Imagina esto: dos artistas rusos—Vitaly Komar y Alexander Melamid—emigran a Estados Unidos en los años 70, tras haber sido figuras destacadas de la disidente vanguardia soviética. Entonces, en los años 90, se proponen responder una gran pregunta con un método muy poco artístico: encuestan a más de mil estadounidenses sobre sus preferencias estéticas. ¿Color favorito? (azul, 44 %). ¿Escenario preferible? (paisajes al aire libre, 49 %). ¿Tamaño? (grande, tipo lavavajillas, 60 %).
Con esos datos, crean dos pinturas: “la más deseada por el público” y “la menos deseada”. ¿El resultado más “popular”? Un paisaje azul estilo Hudson River School mezclado con una estética de Thomas Kinkade. Hay tres figuras caminando, ciervos que flotan sobre el agua, e incluso… George Washington, retratado de forma tan estrafalaria que un espectador lo comparó con una obra para vender en Kmart: “tan aburrido, tan predecible”.
Por otro lado, la pintura “más indeseada” es una abstracción geométrica con formas triangulares ostentosamente irrelevantes—descrita por un crítico como “parecidísima al linóleo viejo que hay bajo la estufa—pero más naranja”.
La ironía estaba servida: el proyecto—bautizado “The People’s Choice”—no era solo una curiosidad; era una sátira elegante sobre la idea de democratizar el arte, sobre la tensión entre lo que el pueblo “quiere” y lo que los artistas pueden ofrecer. Komar señalaba que el proyecto surgió de una experiencia básica: una misma exposición generando respuestas opuestas entre la gente.
Posteriormente, llevaron su experimento a lo global: con apoyo de la Dia Art Foundation, realizaron encuestas en más de una docena de países (incluidos Rusia, China, Kenia). ¿La conclusión? La preferencia por paisajes azules idílicos fue casi universal.
Este experimento desembocó también en música: con encuestas similares definieron la “canción más deseada” (una balada R&B) y la “más indeseada” (un caos posmoderno con acordeones, ópera rap y música cowboy)—una especie de “obra Frankenstein” musical.
En definitiva, Komar & Melamid lograron algo más profundo que exhibir simples paisajes; expusieron, con humor y rigor, nuestro deseo colectivo, y lo ridículo que puede ponerse cuando lo plasmamos como arte. También nos dejaron pensando en cuánto de lo que consumimos viene de encuestas, del “qué se vende” y no de lo que transforma.


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