Gabriel Matzneff (Fuente).

Hay historias culturales que parecen imposibles de creer cuando se descubren desde el presente. La de Gabriel Matzneff es una de ellas. Durante décadas fue una figura respetada dentro de la vida intelectual francesa: un escritor elegante, refinado, habitual de los programas culturales más prestigiosos del país y protegido por buena parte de las élites literarias parisinas. Al mismo tiempo, hablaba abiertamente de sus relaciones con menores, escribía sobre ellas en sus libros y defendía públicamente sus ideas sin ocultarse lo más mínimo. Lo más perturbador del caso no es únicamente la figura de Matzneff, sino descubrir que aquello era prácticamente un secreto a voces. Todo el mundo parecía saberlo y, aun así, siguió siendo tratado como un referente cultural.

Nacido en 1936 en una familia de origen ruso, Matzneff comenzó a publicar en los años sesenta, en un momento especialmente convulso y transformador para la cultura francesa. El París posterior a Mayo del 1968 vivía una auténtica revolución intelectual. La crítica a la moral burguesa, a la religión, a la autoridad familiar y a las normas sexuales tradicionales formaba parte del clima cultural dominante en determinados círculos universitarios y artísticos. En ese contexto, la provocación podía interpretarse como un gesto de libertad y sofisticación. Ser escandaloso no solo no cerraba puertas, sino que a veces las abría.

Matzneff encajó perfectamente en aquel ambiente. Construyó una imagen pública de escritor libertino, culto y provocador, heredero moderno de una cierta tradición decadente y aristocrática de la literatura francesa. Su obra, profundamente autobiográfica, mezclaba diarios personales, ensayos, novelas y reflexiones literarias donde el propio autor aparecía constantemente en el centro del relato. Sus admiradores destacaban la elegancia de su prosa, la erudición clásica que atravesaba sus textos y la aparente sinceridad radical con la que hablaba de sí mismo. Para muchos lectores de la época, Matzneff representaba al escritor capaz de vivir y escribir al margen de las convenciones sociales.

El problema es que esa sinceridad incluía la descripción y defensa explícita de relaciones sexuales con adolescentes y menores de edad. Y no se trataba de insinuaciones ambiguas ni de rumores ocultos. Matzneff hablaba abiertamente de ello en entrevistas, artículos y apariciones televisivas. Uno de los momentos más desconcertantes vistos desde la actualidad es su presencia en Apostrophes, el programa literario más importante de la Francia de la época, presentado por Bernard Pivot. Allí defendió públicamente sus relaciones con menores en un tono casi filosófico, como si estuviera participando en un debate intelectual más dentro del panorama cultural francés. Lo inquietante no es solo lo que decía, sino la relativa normalidad con la que el entorno reaccionaba. Había cierta incomodidad, sí, pero no el rechazo absoluto que hoy parecería inevitable.

Para entender cómo algo así pudo suceder hay que recordar el contexto intelectual de aquellos años. Una parte de la izquierda cultural francesa de los setenta veía cualquier límite moral tradicional como una forma de represión. Algunos intelectuales llegaron incluso a cuestionar la edad de consentimiento sexual, convencidos de que la liberación del deseo debía extenderse también a los adolescentes. En retrospectiva, muchos consideran que ciertos sectores confundieron la revolución sexual con la desaparición de cualquier frontera ética. El resultado fue un clima cultural donde figuras como Matzneff podían presentar sus prácticas no como abusos, sino como una forma extrema de libertad individual.

Eso no significa que toda la sociedad francesa compartiera esas ideas ni que la pederastia fuera legal o aceptada socialmente de forma generalizada. Pero sí existía en determinados ambientes intelectuales una tendencia a relativizar o sofisticar intelectualmente comportamientos que hoy se perciben con claridad como abusivos. Además, el prestigio cultural funcionaba como una poderosa forma de protección. Matzneff mantenía relaciones con escritores, críticos, periodistas y editores influyentes. Era publicado por editoriales prestigiosas, invitado a debates culturales y tratado como una figura relevante dentro del ecosistema intelectual parisino. Más que un gran autor popular, era un escritor de culto, alguien cuya figura estaba rodeada de un aura de provocación y refinamiento.

