Uno de los mejores abogados de Grecia en 1958 tenía una forma insólita de estudiar: leía Braille con la lengua. Sus dedos estaban tan dañados por la metralla de una mina alemana que no podían distinguir los puntos en relieve. Así que, en secreto, se entrenó noche tras noche hasta lograr lo que parecía imposible: pasar la lengua sobre las páginas y traducir cada signo en palabras que luego repetía de memoria. Nadie le creyó al principio, hasta que en clase recitó enteros los textos que supuestamente no podía leer. Ese ingenio, unido a una voluntad inquebrantable, fue lo que convirtió a Evangelos Georgakakis, un pastor cretense ciego y manco, en el jurista más brillante de su promoción y en asesor legal del propio Estado griego.

Su historia empieza en Koustogerako, un diminuto pueblo de montaña en Creta donde apenas vivían cuarenta familias. Allí nació en 1934, hijo de Petros y Sophia, y desde niño ayudaba a su padre con el rebaño. La escuela del pueblo cerró en 1941 con la ocupación nazi, y Georgakakis apenas alcanzó a completar el tercer grado. A los diez años, el 28 de febrero de 1944, su vida cambió para siempre: mientras perseguía un conejo, pisó una mina alemana. La explosión lo dejó ciego, le arrancó la mano derecha y le llenó el cuerpo de metralla. Los aldeanos lo cargaron en un burro hasta la carretera más próxima y de allí lo enviaron en un camión militar a un hospital de Chanea, donde pasó meses sometido a operaciones que le salvaron la vida, pero le arrebataron el futuro que parecía tener.

Cuando regresó a su aldea, era un niño ciego y manco, con un solo dedo sensible en la mano izquierda. La mayoría lo habría dado por perdido. Él, en cambio, se empeñó en sobrevivir con astucia: aprendió a escribir en una máquina portátil con ese único dedo, a atarse los cordones con los dientes, a fabricar cepillos y cestos, a reparar sillas de enea. Y sobre todo, se empeñó en estudiar. Ingresó en una institución para ciegos en Atenas, donde perfeccionó su inusual método de leer Braille con la lengua. De allí salió decidido a abrirse paso en la educación, pese a que la legislación de la época apenas contemplaba esa posibilidad.

En 1952, una nueva ley permitió a los ciegos acceder a la enseñanza secundaria si superaban los exámenes. Georgakakis fue uno de los primeros en aprovecharla. Con la ayuda de amigos que le grababan lecciones en cintas, memorizó unas 60.000 páginas de derecho, una cifra que suena exagerada pero que quienes lo conocieron confirman con admiración. Lo suyo era escuchar, repetir y almacenar en una memoria que parecía inagotable.

En 1958 rompió otra barrera: se convirtió en el primer estudiante ciego admitido en la Facultad de Derecho de la Universidad de Atenas. Como no podía rendir exámenes escritos, se le permitió hacerlo de forma oral, una medida inédita que abrió camino a otros. Ese mismo año, entre dos mil aspirantes a Derecho, solo se aceptaron seiscientos, y Georgakakis quedó en quinto lugar. Cada año su nombre figuraba en las listas de honor, hasta que en el examen final para ingresar en el colegio de abogados obtuvo el primer puesto entre 333 candidatos, tras exponer y defender un caso ante jueces del Supremo.

El pastor ciego de Creta ya no era un joven marginal que sobrevivía haciendo cestos: era un abogado brillante, respaldado por los más altos magistrados del país. El Tribunal Supremo recomendó su nombramiento como asesor legal, una decisión que contó con el apoyo de ministros, presidentes de cámaras de comercio y altas autoridades judiciales. Su ascenso fue un símbolo en un país que aún intentaba cicatrizar las heridas de la guerra.

La historia de Evangelos Georgakakis encarna la lucha contra la adversidad en su forma más extrema. No podía ver, apenas podía escribir, y ni siquiera tenía la sensibilidad necesaria en las manos para leer Braille. Y sin embargo, encontró la manera. Con un solo dedo y la lengua, conquistó lo que parecía inaccesible: el conocimiento, la universidad, el derecho, el reconocimiento público.

Quizá por eso su vida se sigue recordando como una de esas hazañas que superan la frontera entre lo real y lo legendario. Porque no todos los días aparece un hombre que, literalmente, se abrió camino leyendo con la lengua.

Fuentes: Time y Time.

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