Cuando se habla de The Strain, es casi inevitable referirse primero a las tres novelas que la componen: Nocturna, Eterna y Oscura. En mi caso, sin embargo, el descubrimiento de esta historia no llegó inicialmente a través de la literatura. El primer contacto fue la adaptación televisiva, The Strain, que trasladaba a la pantalla el inquietante planteamiento de las novelas. Aquella premisa —un avión que aterriza y cuyas comunicaciones con el exterior se interrumpen misteriosamente, la entrada en la aeronave y el descubrimiento de que todos los pasajeros parecen estar muertos, la presencia de unos pocos supervivientes y la sospecha inicial de un virus que pronto revela una amenaza mucho más antigua y monstruosa— me cautivó desde el primer momento. La actualización del mito vampírico a un contexto contemporáneo, con un enfoque que mezcla horror biológico, epidemia y tradición sobrenatural, resultaba especialmente atractiva.

Tras un par de temporadas de la serie decidí dar el salto a las novelas originales, escritas por Guillermo del Toro y Chuck Hogan, y no me arrepentí en absoluto. La trilogía se convirtió rápidamente en una de mis obras literarias preferidas y, muy probablemente, en mi novela de terror favorita. Con ese antecedente, cualquier producto derivado de este universo tenía muchas posibilidades de interesarme, y así llegué a la adaptación en cómic, The Strain. En este tipo de situaciones siempre planea una duda bastante habitual: la posibilidad de que una adaptación termine por arruinar el espíritu de la obra original. Afortunadamente, en este caso no ocurre. La novela gráfica puede considerarse una adaptación fiel al material del que parte y demuestra un respeto evidente por la historia y por el universo narrativo creado en las novelas.

Ahora bien, fidelidad no significa reproducción literal. Cada medio tiene sus propias reglas y su propio lenguaje, y la literatura, el audiovisual y el cómic funcionan de maneras muy distintas. La adaptación gráfica de The Strain es un buen ejemplo de lo que podríamos llamar una adaptación de lenguajes. El relato conserva los elementos esenciales de la historia, pero necesariamente debe reorganizar y condensar muchos de ellos para ajustarse a las posibilidades del formato. Es precisamente ahí donde aparece quizá la mayor pega que puede señalarse a esta versión: la considerable reducción de la extensión narrativa. Frente a una trilogía literaria bastante extensa y rica en detalles, el cómic presenta una versión mucho más comprimida de la historia. El resultado es una obra que recoge los acontecimientos fundamentales, pero que en ocasiones transmite cierta sensación de precipitación. Algunas situaciones pasan con mayor rapidez que en las novelas, determinados episodios reciben menos desarrollo y, sobre todo, la psicología de algunos personajes —especialmente los secundarios— queda menos explorada. Esto provoca que la adaptación resulte correcta y eficaz, pero también algo superficial en relación con la complejidad del mundo ficticio que las novelas construyen a lo largo de cientos de páginas.

Con todo, el cómic resuelve bastante bien este problema de condensación. A pesar de la reducción inevitable, la historia sigue funcionando y puede leerse sin dificultad de forma independiente. De hecho, uno de los logros de esta adaptación es que se puede disfrutar perfectamente incluso sin tener un conocimiento previo de las novelas o de la serie de televisión. El lector encontrará una historia coherente, con un planteamiento potente y un desarrollo claro, lo que demuestra que la adaptación ha sabido seleccionar con bastante acierto los elementos esenciales del relato original.

Donde el cómic destaca con especial fuerza es en su apartado gráfico. La reinterpretación visual de los vampiros encaja muy bien con el tono de la obra. Esta versión del mito se aleja deliberadamente del vampiro clásico, aristocrático y seductor, para presentar criaturas mucho más cercanas al horror biológico: seres antropomórficos que se alimentan mediante un aguijón y que funcionan como una especie de colmena organizada bajo las órdenes de una única entidad superior. El estilo visual elegido encaja perfectamente con esa concepción. Hay en el dibujo una estética que oscila entre lo gótico y lo expresionista, con un trazo ligeramente deformante que tiende a estirar y alargar las figuras, lo que contribuye a crear una atmósfera inquietante y malsana. Esta tendencia resulta especialmente eficaz cuando aparece la figura que domina a todos los demás, el Maestro, una presencia gigantesca que ocupa la escena con una autoridad casi absoluta y que se convierte visualmente en el centro de gravedad de muchas páginas.

Desde el punto de vista del guion, el lector que ya conozca la historia no encontrará grandes sorpresas. El cómic sigue de forma bastante directa los acontecimientos que ya aparecían en las novelas y que posteriormente fueron adaptados también en la serie televisiva. Sin embargo, incluso para quien esté familiarizado con la trama, la experiencia de lectura sigue siendo muy disfrutable gracias precisamente al trabajo gráfico y a la capacidad del medio para ofrecer imágenes impactantes de algunos de los momentos más memorables de la historia. Para un admirador de la saga, esta versión en cómic funciona sobre todo como un complemento muy interesante que amplía y enriquece la experiencia de ese universo narrativo.

La publicación de la obra también tiene su propia historia editorial. El cómic fue editado por Dark Horse Comics, inicialmente en formato de grapas y posteriormente recopilado en tomos. Estos volúmenes incluyen además material adicional que amplía el universo narrativo concebido por Del Toro, con especial atención a personajes como Mr. Quinlan o el luchador conocido como el Ángel de Plata, cuyas historias contribuyen a expandir el trasfondo del relato. Sin embargo, existe un inconveniente importante para muchos lectores: hasta el momento estos cómics no han sido traducidos ni publicados en castellano por ninguna editorial española. Quien quiera acercarse a esta adaptación deberá hacerlo, al menos por ahora, a través de la edición en inglés.

En definitiva, The Strain en formato de novela gráfica es una adaptación sólida y respetuosa con el material original. Es cierto que la reducción de la historia obliga a simplificar algunos aspectos y a sacrificar parte de la profundidad narrativa de las novelas, pero a cambio ofrece una reinterpretación visual muy sugerente que encaja perfectamente con la naturaleza grotesca y biológica de sus vampiros. Para quienes ya conocen y disfrutan del universo creado por Guillermo del Toro y Chuck Hogan, este cómic no solo resulta recomendable, sino que puede considerarse un complemento casi imprescindible para seguir explorando una de las propuestas más originales del terror contemporáneo.

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