El final de la Guerra Civil y la victoria del bando llamado nacional supusieron una transformación radical de la sociedad española en todos los ámbitos, y muy especialmente en uno tan fundamental como el de la libertad de expresión. Dentro del nuevo régimen, la censura se convirtió en uno de los principales instrumentos coercitivos para limitar la difusión de la información, la opinión y el pensamiento. Los periódicos y las emisoras de radio quedaron sometidos a normas estrictas sobre aquello que podían publicar o emitir y, en determinados momentos, sus contenidos eran revisados antes de llegar al público. En el cine se cortaban escenas de películas tanto nacionales como extranjeras y algunas obras directamente no llegaban a estrenarse; en la literatura se retiraban libros considerados contrarios a la doctrina del nacionalcatolicismo y, en los casos más extremos, llegaron a ser destruidos o quemados. La censura, en definitiva, no fue un elemento accesorio del franquismo, sino uno de los mecanismos fundamentales mediante los que el régimen trató de controlar la realidad que llegaba a los ciudadanos.
Sin embargo, frente a la atención que han recibido los efectos de la censura franquista en ámbitos como el cine, la radio, la prensa o la literatura, resulta llamativa la escasez de estudios dedicados a sus consecuencias en el mundo de los tebeos. Y eso supone una carencia importante para comprender la historia cultural de la España del siglo XX. Durante buena parte de este periodo, los tebeos constituyeron una de las principales formas de ocio de la infancia y la juventud, hasta el punto de que generaciones enteras crecieron acompañadas por sus personajes, sus historietas y sus publicaciones. Para suplir ese vacío, Vicent Sanchis publicó Tebeos mutilados. La censura franquista contra Editorial Bruguera, un ensayo que se adentra en los mecanismos mediante los que el régimen trató de controlar un medio de comunicación que, durante demasiado tiempo, ha sido considerado poco más que un entretenimiento infantil.
Ya desde el subtítulo queda claro que Sanchis delimita su objeto de estudio: la censura ejercida sobre Editorial Bruguera. No podía ser de otra manera. Durante buena parte del siglo XX, hablar de tebeos en España era, sobre todo, hablar de Bruguera. La editorial se convirtió durante décadas en el gran referente de la historieta infantil y juvenil española y llegó a ejercer una posición casi monopolística dentro del sector. Sus publicaciones alcanzaron tiradas enormes y sus personajes se instalaron en el imaginario colectivo de varias generaciones. Por eso, estudiar cómo funcionó la censura sobre Bruguera equivale también, en buena medida, a estudiar cómo la dictadura trató de intervenir sobre una parte fundamental de la cultura popular española.
Para entender ese funcionamiento, Sanchis no se limita a enumerar prohibiciones, tachaduras o modificaciones. Antes de llegar a ellas realiza un exhaustivo recorrido por la evolución política, social y económica del franquismo, algo imprescindible para comprender que la censura no permaneció inalterable durante las más de tres décadas de dictadura. Aunque desde nuestra perspectiva pueda parecer un mecanismo homogéneo, férreamente establecido desde el principio y mantenido sin cambios hasta la muerte de Franco, la realidad fue bastante más compleja. La intensidad y los criterios de la censura estuvieron condicionados por la propia evolución del régimen y también por las circunstancias internacionales.
La censura de los primeros años de posguerra fue especialmente férrea, pero el franquismo tuvo que modificar su estrategia después de la Segunda Guerra Mundial. España había mantenido oficialmente una posición de neutralidad, pero la identificación del régimen con las potencias del Eje podía convertirse en un problema cuando estas fueron derrotadas. Franco tuvo entonces que cuidar especialmente la imagen internacional de España y buscar nuevos aliados. La germanofilia de los primeros años fue dejando paso a la presentación del régimen como un baluarte contra el comunismo, mientras el nacionalcatolicismo adquiría todavía mayor protagonismo como uno de sus principales pilares ideológicos. Estos cambios también tuvieron consecuencias sobre la censura. Los organismos encargados de ejercerla no fueron siempre los mismos, ni tampoco permanecieron inalterables sus criterios, aunque en lo esencial existiera una coincidencia absoluta en el propósito de controlar aquello que podía llegar a los ciudadanos.
