
Imagen vía Depositphotos.
Hay algo paradójico en que, precisamente cuando la tecnología permite generar una imagen en cuestión de segundos, cada vez más personas estén descubriendo el placer de sentarse delante de un lienzo, preparar una paleta y pintar lentamente lo que tienen delante. No se trata únicamente de una moda estética ni de una fascinación repentina por los artistas del pasado. El auge de la pintura al aire libre, el dibujo del natural y otras prácticas artísticas tradicionales parece responder a una necesidad más profunda: recuperar una relación más directa con las cosas en un momento en el que buena parte de nuestra experiencia cotidiana está mediada por pantallas, algoritmos y procesos automáticos.
La pintura al aire libre, conocida como plein air, resulta especialmente significativa porque obliga a hacer algo que cada vez hacemos menos: permanecer en un lugar y prestar atención. El artista no trabaja a partir de una fotografía perfectamente controlada, sino frente a un paisaje que cambia mientras intenta representarlo. La luz se modifica, aparece una persona, pasa un coche, cambia el viento o simplemente se hace de noche. Cada una de esas circunstancias introduce un elemento de incertidumbre que no puede eliminarse. Pintar consiste, en buena medida, en tomar decisiones continuamente.
Ahí aparece una de las claves para entender por qué estas prácticas pueden resultar especialmente atractivas en la era de la inteligencia artificial. La tecnología contemporánea está extraordinariamente bien preparada para eliminar obstáculos. Podemos obtener una fotografía sin aprender fotografía, generar una ilustración sin saber dibujar o pedir a una inteligencia artificial que produzca en segundos algo que antes habría requerido horas de trabajo. El resultado puede ser espectacular, pero precisamente por eso aparece una diferencia importante entre obtener algo y hacer algo.
Durante mucho tiempo hemos entendido el progreso como una sucesión de herramientas capaces de ahorrarnos trabajo. Y, en términos prácticos, eso ha sido extraordinariamente beneficioso. Una máquina de escribir fue sustituida por un procesador de textos; una cámara digital permitió prescindir de buena parte del proceso químico de la fotografía; los buscadores hicieron innecesario memorizar enormes cantidades de información. La inteligencia artificial está llevando esa lógica mucho más lejos: empieza a automatizar no solo tareas mecánicas, sino también actividades que tradicionalmente asociábamos con la creatividad.
Eso modifica nuestra relación con el esfuerzo. Cuando una máquina puede producir el resultado por nosotros, el esfuerzo deja de ser simplemente un obstáculo que queremos eliminar y puede convertirse en parte del atractivo de la actividad. Aprender a dibujar, tocar un instrumento, cocinar desde cero o pintar un paisaje no tiene demasiado sentido si el único objetivo es conseguir el producto final de la manera más rápida posible. Pero quizá nunca se trató exclusivamente de conseguir el producto final.
Un cuadro hecho a mano contiene algo que no aparece necesariamente en su aspecto exterior: el tiempo que ha sido necesario para hacerlo. Cada pincelada implica una decisión, incluso cuando el resultado es imperfecto. El artista observa, prueba, se equivoca, corrige y vuelve a intentarlo. La obra registra, de alguna manera, ese proceso. Por eso dibujar del natural no es simplemente reproducir lo que tenemos delante. Es aprender a mirar. La propia dificultad de convertir una experiencia tridimensional y cambiante en unas pocas líneas sobre un papel obliga a prestar atención a detalles que normalmente pasarían inadvertidos.
La inteligencia artificial introduce una paradoja particularmente interesante. Cuanto más fácil resulta fabricar imágenes convincentes, más valor puede adquirir aquello que demuestra que detrás de una imagen hubo una persona que estuvo allí. En una imagen generada automáticamente podemos ver el resultado, pero no necesariamente el proceso que lo produjo. En cambio, un dibujo hecho del natural conserva las huellas de las decisiones de quien lo realizó. No es solamente una representación de un árbol, una persona o una calle: es también el testimonio de que alguien estuvo observando ese árbol, esa persona o esa calle durante un determinado periodo de tiempo.
Algo parecido ocurrió durante la Revolución Industrial. La industrialización permitió fabricar objetos con una rapidez y una uniformidad imposibles de alcanzar mediante el trabajo artesanal. Y, precisamente entonces, surgieron movimientos que reivindicaron los objetos hechos a mano. El movimiento Arts and Crafts reaccionó contra la producción industrial defendiendo el valor del trabajo artesanal y cuestionando una sociedad en la que los objetos podían convertirse en mercancías producidas en serie.
La comparación con el presente resulta inevitable, aunque conviene no exagerarla. La inteligencia artificial no es simplemente una nueva máquina industrial y nuestra época no reproduce exactamente las circunstancias del siglo XIX. Pero existe una semejanza fundamental: en ambos casos una tecnología altera de manera radical la relación entre las personas y aquello que producen. Cuando una actividad que antes requería conocimientos y tiempo puede automatizarse, surge la pregunta de qué valor conserva hacerla manualmente.
