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Pocas historias de espionaje parecen tan inverosímiles como la que inspiró años después la película Argo. Sin embargo, lo más sorprendente es que la realidad resultó incluso más extravagante que la ficción. En pleno caos de la revolución iraní de 1979, la CIA ideó un plan que parecía sacado de una novela de aventuras: crear una productora cinematográfica completamente falsa para sacar del país a seis diplomáticos estadounidenses ocultos en Teherán.

Todo comenzó el 4 de noviembre de 1979, cuando un grupo de estudiantes revolucionarios asaltó la embajada de Estados Unidos en la capital iraní. Decenas de diplomáticos fueron capturados y el mundo siguió durante meses la conocida como crisis de los rehenes de Irán. Sin embargo, seis empleados lograron escapar antes de que el edificio quedara completamente tomado. Durante semanas permanecieron escondidos gracias a la ayuda de diplomáticos canadienses, mientras Washington buscaba desesperadamente una forma de sacarlos del país sin provocar un incidente todavía mayor.

El problema era enorme. Las autoridades iraníes vigilaban aeropuertos, carreteras y edificios diplomáticos. Los estadounidenses no podían simplemente disfrazarse de turistas: cualquier control mínimamente exhaustivo habría descubierto que carecían de un historial de entrada coherente o que sus identidades eran falsas. Hacía falta una historia tan convincente que nadie sintiera la necesidad de investigarla demasiado.

Ahí entró en escena Tony Mendez, un especialista de la CIA dedicado precisamente a crear identidades falsas y a diseñar operaciones de extracción. Su idea fue tan audaz como sencilla: los seis fugitivos serían un equipo canadiense de cine que había viajado a Irán para buscar localizaciones para una película de ciencia ficción. En una época en la que Hollywood rodaba producciones por todo el mundo, la excusa resultaba lo bastante extravagante como para parecer auténtica.

Pero la clave estaba en que la tapadera debía existir también fuera de Irán. No bastaba con imprimir unos pasaportes falsos. Si algún funcionario hacía una llamada telefónica o consultaba alguna publicación especializada, todo debía encajar. Así nació Studio Six Productions, una empresa completamente ficticia que, sin embargo, tenía oficinas, tarjetas de visita, carteles promocionales, anuncios en revistas del sector e incluso un guion cinematográfico listo para enseñar a cualquiera que preguntara.

El proyecto elegido fue una adaptación de una novela de ciencia ficción que nunca llegaría a rodarse. La CIA recuperó aquel material abandonado, cambió el título por Argo y convirtió la película inexistente en una producción aparentemente real. Se alquilaron oficinas en Hollywood, se instalaron teléfonos atendidos por colaboradores de la operación y se publicaron anuncios en medios especializados como Variety y The Hollywood Reporter. La ilusión fue tan convincente que productores, actores y guionistas comenzaron a llamar interesados en participar en una película que, naturalmente, jamás iba a existir.

Mientras tanto, en Teherán, los seis estadounidenses estudiaban sus nuevos personajes. Cada uno debía conocer su profesión dentro del supuesto equipo de rodaje, su trayectoria y hasta los detalles del argumento de la película. No se trataba solo de llevar un pasaporte falso: había que actuar con naturalidad si surgían preguntas incómodas.

El día de la operación todos acudieron al aeropuerto caracterizados como miembros de un extravagante equipo cinematográfico. Algunos modificaron su aspecto, otros llevaron carpetas con ilustraciones del supuesto proyecto o material técnico propio de un rodaje. La tensión era enorme. Tres de ellos habían trabajado precisamente expidiendo visados en la embajada estadounidense, por lo que existía la posibilidad de que algún ciudadano iraní los reconociera.

Finalmente llegó el momento decisivo: los controles de inmigración. El plan dependía de que los funcionarios aceptaran la historia sin profundizar demasiado en la documentación. Durante unos interminables minutos, uno de los agentes examinó los pasaportes y se alejó con ellos. Cualquier irregularidad podía significar el arresto inmediato y, probablemente, poner en peligro también a los rehenes que seguían retenidos en la embajada. Sin embargo, el funcionario regresó poco después, estampó los documentos y permitió que el supuesto equipo de cine embarcara en su vuelo.

La operación permaneció en secreto durante muchos años. Solo cuando se desclasificaron los documentos pudo conocerse el alcance de aquella insólita misión y el papel fundamental desempeñado por Canadá, cuyos diplomáticos arriesgaron considerablemente su seguridad al esconder a los estadounidenses durante casi tres meses. La historia acabaría inspirando el artículo de WIRED publicado en 2007 y, posteriormente, la película Argo, ganadora del Óscar a la mejor película en 2013.

Quizá la enseñanza más curiosa de toda esta historia sea que, en ocasiones, el mejor disfraz no consiste en ocultarse, sino en llamar la atención de la manera adecuada. En un mundo acostumbrado a sospechar de espías y diplomáticos, nadie esperaba que un grupo de extravagantes cineastas de ciencia ficción pudiera cruzar tranquilamente un aeropuerto. Y precisamente por eso funcionó.

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