conjunto de cómics sino un proyecto artístico total. A través de historias autónomas pero conectadas, de una imaginería arquitectónica minuciosa y de una narrativa que mezcla utopía y pesadilla, Schuiten y Peeters han creado uno de los universos más singulares y profundos del cómic contemporáneo. Un lugar que, como toda gran ciudad, no se agota nunca, porque cada lectura revela nuevos ángulos, nuevas calles, nuevas sombras. Un mundo en expansión que, aun siendo ficción, nos dice mucho sobre lo real.

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