En las montañas de la montaña de Lovecraft y Culbard.

Escrita en 1931 y publicada en 1936, cuando ya había desarrollado gran parte de su cosmología, En las montañas de la locura se suele considerar una de las cimas de la producción de H. P. Lovecraft y un texto clave para entender los Mitos de Cthulhu. Recordemos que el autor tuvo ciertas dificultades para publicarla. Su longitud hace que se considere más una novela corta que un cuento, lo que explica que fuera rechazada por Weird Tales y que acabara publicándose por entregas en Astounding Stories.

Lo relevante es que Lovecraft estaba intentando una escala narrativa más ambiciosa que la habitual en el mercado pulp. Y es que esta obra representa una expansión formal y conceptual de lo que el escritor venía haciendo hasta ese momento. Si se compara con cuentos como «La llamada de Cthulhu» o «El horror de Dunwich», se aprecia un desplazamiento desde el episodio monstruoso de carácter local hacia una historia profunda sobre el planeta y la vida. En esta historia los Antiguos dejan de ser simples horrores para convertirse en una civilización con biología, arte, tecnología y decadencia propia, lo que añade ambigüedad y complejidad al mito.

Esta obra de Lovecraft, además, se sitúa en la frontera entre el horror, la ciencia ficción y la literatura de expediciones polares. La Antártida, de hecho, no es solo un escenario exótico sino que funciona como espacio de descubrimiento científico y donde cada hallazgo amplía el espanto. Esta hibridación la distingue de muchos cuentos previos centrados en espacios y elementos más habituales como casas malditas, pueblos aislados o manuscritos prohibidos.

Por todo lo dicho anteriormente, la adaptación al formato cómic de En las montañas de la locura es una empresa, de entrada, muy ambiciosa. ¿Sale airoso I.N.J. Culbard de esta atrevida propuesta? Este artista ha conseguido algo que, en principio, no parece precisamente tarea fácil: traducir el denso y complejo lenguaje de Lovecraft a imágenes y hacerlo en una obra que resulta una lectura ligera. En el cómic casi todo el peso de significado recae en la imagen, con composiciones de página que tienen viñetas grandes, frecuentemente tres o cuatro, muy poco cargadas de texto. Es cierto que en algunos momentos hay que dar explicaciones, porque la mitología de Lovecraft no se puede comprender completamente sin esa referencia lingüística, y ahí sí que se hace uso de textos, pero incluso a pesar de eso la lectura es bastante rápida. Tal vez, y ese podría ser uno de los inconvenientes que más se le podrían achacar a este cómic, es que en algunos momentos todo se desarrolle con demasiada velocidad, que Culbard podría haberse recreado más en los detalles, sobre todo en ese horror final, tan de Lovecraft, que va invadiendo al lector. En cualquier caso, aunque tampoco los obvia, Culbard no se recrea con esos horrores, sino que juega más con la sugerencia, con el horror reflejado en las gafas del aviador.

Una de las críticas que he leído hacia este libro es que el estilo de Culbard no acaba de encajar con el tono de Lovecraft. Si comparamos el estilo de Culbard, no tan realista y algo más caricaturesco, con el de, por ejemplo, el Jacen Burrows de Providence, o las adaptaciones de Gou Tanabe, por mencionar algunas de las más icónicas, entiendo bien a lo que se refiere esta crítica. Es como si Lovecraft pidiera más oscuridad. En cualquier caso, la recreación que hace Culbard de la ciudad de los Antiguo, sobre todo en la primera aparición que hace, en una impresionante viñeta a doble página, sí que transmite algo de la inquietud lovecraftiana original.

Como toma de contacto con el universo de Lovecraft En las montañas de la locura es una excelente puerta de entrada y la adaptación de Culbard tiene la ventaja de evitar la espesa y abigarrada prosa de Lovecraft. En ese sentido, es una obra recomendable. Ahora bien, si eres lovecraftiano de corazón, incluso como curiosidad, probablemente se te quede bastante corta.

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