Esta evolución generó además contradicciones que hoy resultan especialmente reveladoras. Sanchis muestra cómo los criterios podían variar dependiendo del momento, del organismo encargado de revisar una publicación o incluso del lugar en el que se ejercía la censura. Los censores de Barcelona, por ejemplo, podían mostrarse más laxos que los de Madrid y permitir en una revista determinados contenidos que después planteaban problemas cuando se pretendía recopilarlos en forma de álbum. También podía ocurrir que una escena publicada durante los años cincuenta pasara inadvertida porque los tebeos todavía no eran considerados por las autoridades un medio suficientemente importante como para dedicarles una atención excesiva y que, años después, ese mismo contenido resultara inadmisible. La censura no siempre obedecía, por tanto, a un sistema perfectamente coherente: sus contradicciones forman parte también de su historia.
El panorama cambiaría especialmente a mediados y finales de los años sesenta, cuando los tebeos comenzaron a recibir una atención mucho más severa. España tuvo entonces su particular versión de Fredric Wertham, el psiquiatra estadounidense que había convertido los cómics en uno de los grandes enemigos de la infancia con La seducción de los inocentes. En nuestro país, el padre Jesús María Vázquez desarrolló una campaña contra los medios dirigidos a niños y jóvenes y publicó, entre otras obras, La prensa infantil en España, Los dibujos animados en televisión y Los niños y la televisión. El resultado fue parecido al de la cruzada emprendida por Wertham en Estados Unidos: se empezó a considerar que cualquier elemento potencialmente peligroso para la infancia debía ser eliminado de estas publicaciones.
Una de las principales víctimas de esta nueva etapa fueron los cuadernos de aventuras. ¿Cómo contar una historia de aventuras si la violencia debe desaparecer prácticamente por completo? ¿Cómo construir un héroe enfrentado a villanos si los personajes malvados, las peleas y cualquier atisbo de violencia son considerados perjudiciales para los niños? En el capítulo que Sanchis titula significativamente «Los asesinos del Capitán Trueno», se explica cómo las historias que ya presentaban una violencia extraordinariamente suavizada fueron sometidas a nuevas modificaciones en sus reediciones hasta alcanzar un grado de edulcoración que, en ocasiones, las hacía prácticamente absurdas. El Capitán Trueno y El Corsario de Hierro fueron algunas de las grandes víctimas de este proceso, que contribuyó a la progresiva desaparición de un determinado tipo de cómic realista. Y no solo hablamos de aventuras: las historias de terror, misterio o romance también tuvieron que enfrentarse a unos criterios censorios cada vez más restrictivos.
El humor tampoco salió indemne. Son conocidas las circunstancias que llevaron a Escobar a abandonar Doña Tula, suegra, porque el personaje ofrecía una representación de las relaciones entre suegra y yerno que podía romper la armonía familiar; o el caso de Ibáñez, obligado a sustituir al científico loco de 13 Rue del Percebe por un sastre porque, según el criterio censor, solo Dios podía crear vida. También Vázquez tuvo que recurrir cada vez con mayor frecuencia a las salidas al campo como tema para Las hermanas Gilda, ya que la búsqueda de novio no parecía un asunto apropiado para los niños. Y en las series de carácter familiar, las relaciones entre padres e hijos llegaron a transformarse en relaciones entre hermanos, tíos y sobrinos para evitar cualquier representación que pudiera considerarse contraria a la sagrada institución de la familia.
Son solo algunos de los ejemplos más conocidos de una intervención que llegó a afectar a aspectos aparentemente insignificantes de las historietas. Pero quizá lo más interesante del libro no sea únicamente comprobar qué se prohibió, sino entender cómo la censura terminó transformándose en autocensura. Cuando los autores conocían de antemano aquello que podía provocar problemas, no necesitaban esperar a que un censor señalara una viñeta: aprendían a evitarla. Poco a poco, los propios creadores fueron edulcorando sus historias y personajes para adaptarlos a aquello que sabían que podía publicarse. La censura dejaba así de actuar exclusivamente desde fuera para instalarse también en el proceso creativo.
