Como dice Anthony Gottlieb en El sueño de la razón, los cínicos sostenían que, si uno no podía vivir una vida racional, entonces debía, como último recurso, quitarse la vida. De ese modo la virtud nunca tendría que verse comprometida. Muchos de los estoicos heredaron de sus antecesores los cínicos un profundo interés por la idea del suicidio. Tanto que incluso llegó a constituirse una escuela filosófica que sostenía que solo había una forma segura de evitar lo inevitablemente desagradable de la vida: el suicidio inmediato.
Entre todos estos pensadores destacó Hegesias de Cirene. Siguió a Aristipo al considerar el placer como el objetivo de la vida, pero su visión era mucho más pesimista. Debido a que consideraba la felicidad como algo inalcanzable, el objetivo del sabio debía ser liberarse del dolor y la tristeza. Puesto que, además, como cada persona es autosuficiente para alcanzar ese estado, rechaza todos los bienes como posibles fuentes de placer. Para Hegesias no hay nada agradable o desagradable por naturaleza, sino que es a causa de la necesidad o de la saciedad que algunas personas están complacidas o no. La riqueza y la pobreza no influyen en absoluto en el placer, como tampoco lo hacen la esclavitud o la libertad.
Añade que solo los insensatos prefieren vivir, mientras que para los verdaderamente sabios es indiferente la vida y la muerte. Eso sí, el sabio se guiará siempre por su propio bien, pues nadie es tan importante como él mismo. Por tanto, la acción es completamente indiferente y, como consecuencia, también lo es la vida, que, como decía, no es de ninguna manera más deseable que la muerte. La persona sabia no estaría tan absorta en la búsqueda de lo que es bueno como en el intento de evitar lo que es malo.
Según Cicerón, Hegesias escribió un libro llamado ἀποκαρτερῶν (Muerte por hambre), en el que un hombre que ha resuelto morir de hambre defiende que la muerte es en realidad más deseada que la vida. Tanto esta idea como las abrumadoras descripciones de la miseria humana inspiraron a muchas personas a suicidarse. Como consecuencia, se ganó el apodo de «el persuasor de la muerte» y sus lecciones fueron prohibidas en Alejandría por el rey Ptolomeo II Filadelfo después de que se le culpara de una epidemia de suicidios.
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