Si Federico García Lorca es hoy en día celebrado como uno de los más grandes autores de la literatura se debe en buena medida a su trilogía rural. Este conjunto de obras, compuesto por Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba, es, de hecho, uno de los mayores hitos de la literatura española. Con ellas Lorca consigue llevar el subgénero del drama rural hasta sus cotas más altas, superando su costumbrismo característico y sus referencias a ambientes locales concretos y logrando el universalismo por el que el autor es conocido.
Si estas tres obras se engloban bajo un mismo membrete es porque guardan un estrecho vínculo: comparten el tema del conflicto central entre el deseo de libertad y la pasión frente a la tradición y las normas sociales, una confrontación que se resuelve en un destino trágico, y todo ello a través de un simbolismo profundo y complejo. Con estas tres obras, además, Lorca se adelantó a su tiempo, al denunciar el yugo del patriarcado y la opresión femenina que existía en la España de aquel entonces. En todas ellas, consigue cuestionar profundamente los rígidos roles de género, las convenciones sociales y la violencia machista, mostrando una gran sensibilidad hacia la figura oprimida de la mujer.
Ahora bien, ¿qué pasaría si diéramos un paso más haciendo que el vínculo entre las tres obras fuera todavía más fuerte? ¿Y si las tres obras, en realidad, estuvieran protagonizadas por el mismo personaje? ¿Y si fueran tres momentos en la desdichada vida de una misma mujer? ¿Acaso es posible pensar que la Novia se convierta en Yerma y que después tenga un papel crucial en La casa de Bernarda Alba? Cualquiera que conozca mínimamente los tres dramas rurales sabrá lo difícil que es casar esta idea con la obra de Lorca, sin traicionarla y haciendo que sea coherente y verosímil. Ese es el ejercicio que han decidido hacer Salva Rubio y María Badía, publicado por Planeta, y lo hacen nada más y nada menos que utilizando el lenguaje de los cómics y demostrando algo que a priori podría parecer casi imposible: que se puede hacer una adaptación solvente sin necesidad de que sea una copia exacta del original.
La primera exigencia de guion es básica: si el personaje es el mismo tiene que mantener el nombre a lo largo de las tres obras. Aquí es donde aparece la primera licencia necesaria. Lorca había allanado el terreno, usando nombres que apuntan hacia lo simbólico en todos los casos: la Novia, Yerma y Bernarda Alba. ¿Por qué no tirar entonces por el camino más obvio, que es llamar al personaje Lorquiana? Además, usando un giro lorquiano, valga la redundancia, se opta por titular al libro con el nombre de su protagonista.
A partir de ahí Lorquiana puede leerse como una obra de Lorca, en tres actos, correspondiendo cada uno de ellos a una obra original. A pesar de todo son adaptaciones fieles, lo que hace que cada acto funcione bien de forma independiente, sin necesidad de haber leído los otros. Lo que se le puede reprochar, quizá, es que por composición de la obra, la acción está muy comprimida y se omiten detalles que estarían presentes en una adaptación más extensa. Además, a pesar de los vínculos entre las tres obras, hay matices diferenciadores que no se han podido homogeneizar. Esto es evidente, por ejemplo, si comparamos la parte de Bodas de sangre con, por ejemplo, La casa de Bernarda Alba. En el primero la acción es mínima frente al componente poético y simbólico, que es casi un pilar de la composición, mientras que La casa de Bernarda Alba, aunque también tenga esa profunda simbología, sería una obra teatral más al uso.
Cada uno de los tres actos se conecta con una página en la que se consigue que todo el conjunto sea coherente. Al acabar Bodas de sangre la protagonista huye donde nadie la conoce y se casa con un hombre con el que desea, inútilmente, tener un hijo. Al finalizar Yerma el personaje vuelve a huir (la huida es el recurso que le da sentido a la conexión) y después de casarse con un hombre logra tener cinco hijas con él. Porque sí, Lorquiana es Bernarda Alba, en un capítulo rebautizado como «La casa de Lorquiana Alba». Esta propuesta, lejos de parecer inverosímil, en realidad aporta matices nuevos al personaje. Porque entonces Adela hace en la obra lo mismo que la propia Bernarda Alba hizo en su juventud, en una especie de historia cíclica que se rompe con el suicidio. Esa rebeldía y esa pasión que mostraba la Novia finalmente acaba sometiéndose a las estrictas normas sociales hasta el extremo de que el personaje acaba convertido en el elemento represor más férreo. Después de eso ya no queda huida posible, solo el encierro y el luto eterno.
Del arte de María Badía lo que más destaco es la paleta de colores, suaves, apagados, sobrios, casi como si fueran diferentes tonalidades de tierra, muy acordes al carácter rural de las obras. La luz, tan importante en las obras de Lorca, también está muy presente, con contrastes fuertes entre el día y la noche. Ya sabemos que el final trágico en Lorca está asociado a la noche y este detalle se mantiene.
Ya que la apuesta de Salva Rubio y María Badía es valiente y arriesgada, creo que perfectamente es posible transigir con esas pequeñas licencias que no hacen de esta una mala adaptación sino que son necesidades estructurales y que, en el mejor de los casos, lo enriquecen. Es por eso que Lorquiana tanto sirve como de acercamiento a la obra de Lorca (aunque lógicamente lo ideal es leer el original) como de puede satisfacer incluso al lorquiano más exigente.

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