Stan Lee. Asombroso, Fantástico, Increíble: Unas memorias maravillosas de Stan Lee y Colleen Doran.

Pocas personas vinculadas al mundo del cómic necesitan menos presentación que Stan Lee. Esta leyenda fue la gran fuerza creativa detrás de Marvel Comics, participando a lo largo de su carrera en la creación de algunos de los héroes más conocidos del mundo y de los villanos más infames. Sus historias añadieron complejidad psicológica y humanidad, con un ingenio y una sutileza nunca antes vistos en un género, el de la lucha del bien contra el mal, excesivamente estereotipado, creando a lo largo de la segunda mitad del siglo XX toda una nueva mitología popular. Si alguien necesitaba que su vida fuera contada en forma de cómic era, sin duda, Stan Lee. Y eso fue precisamente lo que ocurrió en 2015, aprovechando el 75 aniversario de Marvel y cuando el autor ya había cumplido los noventa años. Titulada Stan Lee. Asombroso, Fantástico, Increíble: Unas memorias maravillosas, esta autobiografía gráfica, ilustrada por Colleen Doran, presenta al propio Lee relatando su vida con el mismo entusiasmo inagotable, la misma energía desbordante y el mismo tono juguetón que marcaron durante décadas su figura pública.

A lo largo de sus páginas asistimos al recorrido clásico del sueño americano: desde la infancia humilde de Lee en Manhattan hasta sus primeros trabajos en la editorial de Martin Goodman, pasando por el nacimiento de Marvel y llegando finalmente al gigantesco imperio cinematográfico en el que terminaron convertidos aquellos personajes que empezaron ocupando páginas impresas baratas. La lectura es ágil, simpática y está constantemente atravesada por el humor autoconsciente de Lee, convertido aquí en narrador omnipresente y maestro de ceremonias de su propia leyenda. El problema es que lo que podría haber sido una oportunidad para abrirse con sinceridad al lector termina funcionando, sobre todo, como un mecanismo de autopromoción y perpetuación del mito.

Obviamente, tratándose de unas memorias escritas por el propio Stan Lee, no se puede esperar de ellas un punto de vista verdaderamente objetivo. No hay detrás un gran trabajo de documentación crítica ni un intento de contrastar versiones o reconstruir con precisión histórica el nacimiento de Marvel, algo que sí puede encontrarse, por ejemplo, en las biografías que Julian Voloj dedicó a los creadores de Superman y Batman. Aquí todo está filtrado por la memoria y, sobre todo, por el personaje público que Stan Lee construyó cuidadosamente durante décadas. Y ya sabemos que la memoria suele ser selectiva: idealiza el pasado, suaviza los conflictos y elimina las aristas incómodas. En un libro que lleva por título Asombroso, Fantástico, Increíble: Unas memorias maravillosas esto tampoco debería sorprender demasiado.

Lo curioso es que Lee acaba cayendo precisamente en aquello que trató de evitar en sus superhéroes. Si los personajes de Marvel triunfaron en buena medida porque tenían defectos, inseguridades y contradicciones humanas, el Stan Lee que aparece en estas páginas parece haber perdido casi toda esa humanidad. Más que una persona real, se convierte en una versión idealizada de sí mismo: un showman permanente, una especie de Steve Jobs del cómic que no deja de lanzar chistes, frases ingeniosas y discursos entusiastas mientras el público aplaude. No hay apenas claroscuros. Es como si el Capitán América subiera a un escenario y relatara su origen sin detenerse nunca en las dudas, las contradicciones o las heridas. Todo rebota contra un escudo brillante que impide que los aspectos desagradables lleguen a afectar verdaderamente al relato.

Y, sin embargo, esos aspectos desagradables existieron. Es inevitable pensar en las tensiones creativas que rodearon el nacimiento de Marvel y en las conflictivas relaciones de Lee con figuras fundamentales como Jack Kirby o Steve Ditko. El libro menciona algunos conflictos de pasada, pero evita profundizar en ellos o analizar sus causas reales. Resulta difícil creer que Lee ignorase por completo los motivos que llevaron a Ditko o Kirby a abandonar la editorial profundamente descontentos. Más aún teniendo en cuenta que él era la cara visible de Marvel y una de las figuras con mayor poder creativo dentro de la empresa. Precisamente por eso, se echa en falta un ejercicio de humildad mayor, una voluntad más clara de reconocer hasta qué punto aquellos personajes nacieron también del talento, la imaginación y el trabajo de muchos otros autores.

El retrato de Martin Goodman tampoco ayuda demasiado a escapar de cierto maniqueísmo. El propietario de Timely Comics —y, además, primo político de Lee— aparece descrito casi como un villano empresarial caricaturesco, obsesionado con explotar económicamente el éxito de Marvel. Aunque probablemente hubiera tensiones reales entre ambos, el libro simplifica con frecuencia los matices y prefiere construir personajes fácilmente reconocibles dentro de un relato heroico y optimista.

En el apartado gráfico, el trabajo de Colleen Doran encaja perfectamente con el tono general de la obra. Su estilo flexible, expresivo y ocasionalmente caricaturesco refuerza la dimensión humorística y desenfadada del relato, permitiéndose exageraciones visuales y deformaciones que convierten muchas escenas en pequeñas parodias teatrales. Especialmente interesantes resultan las reproducciones de dibujos clásicos y portadas históricas de Marvel, que funcionan casi como cápsulas de memoria cultural y recuerdan constantemente el enorme impacto que tuvieron aquellos personajes en la imaginación popular del siglo XX.

Al final, más que unas memorias íntimas, Stan Lee. Asombroso, Fantástico, Increíble: Unas memorias maravillosas termina siendo una performance continua. Stan Lee nunca deja de interpretar a Stan Lee. El hombre queda constantemente sepultado bajo el mito, el showman y el relaciones públicas de Marvel. Como prolongación de esa figura pública el libro funciona perfectamente: es entretenido, ligero, carismático y contagiosamente entusiasta. Pero como documento realmente fiable para comprender en profundidad el nacimiento de Marvel o las complejas dinámicas creativas que hubo detrás de aquellos personajes, resulta bastante más limitado. Lo que sí consigue transmitir con claridad es otra cosa: cómo quería verse a sí mismo Stan Lee y, sobre todo, cómo deseaba ser recordado.

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