Hablar de vampiros es, en cierto modo, hablar de equilibrio. El mito clásico presenta a estas criaturas como seres prácticamente inmortales, pero no invulnerables. Su talón de Aquiles es bien conocido: la luz solar. Durante el día, además, quedan reducidos a un estado de reposo que permite a los humanos, frágiles y mortales, tener una oportunidad. En ese juego de fuerzas desiguales, esa debilidad es lo único que inclina ligeramente la balanza y hace posible que el bien pueda imponerse al mal.
Por eso, el punto de partida de 30 días de noche resulta tan atractivo. En Barrow, descrita como la ciudad más septentrional de Alaska, la noche polar se prolonga durante 30 días debido a la inclinación de la Tierra, que impide que el sol asome por encima del horizonte. Durante ese tiempo, la principal debilidad de los vampiros desaparece. La ecuación cambia por completo: los depredadores dejan de tener límites y los humanos pierden su única ventaja. ¿Qué puede hacer el ser humano ante una situación así?
La premisa es potente, casi irresistible, porque conecta con miedos muy primarios: la oscuridad, el aislamiento, la sensación de estar completamente a merced de algo que no podemos controlar. No es casualidad que de esta idea hayan surgido múltiples historias derivadas, incluyendo sus adaptaciones cinematográficas. Sin embargo, y aquí empieza el problema, ni Steve Niles ni Ben Templesmith parecen capaces de exprimir todo ese potencial. Bajo mi punto de vista, lo que podría haber sido una historia memorable se queda en una trama fallida.
La trilogía original
La base de todo este universo la forman tres títulos: 30 días de noche, Días oscuros y Regreso a Barrow. Es aquí donde deberían asentarse las reglas del juego, los personajes y el tono… pero también donde empiezan a evidenciarse sus principales debilidades.
En 30 días de noche se nos presenta a Eben y Stella Olemaun, la pareja que vertebra buena parte de la saga. El planteamiento inicial es directo hasta lo minimalista: los vampiros llegan a Barrow y convierten el pueblo en una auténtica barra libre de sangre y muerte. Y poco más. El guion, aunque intenso en lo superficial, no parece dar para mucho desarrollo. Resulta incluso sorprendente que de aquí saliera una película de más de hora y media.
El problema no es tanto la sencillez como la resolución. Cuando todo parece perdido, la historia recurre a una solución extrema: Eben decide convertirse en vampiro para enfrentarse a ellos. Hasta ahí, podría funcionar. Pero es en ese punto donde entra en juego un deus ex machina difícil de justificar. La transformación en vampiro oscila entre convertirte en una bestia sin control o permitirte conservar la suficiente humanidad como para actuar con precisión quirúrgica. Y, por supuesto, Eben cae en esta segunda categoría. No solo mantiene el control, sino que, recién transformado, es capaz de enfrentarse a un vampiro ancestral y amedrentar al resto. Una solución que se siente más como una concesión al guion que como una consecuencia lógica de la historia.
En Días oscuros, con Eben muerto, Stella decide honrar su memoria revelando al mundo la existencia de los vampiros y combatiéndolos. El recurso del “libro dentro del libro” tiene su gracia, pero la evolución del personaje vuelve a resultar poco verosímil: Stella pasa de ser prácticamente una víctima a convertirse en una especie de Blade con un grupo de mercenarios de élite. Mientras tanto, los vampiros se mueven por el mundo sin que quede claro si la humanidad cree en ellos o no, a pesar de que hay testigos de sobra.
La historia introduce además nuevas ideas con un desarrollo mínimo: un vampiro que pasa de querer matar a Stella a enamorarse de ella en apenas unas páginas, o la repetición del esquema del primer volumen con Stella enfrentándose en solitario a una jerarquía vampírica. Y por si fuera poco, se añade un giro que roza lo absurdo: resucitar a un vampiro es tan sencillo como verter sangre sobre sus cenizas. Lo que se presenta como un mito termina pareciendo un experimento de primaria. Así, Stella devuelve a Eben a la vida, cerrando un arco que pierde toda su carga dramática.