Y aquí es donde Tebeos mutilados adquiere una dimensión especialmente interesante. Porque esa autocensura no solo condicionó historias concretas, sino que terminó influyendo en la evolución de lo que hoy conocemos como Escuela Bruguera. Basta comparar las primeras historias de Zipi y Zape con las que encontramos décadas después. En aquellas historietas primigenias, como sucede con buena parte de las producidas a finales de los cuarenta, los gemelos incurren continuamente en comportamientos que hoy consideraríamos políticamente incorrectos y sus travesuras terminan con frecuencia en castigos físicos de una dureza considerable por parte de su padre. Con el tiempo, aquellas torturas fueron sustituyéndose por algo mucho más inocuo: una breve estancia en el cuarto de los ratones.
Ese proceso de infantilización progresiva de personajes y tramas tuvo, a mi juicio, consecuencias importantes sobre el propio tebeo de Bruguera. A medida que las restricciones aumentaban, las revistas fueron perdiendo parte de la variedad que había caracterizado sus primeros años. Los personajes comenzaron a parecerse cada vez más entre sí, las situaciones se repitieron con mayor frecuencia y las posibilidades argumentales fueron reduciéndose. La censura no explica por sí sola la evolución de las publicaciones de Bruguera, pero resulta difícil ignorar el peso que tuvo en ella. Lo que inicialmente podía ser una decisión concreta para salvar una historieta de la prohibición terminó convirtiéndose, con el paso de los años, en una forma de construir personajes y de contar historias.
Y ese es, precisamente, uno de los mayores méritos de Tebeos mutilados: mostrar que la censura no fue simplemente un elemento externo y coercitivo que ocasionalmente intervenía sobre los tebeos, sino uno de los factores que contribuyeron a determinar su propia evolución. La censura forma parte de la historia de los tebeos de Bruguera y, por extensión, de toda una época de la cultura popular española. Comprenderla permite entender mejor por qué determinados personajes desaparecieron, por qué determinadas historias dejaron de ser posibles y por qué otras terminaron adoptando las características que hoy asociamos inmediatamente con el universo Bruguera.
Para demostrarlo, Sanchis recurre a una documentación que constituye probablemente uno de los grandes valores del ensayo. El autor analiza y reproduce documentos reales que permiten contemplar directamente el funcionamiento de los mecanismos censorios, las observaciones de los censores y las modificaciones que se exigían a las publicaciones. No se trata, sin embargo, de una documentación abundante en el sentido estricto del término. El propio Sanchis recuerda que buena parte de los documentos fueron destruidos, lo que hace todavía más valiosos los expedientes que han sobrevivido. Son testimonios fundamentales para reconstruir los vericuetos de un mecanismo que durante décadas decidió qué podían leer los niños españoles.
Al final, lo que queda después de leer Tebeos mutilados es la sensación de que detrás de muchas de aquellas historietas aparentemente inocentes había una batalla mucho más profunda. Una batalla por determinar qué podía ver, leer, imaginar y aprender una generación entera. Los tebeos eran uno de los principales entretenimientos de la infancia española y, precisamente por eso, acabaron convirtiéndose también en un territorio que el régimen consideró necesario controlar. Las tijeras del censor no se limitaron a cortar viñetas: fueron modificando personajes, argumentos, relaciones familiares, formas de entender la violencia e incluso las posibilidades creativas de los autores. En algunos casos llegaron a provocar la desaparición de personajes que habían sido pilares esenciales de la cultura popular. Por eso, más que un libro sobre viñetas tachadas o escenas modificadas, Tebeos mutilados es un libro sobre cómo una dictadura intentó decidir los límites de la imaginación de varias generaciones.

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