Alexander von Humboldt (Fuente).

En algún lugar de las selvas del Orinoco, a comienzos del siglo XIX, una lengua desapareció para siempre. No hubo una última conversación, ni un último discurso, ni siquiera sabemos quién pronunció sus últimas palabras. Cuando los últimos hablantes de los Atures murieron, con ellos desapareció también una lengua indígena cuyo rastro parecía destinado a perderse. Pero, según relató el naturalista Alexander von Humboldt, algunos años después todavía quedaba un ser capaz de reproducir parte de aquel idioma: un loro. La historia parece salida de una novela, pero Humboldt dejó constancia de ella durante su célebre expedición americana.

Alexander von Humboldt llegó a la región del Orinoco en 1800 acompañado por el naturalista francés Aimé Bonpland. Su viaje tenía objetivos científicos extraordinariamente ambiciosos: estudiar la geografía, la fauna, la flora, la climatología y también las sociedades y lenguas de los territorios que recorría. Para Humboldt, las lenguas constituían una fuente de información tan valiosa como una planta, una roca o una especie animal. Las palabras permitían reconstruir migraciones, contactos entre pueblos, parentescos culturales y transformaciones históricas. Por eso prestó una atención especial a las lenguas indígenas de América.

Durante su recorrido por la zona de Maypures, junto a los grandes rápidos del Orinoco, Humboldt escuchó hablar de un pueblo prácticamente desaparecido: los Atures. Los indígenas que encontró le explicaron que aquella comunidad había dejado de existir y que su lengua ya no tenía hablantes. Sin embargo, había una peculiar excepción. En una de las aldeas vivía un loro viejo que repetía palabras pertenecientes a aquella lengua desaparecida. El animal había convivido con los Atures y había aprendido sus sonidos antes de que la comunidad desapareciera.

La escena debió de resultar extraordinaria para Humboldt. Un loro no era, evidentemente, un hablante de la lengua en el sentido en que lo había sido un ser humano. No podía mantener una conversación ni utilizar aquellas palabras para construir libremente frases y expresar pensamientos. Pero sí podía conservar algo que normalmente desaparece con los últimos hablantes: una huella sonora del idioma. Aquel animal se había convertido involuntariamente en una especie de archivo lingüístico viviente.

La anécdota tiene además un detalle lingüístico especialmente fascinante. Humboldt no se limitó a contar que existía un loro que «hablaba» una lengua extraña. Intentó averiguar qué había detrás de aquellos sonidos. El problema era que nadie podía traducirlos. Las personas que rodeaban al animal reconocían que aquellas palabras pertenecían a la lengua de los Atures, pero ya no conocían suficientemente el idioma como para comprenderlas. El loro, por tanto, conservaba una serie de formas lingüísticas cuyo significado se había perdido.

Aquí aparece una de las paradojas más hermosas de la historia: el sonido de una palabra puede sobrevivir a su significado. Una comunidad puede desaparecer, dejar de transmitir su lengua a sus hijos y perderse progresivamente la capacidad de comprender determinadas palabras. Pero los sonidos pueden permanecer durante algún tiempo en la memoria de otros individuos, incluso de otras especies. El loro no sabía que estaba conservando un vestigio lingüístico. Simplemente repetía aquello que había aprendido. Para un lingüista, sin embargo, aquellas repeticiones podían tener un valor extraordinario.

Humboldt se encontraba, en cierto modo, ante un caso extremo de transmisión lingüística. Los seres humanos aprendemos las lenguas fundamentalmente mediante la interacción social: escuchamos palabras, imitamos sonidos, asociamos formas con significados y aprendemos las reglas que permiten combinarlas. Un loro puede imitar sonidos humanos sin comprender necesariamente su significado, pero precisamente esa capacidad imitativa es la que convirtió al animal en una cápsula del tiempo lingüística. Había recibido un fragmento de una lengua que ya no se transmitía entre seres humanos.

La historia también permite distinguir entre lengua, habla y repetición. Decir que el loro era «el último hablante de los Atures» resulta muy atractivo, pero lingüísticamente es una simplificación. Un hablante de una lengua no es alguien que simplemente pueda reproducir palabras: conoce, de manera consciente o inconsciente, un sistema lingüístico formado por sonidos, palabras, estructuras gramaticales y reglas que permiten producir e interpretar mensajes nuevos. El loro no poseía ese sistema. Era, más bien, un depositario accidental de fragmentos de su dimensión sonora.

Y precisamente por eso la historia resulta todavía más inquietante. Si desaparece el último hablante de una lengua, no desaparecen solamente unas cuantas palabras. Se pierde un sistema completo de clasificación y representación del mundo. Cada idioma organiza la experiencia de una manera particular: establece distinciones, crea categorías, conserva metáforas y acumula siglos de asociaciones culturales. Una lengua no es simplemente un diccionario que contiene nombres diferentes para las mismas cosas. Es también una determinada manera de relacionar esas cosas mediante el lenguaje.

En el caso de una lengua desaparecida como la de los Atures, el problema para los investigadores es especialmente grave porque resulta muy difícil reconstruir un idioma cuando ya no quedan hablantes que puedan proporcionar ejemplos, explicar significados o corregir interpretaciones. Las palabras aisladas son como piezas de un rompecabezas al que le faltan casi todas las piezas. Podemos registrar un sonido, pero no necesariamente sabemos qué significaba; podemos identificar una palabra, pero ignorar cómo se pronunciaba exactamente; podemos conocer un significado, pero desconocer qué forma lingüística lo expresaba.