Durante décadas, muchos de sus compañeros de generación lo defendieron o, como mínimo, evitaron enfrentarse abiertamente a él. Parte de esa protección se explica por la fascinación que ciertos círculos intelectuales franceses sentían por el escritor transgresor, por el artista dispuesto a vivir “más allá” de la moral común. La provocación se interpretaba casi automáticamente como una señal de profundidad intelectual. En algunos casos, el deseo de defender la libertad artística llevó a minimizar cuestiones mucho más graves relacionadas con el abuso y las relaciones de poder.

La pregunta que todavía hoy persigue al caso Matzneff es inevitable: ¿cómo pudo mantenerse durante tanto tiempo esa tolerancia colectiva? Y probablemente la respuesta tenga que ver con una combinación de factores. Por un lado, el prestigio cultural del autor y las redes de protección de las élites parisinas. Por otro, una época marcada por la radicalización de ciertos discursos sobre la libertad sexual. Y, finalmente, una comprensión mucho más limitada de las dinámicas psicológicas del abuso, la manipulación y el consentimiento en relaciones profundamente desiguales.

Vanessa Springora (Fuente).

Aun así, lo más sorprendente es que la caída definitiva de Matzneff no se produjo porque se descubriera un secreto oculto, sino porque alguien decidió contar la historia desde el otro lado. En 2020, Vanessa Springora publicó El Consentimiento, un libro autobiográfico donde narraba la relación que mantuvo con Matzneff cuando ella tenía catorce años y él rondaba los cincuenta. El impacto fue inmediato y devastador. No porque el público descubriera algo completamente desconocido, sino porque por primera vez la voz principal ya no era la del escritor sofisticado y admirado, sino la de la adolescente atrapada en una relación profundamente desigual.

Springora describía la fascinación inicial, el peso del prestigio intelectual de Matzneff, la manipulación emocional y las secuelas psicológicas que aquella experiencia dejó en su vida. El libro desmontaba por completo la imagen romántica y libertina que durante décadas había rodeado al escritor. De repente, Francia tuvo que enfrentarse a una verdad incómoda: aquello que durante años había sido presentado como provocación literaria podía verse con absoluta claridad como abuso.

La publicación de El Consentimiento provocó un terremoto cultural. Editoriales, críticos y periodistas comenzaron a preguntarse cómo había sido posible mirar hacia otro lado durante tanto tiempo. Matzneff perdió apoyos institucionales, reediciones, premios y prestigio. La investigación judicial reabierta en torno a su figura terminó archivándose por prescripción de muchos de los hechos, pero el juicio social y cultural ya estaba decidido. El escritor pasó, prácticamente de la noche a la mañana, de ser una figura respetada a convertirse en símbolo de la ceguera moral de una parte de la intelectualidad francesa del siglo XX.

El impacto del libro fue tan grande que acabó dando lugar a una adaptación cinematográfica, El Consentimiento, dirigida por Vanessa Filho. La película ayudó a llevar el caso al gran público y consolidó definitivamente la caída del escritor. Más que el retrato de un solo hombre, el escándalo terminó funcionando como un ajuste de cuentas cultural con toda una generación de intelectuales que durante décadas confundió transgresión con lucidez y provocación con profundidad.

Hoy, Gabriel Matzneff vive prácticamente apartado de la vida pública y convertido en una figura profundamente desacreditada. Su nombre aparece ya menos asociado a su literatura que al enorme escándalo moral e intelectual que terminó estallando alrededor de su figura. Sin embargo, el debate que deja tras de sí continúa siendo incómodo y complejo. ¿Puede separarse completamente una obra de la conducta de su autor? ¿Debe mantenerse dentro del canon a escritores cuyas obras contienen defensas explícitas de comportamientos abusivos? ¿Y qué responsabilidad tienen las instituciones culturales cuando convierten a determinadas figuras en iconos intocables?

Quizá por eso el caso Matzneff sigue produciendo tanta fascinación y rechazo al mismo tiempo. Porque obliga a mirar de frente no solo a un escritor, sino también a toda una sociedad cultural que decidió admirarlo mientras él hablaba públicamente, y sin esconderse, de aquello que hoy resulta imposible no considerar intolerable.

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