El perfume suele asociarse al lujo, la seducción o la expresión de la personalidad. Sin embargo, durante buena parte del siglo XX existió un lugar donde un frasco de colonia tenía un significado muy diferente. En la Unión Soviética, las fragancias dejaron de ser un simple artículo de belleza para convertirse en una herramienta ideológica, un símbolo de modernidad y una demostración del poder industrial del Estado. La historia de la perfumería soviética es, en realidad, una forma muy peculiar de recorrer la historia de la propia URSS. Basado en el artículo de Essencional de Karen Marin.

Tras la Revolución de 1917 y la posterior guerra civil, la producción de perfumes prácticamente desapareció. Las fábricas fueron reconvertidas para fabricar jabón y otros productos de higiene considerados mucho más útiles para la población. En aquellos primeros años, las nuevas autoridades veían los perfumes como un vestigio del lujo burgués que había que dejar atrás. No obstante, la situación cambió con la introducción de la Nueva Política Económica (NEP) impulsada por Lenin en la década de 1920, cuando la industria comenzó a recuperarse bajo un estricto control estatal.

La diferencia con Occidente era profunda. Mientras en Francia o el Reino Unido las casas perfumistas competían por crear fragancias exclusivas capaces de reflejar la personalidad de quien las llevaba, en la Unión Soviética el Estado decidía qué perfumes debían fabricarse, cómo debían oler e incluso qué mensaje debían transmitir. El objetivo no era fomentar la individualidad, sino producir aromas agradables, sencillos y accesibles para toda la población. Llevar perfume significaba presentarse limpio, cuidado y acorde con el ideal del «ciudadano soviético», más que destacar entre los demás.

Una de las organizaciones clave en este proceso fue TeZhe, el enorme conglomerado estatal dedicado a fabricar cosméticos, productos de higiene y perfumes. Bajo la dirección de Polina Zhemchúzhina, la industria puso un gran énfasis en la investigación científica. Químicos y especialistas desarrollaron fórmulas que combinaban ingredientes naturales y sintéticos, convencidos de que la perfumería también podía representar el avance tecnológico del país. A mediados de la década de 1930 ya existían más de un centenar de fragancias distintas producidas por la industria soviética.

La propaganda también impregnó los nombres y el diseño de los productos. Algunos perfumes recibían denominaciones como Héroe del Norte o Victoria del Koljós, mientras que otros hacían referencia a flores cultivadas dentro del propio país, como jazmín, lirio o lavanda. Incluso los envases abandonaron los estilos decorativos anteriores a la Revolución para adoptar influencias del constructivismo, el art déco y la estética de la nueva sociedad socialista.

Entre todas las fragancias soviéticas hubo una que alcanzó un estatus casi legendario: Krasnaya Moskva, conocida en español como Moscú Rojo. Lanzada en 1925, combinaba notas florales de jazmín, rosa y lirio de los valles, y acabó convirtiéndose en uno de los perfumes más emblemáticos del bloque soviético. Para muchas mujeres era un regalo reservado para ocasiones especiales, especialmente el Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo, cuando era habitual que maridos o novios obsequiaran un frasco de perfume. Décadas después de la desaparición de la URSS, Moscú Rojo sigue fabricándose y continúa siendo un objeto de culto para coleccionistas y nostálgicos.

Otro producto muy conocido fue Troynoy o «Triple Colonia», una fragancia asociada incluso a Stalin según algunas historias populares. Su fama no se debía únicamente al aroma. Se trataba de un producto extraordinariamente versátil: servía como colonia, loción para después del afeitado, desinfectante e incluso, en épocas de escasez, algunas personas llegaron a consumirlo como bebida alcohólica debido a su elevado contenido en alcohol. Era uno de esos artículos que ilustraban perfectamente la capacidad soviética para encontrar múltiples usos a un mismo producto.

Tras la Segunda Guerra Mundial llegó la considerada por algunos historiadores como la edad de oro de la perfumería soviética. Durante las décadas de 1950 y 1960, coincidiendo con el llamado «Deshielo» de Nikita Jrushchov, aumentó la producción y se produjo una cierta apertura cultural. La visita de exposiciones estadounidenses a Moscú o los desfiles de Christian Dior despertaron el interés por la moda internacional, al tiempo que las fábricas soviéticas ampliaban su catálogo de fragancias. En 1965, la producción total de perfumes y colonias alcanzaba cifras superiores a las de muchos países occidentales.

Sin embargo, la abundancia sobre el papel no siempre coincidía con la experiencia cotidiana. Durante las décadas de 1970 y 1980, la economía soviética sufrió un deterioro progresivo. Las colas para adquirir productos básicos eran habituales y conseguir un buen perfume dependía muchas veces de los contactos personales o de quienes viajaban al extranjero. Las fragancias francesas como Chanel Nº5, Climat de Lancôme o L’Air du Temps de Nina Ricci adquirieron un aura casi mítica, aunque su precio podía equivaler a una parte muy importante del salario mensual de un trabajador soviético.

Los testimonios recogidos por la autora del artículo muestran cómo esos perfumes formaban parte de la memoria familiar. Muchas personas recuerdan los frascos de Moscú Rojo sobre el tocador de sus abuelas, reservados para bodas, celebraciones o fiestas importantes. Otros evocan la emoción de conseguir un perfume extranjero gracias a un marinero, un familiar que viajaba o algún conocido con acceso a tiendas especiales. En una economía donde casi todo escaseaba, un simple frasco de perfume podía convertirse en un pequeño tesoro.

Con la caída de la Unión Soviética, el mercado se llenó rápidamente de marcas internacionales y muchos de aquellos perfumes desaparecieron de la vida cotidiana. Sin embargo, en los últimos años se ha producido un inesperado renacimiento. Coleccionistas, historiadores del perfume y antiguos ciudadanos soviéticos buscan las fragancias clásicas, restauran envases antiguos y mantienen vivas marcas históricas como Novaya Zarya. Más allá de su calidad olfativa, estos perfumes representan un pedazo de historia: el recuerdo de una época en la que incluso algo tan íntimo como el aroma que una persona llevaba estaba profundamente condicionado por la política, la economía y la ideología de todo un sistema.

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