Regreso a Barrow reincide en la misma idea base. A estas alturas, el pueblo parece haberse convertido en un destino turístico para vampiros durante la noche polar, mientras el resto del mundo sigue dudando de su existencia. La historia introduce un nuevo personaje y plantea una variación interesante —qué pasaría si los habitantes estuvieran preparados—, pero en la práctica no aporta demasiado. Y, por supuesto, la presencia de Eben y Stella vuelve a ser inevitable.
En cuanto al apartado gráfico, Ben Templesmith opta claramente por el feísmo. Es una elección que funciona especialmente bien en la representación de los vampiros: ojos brillantes en la oscuridad, rostros deformes, dientes afilados. El problema es que ese mismo estilo se aplica también a los humanos, generando un resultado que, al menos en lo personal, resulta poco atractivo.
Pero la cuestión no es solo estética, sino narrativa. El dibujo dificulta la lectura. La combinación de escenas nocturnas, trazos difusos y composiciones caóticas hace que muchas viñetas se conviertan en auténticos borrones de color en los que cuesta entender qué está ocurriendo. A esto se suma una tendencia al exceso gore: la sangre y las entrañas aparecen con una exageración que recuerda más a ciertas películas cutres que a una decisión expresiva consciente. El resultado es un ruido visual constante que entorpece la experiencia de lectura.
Se amplía el universo narrativo
Más allá de la trilogía original, el universo se expande con numerosas historias de calidad muy irregular. Aunque Steve Niles firma la mayoría de los guiones, el apartado artístico varía, y eso se nota.
En Historias de chupasangres encontramos dos relatos. Muerto Billy Muerto, dibujado por Kody Chamberlain, presenta a un vampiro recién creado que conserva parte de su humanidad, explorando la idea de que los verdaderos monstruos pueden ser los humanos. En cambio, Juárez o Lex Nova & El caso de las 400 chicas mexicanas muertas, con arte de Templesmith, es probablemente lo peor de toda la saga: una narración tan confusa que seguir lo que ocurre se convierte en un ejercicio de paciencia.
Espacio muerto, de Niles y Dan Wickline con dibujo de Milx, introduce a los vampiros en una estación espacial. La premisa es ingeniosa, pero pierde completamente el sentido original de la saga: los vampiros podrían ser cualquier otra cosa.
Eben y Stella, coescrita por Niles y Kelly Sue DeConnick, sirve como puente entre entregas, recuperando a los personajes principales sin aportar demasiado más allá de ese enlace.
Más interesante resulta Nieve roja, escrita y dibujada por Templesmith, que nos traslada a 1941 y plantea una alianza forzosa entre nazis y rusos para sobrevivir a los vampiros. Con un aire muy noventero y ecos de Abierto hasta el amanecer, es de las propuestas que al menos intenta algo distinto.
Por su parte, Más allá de Barrow, con arte de Bill Sienkiewicz, recupera el escenario original para introducir un argumento bastante reconocible —el millonario en busca de emociones fuertes— y añade, casi sin previo aviso, unos ancestros vampíricos que parecen llevar siglos en la zona.
Crossovers
Los cruces con otros universos llevan la saga a terrenos todavía más extraños.
Uno de ellos une Barrow con Expediente X, incorporando a Mulder y Scully. El resultado es una curiosidad con sabor noventero: Mulder defendiendo la existencia de lo sobrenatural y Scully tratando de desmontarlo desde la lógica científica. Funciona como homenaje, pero ofrece pocas sorpresas. Al final, sabes que, pase lo que pase, ellos sobrevivirán.
El otro crossover conecta con Criminal Macabre, algo lógico teniendo en cuenta los autores implicados. Sin embargo, si no conoces ese universo, quedan demasiados cabos sueltos. Aquí, Eben asume el papel de gran antagonista con aspiraciones de dominación global, y Stella reaparece para cerrar el conflicto… en apenas unas pocas viñetas. Un desenlace tan precipitado como el resto, y que, además, pierde cualquier sentido definitivo cuando la propia saga ha establecido lo fácil que resulta resucitar a un vampiro.
Con el paso del tiempo, 30 días de noche se ha consolidado como una franquicia de referencia dentro del imaginario del vampiro moderno. Una de esas obras a las que hay que acercarse, aunque sea para formarse una opinión propia. En mi caso, esa opinión es clara: una premisa brillante que nunca llega a estar a la altura de lo que promete. Una saga irregular, a ratos interesante, pero en demasiadas ocasiones fallida.


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