La respuesta puede estar precisamente en aquello que la automatización intenta eliminar: el proceso. Una persona que dedica dos horas a pintar un paisaje no necesita hacerlo porque sea la manera más eficiente de obtener una imagen de ese paisaje. Si ese fuera el objetivo, probablemente utilizaría una cámara. Lo hace porque esas dos horas son parte de la experiencia que busca. El valor no está únicamente en el cuadro terminado, sino en haber pasado dos horas mirando, mezclando colores, tomando decisiones y estando físicamente en un lugar.
Esto ayuda a explicar también el atractivo contemporáneo de actividades aparentemente poco eficientes. Revelar fotografías con procesos analógicos, escribir a mano, utilizar cámaras antiguas, fabricar objetos, dibujar, cocinar recetas laboriosas o aprender técnicas artesanales pueden parecer comportamientos nostálgicos, pero no necesariamente responden al deseo de regresar al pasado. En muchos casos representan una forma de recuperar algo que la eficiencia tecnológica ha hecho menos frecuente: la sensación de participación.
Vivimos además en un entorno caracterizado por una enorme cantidad de estímulos. Podemos consumir noticias, vídeos, fotografías, música y conversaciones prácticamente sin interrupción. El problema no es la falta de experiencias, sino que muchas de ellas consisten en recibir contenido. Deslizamos el dedo, observamos, reaccionamos y continuamos. La actividad artística manual invierte esa relación: en lugar de consumir una imagen, tenemos que construirla. En lugar de desplazarnos inmediatamente hacia la siguiente cosa, permanecemos durante un tiempo ante la misma.
Por eso quizá resulte significativo que las redes sociales, que parecen representar exactamente lo contrario de esta tendencia, también hayan contribuido a popularizarla. Los vídeos de personas pintando al aire libre, dibujando o mostrando sus procesos artísticos circulan precisamente por las mismas plataformas que concentran buena parte de nuestro consumo digital. La paradoja es reveladora: utilizamos la tecnología para descubrir formas de escapar, durante un rato, de la propia tecnología.
Y aquí aparece otro elemento importante: el atractivo de la imperfección. Una inteligencia artificial puede generar una imagen impecable, pero la impecabilidad deja de resultar extraordinaria cuando se vuelve fácilmente accesible. Un dibujo torcido, una pincelada inesperada o una proporción incorrecta pueden tener, paradójicamente, más personalidad porque revelan que alguien tuvo que enfrentarse a un problema real. La imperfección deja de ser un defecto que hay que corregir y se convierte en una señal de autenticidad.
Esto no significa que la inteligencia artificial vaya a acabar con el arte tradicional ni que pintar a mano sea moralmente superior a utilizar herramientas digitales. Tampoco significa que las nuevas generaciones estén rechazando la tecnología. De hecho, muchas de las personas que recuperan estas prácticas las descubren a través de TikTok, YouTube o Instagram. La cuestión es más interesante: quizá estén aprendiendo a utilizar la tecnología sin querer que la tecnología medie absolutamente en todo lo que hacen.
En ese sentido, el regreso a la pintura del siglo XIX puede entenderse menos como una vuelta atrás que como una reacción ante el futuro. Cuando cada vez más actividades pueden hacerse rápidamente, quizá empiece a resultar valioso hacer algunas deliberadamente despacio. Cuando una máquina puede producir una imagen en segundos, puede resultar satisfactorio pasar horas intentando pintar una. Cuando una pantalla permite contemplar cualquier lugar del mundo, quizá haya algo especial en sentarse físicamente frente a un paisaje y observar cómo cambia la luz.
La paradoja final es que el progreso tecnológico puede terminar aumentando el valor de aquello que la tecnología no necesita que hagamos. Si las máquinas consiguen producir resultados cada vez mejores, la razón para hacer determinadas cosas nosotros mismos tendrá que buscarse en otro lugar. No en la eficiencia, ni siquiera necesariamente en la calidad del resultado, sino en la experiencia.
Quizá por eso el futuro de la inteligencia artificial no tenga como consecuencia que dejemos de hacer cosas con las manos. Puede suceder justamente lo contrario. Cuanto más capaces sean las máquinas de producir por nosotros, más atractivo puede resultar hacer algunas cosas simplemente porque podemos hacerlas nosotros. Y quizá ahí esté la verdadera razón por la que una generación acostumbrada a vivir rodeada de tecnología está descubriendo el encanto de un caballete, un pincel y un paisaje: no porque quiera pintar como en el siglo XIX, sino porque quiere recuperar algo que ninguna máquina puede hacer en su lugar: estar allí mientras ocurre.
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