«No veo ninguna razón», declaró una vez el difunto senador Harry Reid, demócrata por Nevada, en el Senado, «por la que quienes en este país disfrutan del té necesiten que alguien más les diga qué es lo que les gusta». Sin embargo, durante casi un siglo eso fue exactamente lo que hizo el gobierno de Estados Unidos, gracias a una de las agencias más extrañas que jamás haya formado parte de su burocracia federal.
Además de las regulaciones habituales sobre bebidas, destinadas a garantizar un almacenamiento adecuado y una manipulación segura, el té importado tuvo que pasar durante décadas una prueba de sabor literal antes de poder venderse en Estados Unidos. Preocupados por el hecho de que los exportadores británicos de té se aprovecharan de sus clientes estadounidenses, el Congreso aprobó la Ley de Importación de Té en 1897. Esta ley creó una comisión federal encargada de garantizar la calidad del suministro nacional de té. La tarea recaía en un grupo de funcionarios designados por la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA), quienes se reunían anualmente en un almacén naval reformado en Brooklyn para oler, sorber, saborear y escupir diversos tipos de tés. Era la Junta Federal de Expertos en Té.
Los miembros de la junta cataban docenas de tés a lo largo de varios días. El proceso era más un arte que una ciencia. Según parece, no existía un único método para la cata. Algunos miembros de la junta trabajaban en silencio, mientras que otros sorbían el té o hacían gárgaras ruidosamente. Algunos preferían probar el té caliente; otros lo dejaban enfriar primero. El almacén donde se reunían estaba equipado con imágenes de veleros antiguos, un fregadero, varias teteras para hervir agua, y cajas y más cajas de té. El problema era que, desde el principio, los estándares de la junta parecen haber estado bastante abiertos a la interpretación. Cuando se aprobó la Ley de Importación de Té, simplemente decía «que el té debía ser rechazado si no era apto», pero claro, «no apto» al final tenía un significado diferente para cada persona.
Con el tiempo, se establecieron estándares de cata para los diferentes tipos de té importado y condiciones que debían cumplir para ser aprobados para su venta legal. El té se convirtió en el único alimento o bebida para el cual se comprobaba cada lote al ingresar para compararlo con el estándar recomendado por la junta federal. Pero la reunión anual de catadores de té no tenía como objetivo identificar los mejores tés ni establecer estándares particularmente altos para lo que se permitiría ingresar al país. Lo que hacían, más bien, era seleccionar los peores que se podían beber y luego usar esos estándares como base para lo que se permitiría ingresar al país durante el resto del año. Una entidad independiente pero relacionada, la Junta de Apelaciones del Té, garantizaba el debido proceso para cualquier persona perjudicada por las opiniones de los catadores. Ahora bien, si la junta protegía a los consumidores, no parece protegerlos de mucho, ya que solo se rechazaba menos de un 1% de los tés presentados para su aprobación anual.
Tal vez hubiera razones legítimas para preocuparse por la calidad del té que se importaba a Estados Unidos cuando se creó la junta, pero fue la industria privada, y no el gobierno, quien solucionó el problema. Las marcas se convirtieron en un mecanismo de autorregulación fundamental en los mercados, mejorando la confianza y la rendición de cuentas, mientras que con productores anónimos podías esperarte cualquier cosa.
El caso es que a mediados del siglo XX, la autorregulación privada había resuelto el problema que se suponía que debía solucionar la Junta de Expertos en Té. Pero los programas gubernamentales no desaparecen de forma inmediata cuando se vuelven obsoletos. Cuando Reid expresó su objeción a la junta del té en 1995, la agencia había conseguido sobrevivir a dos décadas de intentos por cerrarla. El Congreso finalmente puso fin a la supervisión de la junta sobre las importaciones de té un año después, pero la Junta Federal de Expertos en Té técnicamente siguió existiendo durante 27 años más. De hecho, no se disolvió oficialmente hasta el 19 de septiembre de 2023.
La extraña historia y la sorprendente longevidad de la junta federal de cata de té muestra la dificultad para cancelar ciertas iniciativas gubernamentales. Si se necesitaron casi 50 años para deshacerse de algo tan inútil e insignificante como una Junta de Expertos en Té, ¿cómo esperar que se eliminen entidades gubernamentales más grandes y respaldadas por intereses más poderosos? Es por eso que la historia de la Junta de Expertos en Té es una advertencia sobre la persistencia de las malas ideas y sobre la dificultad para recortar el poder del Estado. «Esta es la razón por la que la gente está molesta con el gobierno», dijo Reid en su discurso ante el Senado en 1995. «¡Qué desperdicio de dinero de los contribuyentes es que gasten 200.000 dólares al año en enjuagarse la boca con té!».
Fuente: Reason.

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