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Con trece escuelas de medicina funcionando entre 1820 y 1880, Cincinnati se convirtió en un importante foco de este ámbito durante el siglo XIX. El problema era que estas escuelas tenían una gran necesidad de cadáveres para sus lecciones de anatomía y no había forma legal de conseguirlos. Antes de la década de 1820, cuando un estudiante de medicina quería o necesitaba un cadáver, simplemente allanaba un cementerio, con los peligros que eso conllevaba, ya que robar cuerpos de cementerios se consideraba un delito grave en Ohio. Sin embargo, la creciente demanda propició a partir de estas fechas la aparición de profesionales que se encargaban de hacer el trabajo socio para las escuelas.

En ese contexto aparece William Cunningham, conductor de carros durante el día y ladrón de cuerpos por las noches. Estuvo en activo entre 1855 y 1871 y los médicos para los que trabajó describieron sus servicios como los de un experto en el robo de cuerpos. Después de cavar el agujero, Cunningham abría el ataúd y sacada el cadáver sujetándolo con ganchos y tirando de una cuerda. Después ponía al cadáver en su carro, lo vestía con un abrigo viejo, un sombrero y un chaleco y lo apoyaba bien en el asiento junto a él. Si se encontraba con alguien por el camino, le daba una bofetada y le decía que se sentara derecho, actuando como si estuviera llevando a un amigo borracho a casa.Vendía unos cien cadáveres al año a las escuelas de medicina por 30 dólares cada uno, el equivalente unos 900 euros en la actualidad.

Se contaban toda clase de historias y anécdotas sobre Cunningham. Una vez recibió un disparo en la cadera al robar uno de los cuerpos, lo que lo dejó cojo el resto de su vida. En otra ocasión, robó dos veces dos cuerpos, con la ayuda de algunos colaboradores. Después de ser detenido en Reading Road con los dos cadáveres, fue arrestado y los cuerpos fueron enviados a una funeraria. Al día siguiente, la funeraria tuvo dos visitantes que decían ser de la oficina del forense, solicitando los cuerpos, y estos fueron entregados. Se descubrió entonces que la oficina del forense no estaba en posesión de los cuerpos y nunca los había solicitado, pero al no haber pruebas se retiraron los cargos. Como venganza a estudiantes de medicina que le habían engañado, en alguna ocasión les entregó un cuerpo infectado con la viruela, haciendo que los estudiantes se enfermaran. Incluso extendió su negocio a la importación, llegando a mandar cuerpos hasta a Kansas.

La muerte del propio Cunningham hizo que dejara de trabajar. En agosto de 1871, fue capturado con dos cadáveres y acusado de este delito. Murió unos meses después de una enfermedad cardíaca, pero no sin antes de vender su cuerpo por adelantado al Medical College of Ohio en Cincinnati. Tiempo después la universidad expondría su esqueleto. Cunningham se convirtió en una especie de celebridad siniestra en Ohio. Durante mucho tiempo después de la muerte del ladrón de cuerpos, en lugar de amenazar a los niños que se portaban mal con el hombre del saco hacían lo propio con Cunningham.

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