Esto explica por qué las listas de palabras recogidas por viajeros, misioneros y naturalistas tienen tanta importancia para la lingüística histórica. Un vocabulario aparentemente insignificante puede convertirse, con el paso del tiempo, en el último testimonio de una lengua. Una palabra anotada en un cuaderno puede ser todo lo que queda de una determinada forma de nombrar un río, un animal, una planta o una relación familiar.

Humboldt era particularmente sensible a este problema. Su viaje por América coincidió con una época en la que numerosos investigadores europeos empezaban a considerar las lenguas indígenas como objetos de estudio científico. Humboldt comparó vocabularios, observó semejanzas entre lenguas y trató de establecer relaciones entre diferentes pueblos. Su aproximación anticipaba algunos métodos de la lingüística comparada que se desarrollarían durante el siglo XIX.

Pero el episodio del loro introduce una dimensión casi surrealista en esa labor científica. Imaginar a Humboldt frente a un ave intentando identificar palabras de una lengua cuyo pueblo había desaparecido tiene algo de escena fantástica. El naturalista no estaba simplemente recogiendo datos sobre la naturaleza: estaba intentando escuchar los restos de una cultura que se había quedado sin hablantes.

La propia expresión «lengua muerta» adquiere aquí un significado muy concreto. Normalmente utilizamos ese término para referirnos a idiomas como el latín, el sumerio o el egipcio antiguo, lenguas que dejaron de tener hablantes nativos pero que conservaron una importante documentación escrita. Los Atures se encuentran en una situación muy diferente. No existía una tradición literaria que permitiera consultar miles de textos. La lengua había sido fundamentalmente oral. Cuando desaparecieron sus hablantes, la mayor parte del idioma desapareció con ellos.

Y esa es quizá la parte más fascinante de la historia: una lengua oral puede morir en silencio. No necesita ser prohibida, quemada ni destruida. Basta con que deje de transmitirse. Si los niños dejan de aprenderla de sus padres y adoptan otra lengua, comienza a romperse la cadena de transmisión. Una generación puede conservarla parcialmente; la siguiente puede utilizarla de manera limitada; después pueden quedar solamente algunas palabras, nombres de lugares o expresiones. Finalmente, puede llegar un momento en que nadie sea capaz de mantener una conversación en ella.

En ese proceso, las palabras pueden convertirse en auténticos fósiles lingüísticos. Algunas sobreviven incorporadas a otra lengua; otras quedan en los topónimos; otras son recordadas por personas que ya no conocen su significado original. El caso del loro de Humboldt representa una variante extraordinaria de ese fenómeno: no era una comunidad humana la que conservaba aquellos sonidos, sino un animal que los había aprendido mediante imitación.

La historia plantea incluso una pregunta incómoda sobre qué significa realmente «conservar» una lengua. Si alguien pudiera repetir perfectamente todas las palabras de un idioma pero no comprendiera ninguna, ¿seguiría existiendo esa lengua? Desde el punto de vista de la lingüística, probablemente tendríamos que responder que no. Una lengua no es únicamente una colección de sonidos. Es un sistema compartido de significados y reglas. El loro podía conservar la forma sonora de determinadas palabras, pero no el sistema lingüístico que les daba sentido.

Sin embargo, eso no hace que su testimonio sea menos valioso. Al contrario. En una lengua desaparecida, incluso unos pocos sonidos pueden constituir una pista extraordinaria. Pueden ayudar a reconstruir pronunciaciones, comparar palabras con las de lenguas relacionadas o confirmar que determinados términos pertenecían efectivamente a aquella comunidad. El loro no era un hablante de Atures, pero podía ser, involuntariamente, una fuente de información sobre la lengua.

La historia de Humboldt tiene así algo que va mucho más allá de la curiosidad zoológica. Es una pequeña historia sobre la fragilidad de las lenguas humanas. Mientras el naturalista buscaba nuevas especies, nuevas plantas y nuevas características geográficas, se encontró con algo mucho más difícil de preservar: las palabras de un pueblo que ya no existía.

Quizá por eso la imagen del loro resulta tan poderosa. Las últimas palabras de una lengua no fueron pronunciadas necesariamente por uno de sus últimos hablantes humanos. Según el relato de Humboldt, algunas quedaron atrapadas en la memoria de un animal que continuó repitiéndolas sin saber que pertenecían a un mundo desaparecido. El loro no comprendía que aquellas palabras tenían una historia. Tampoco podía saber que, al repetirlas, estaba haciendo algo que los seres humanos no habían conseguido hacer: mantener durante un tiempo el eco de una lengua después de la desaparición de quienes la hablaban.

En cierto sentido, aquel loro no era el último hablante de los Atures. Era algo más extraño: el último eco. Y quizá esa sea la mejor manera de entender la anécdota. Porque cuando una lengua muere, lo primero que desaparece no son necesariamente sus palabras, sino las personas capaces de darles vida. Después, poco a poco, se apagan los significados, las estructuras y los sonidos. Hasta que solamente quedan rastros: una inscripción, un topónimo, una palabra incorporada a otra lengua o, en el caso extraordinario que contó Humboldt, un loro repitiendo en medio de la selva unas palabras que nadie alrededor podía ya comprender.

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