Carl Andre en su obra Stone Field Sculpture.

En 1977 la ciudad de Hartford, en Connecticut, acordó pagar al escultor Carl Andre 87.000 dólares (lo que hoy en día sería aproximadamente medio millón) para crear una obra de arte que se instalara en una pequeña zona de césped en el centro. Andre respondió colocando 36 grandes rocas sobre la hierba, sin tallar, dispuestas en ocho filas descendentes.

La obra, titulada Stone Field Sculpture, indignó al alcalde de Hartford, George Athanson. «Este tipo no hizo nada. Contrató a unos obreros para poner piedras en terrenos municipales. Cogió un montón de rocas y las trasladó al centro de Hartford. Y cobró 87.000 dólares», afirmó el dirigente. Athanson consultó a los abogados municipales para decidir si se debía pagar a Andre, porque desde su punto de vista aquella creación no encajaba en la definición de escultura y, por tanto, no cumplía con lo que se le encargó. Los abogados le aconsejaron que le pagara, porque aparentemente Andre sí había cumplido. Sin embargo, el alcalde afirmó que trataría de que las rocas fueras retiradas, incluso aunque hubiera que pagar por ellas. Rocas que, a día de hoy, todavía siguen allí.

Para Dean Bernard Hanson del Hartford Art Center, usar la definición de escultura como criterio dejó de ser relevante desde la segunda mitad del siglo XX porque ha quedado desfasada. En cualquier caso, su valoración de la obra de Andre fue positiva, porque las columnas de rocas son similares y coherentes con las lápidas del cementerio que está contiguo al parque y, además, es una obra de arte que permite que el individuo se relacione con ella, que entre en su interior y que se pierda, como atravesando una especie de espejo. De opinión parecida es Andrea Miller-Keller, conservadora de un museo de arte cercano. Ella señala que la obra de Andre convirtió el parque «en un lugar importante». No deja indiferente a nadie, tanto con reacciones positivas como negativas, y eso hace que sea una obra valiosa.

Curiosamente, lo que hizo la obra de Andre fue convertir un parque que pasaba inadvertido en un un acalorado debate sobre la definición y el valor del arte público. La entidad que sufragó el coste de le escultura fue el Hartford Institute for Public Giving, junto con una subvención del National Endowment for the Arts. Un dinero que, en última instancia, provenía de los impuestos.

Equivalent VIII.

No era la primera vez que Carl Andre se veía envuelto en una polémica de este tipo. En 1966 creó una obra titulada Equivalent VIII, que consistía en ocho esculturas compuestas por 120 ladrillos, dispuestos en dos capas, en un rectángulo de seis por diez. Una de esas ocho esculturas fue comprada por la Tate Gallery en 1972 por 6.000 dólares, la mitad de su precio original. Como ninguna de las piezas se había vendido durante su exposición en la galería de Nueva York, Andre había devuelto los ladrillos originales, así que la Tate Gallery compró ladrillos nuevos, que fueron enviados al Reino Unido junto con instrucciones sobre cómo montarlos. En 1976, cuando la pieza ni siquiera estaba expuesta, provocó muchas críticas debido a la percepción de que el dinero de los contribuyentes se había gastado en pagar un precio inflado por una colección de ladrillos. La compra, además, también fue criticada por adquirir solo una escultura de la serie de ocho, eliminando así el contexto de equivalencia (tener la obra completa habría obligado a comprar otros 840 ladrillos).

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