100 años de TBO de Antoni Guiral.

Pocas revistas son tan relevantes en la historia del cómic español como TBO, no solo porque popularizara el formato de historietas tal y como lo conocemos hoy en día sino porque, y he aquí una de sus mayores aportaciones sino la más significativa de todas, porque dio origen a la palabra tebeo. Junto a Bruguera y a la Escuela Valenciana, conformó una de las grandes escuelas de historieta de la posguerra española, marcando la educación sentimental de varias generaciones con un estilo de humor familiar y costumbrista.

Sin embargo, TBO tiene algunas singularidades que la hacen única. Por una parte, su nacimiento se produce en 1917 y su vida se alarga, con algunas interrupciones y transformaciones, hasta 1998, lo que la convierte en la publicación infantil más longeva de la historia, abarcando casi la totalidad del siglo XX. Por otra parte, tanto Bruguera como la Escuela Valenciana eran editoriales que diversificaron sus productos, publicando diferentes cabeceras, entre las que destacaron, por encima de todas, Pulgarcito en el caso de Bruguera y Jaimito en el caso de la Escuela Valenciana. Sin embargo, TBO se sustenta casi exclusivamente en una sola revista, la propia TBO, con productos secundarios de menor relevancia, y hasta comienzos de los años sesenta dependientes de una única persona, Joaquín Buigas, su alma mater indiscutible (es cierto que en el caso de Bruguera también contamos con una figura clave, Rafael González, pero aquí el protagonismo es más compartido, debido sobre todo a la cantidad de cabeceras y otros productos que generaba la editorial).

Si la revista nació en 1917, eso significa que en 2017 se cumplió su centenario, una celebración que transcurrió de una forma bastante discreta, a pesar de la importancia de esta publicación. El gran evento conmemorativo fue el estudio publicado por Antoni Guiral, 100 años de TBO, un monumento enciclopédico de más de trescientas páginas, donde se recopila toda la historia de la revista a lo largo de sus ocho décadas de vida, además de infinidad de anécdotas, reflexiones, personajes, biografías de autores y toda clase de curiosidades. El trabajo realizado por Guiral para este libro es ímprobo, pero como él mismo reconoce en la introducción, no podría haber sido posible sin la figura Lluís Giralt, probablemente el mayor coleccionista y conocedor de TBO que ha existido nunca (tristemente ya fallecido, pero vivo todavía en el momento de realizar el libro).

Para poder confeccionar esta historia, Giralt consultó ni más ni menos que los más de tres mil números de la revista, uno a uno, en orden, para comprobar qué secciones había en cada número, cuándo aparecía una serie nueva o cuándo desaparecía, cuándo se incorporaba un dibujante o cuándo dejaba de colaborar. Toda esa minuciosa información se la pasó posteriormente a Guiral, que hizo una síntesis, prácticamente casi año a año, para pasarla al libro. Es cierto que el nivel de detalle puede resultar incluso algo tedioso, pero sin duda era una información que debía quedar por escrito en alguna parte, y qué mejor excusa que el centenario para hacerlo. Hay que tener en cuenta que Giralt tenía gran parte de esa información en una página web, El grafópata, una dirección que se consultaba y se referenciaba en cualquier estudio o artículo sobre la decana revista. Sin embargo, como ocurre con la información digital, que aunque parezca imposible es tan frágil o más que la información en papel, la página acabó desapareciendo y hoy en día no se puede consultar, habiendo quedado toda la información que contenía en el olvido. Ahí reside, en parte, el valor de 100 años de TBO, dejando por escrito en papel un corpus de datos que es de justicia proteger.

El formato empleado por Guiral para el libro ya resulta familiar de otros de sus libros, como en Cuando los cómics se llamaban tebeos, Los tebeos de nuestra infancia, 100 años de Bruguera o 100 años de Pulgarcito. Para facilitar el análisis cronológico, Guiral divide la revista en diferentes etapas, con un criterio que tiene bastante sentido. Entre 1917 y 1938 estaríamos con el primer TBO, muy diferente a lo que vendrá después, porque es una revista con un peso bastante importante del texto frente a la imagen. Con un uso primero puntual y después cada vez mayor de los bocadillos, al principio el texto se concentraba en largas parrafadas debajo de las viñetas. A partir de 1941 y hasta 1952, tenemos la etapa del TBO sin numerar. Ya sabemos que al terminar la Guerra Civil la mayor parte de editoriales no consiguieron el permiso para publicar de manera regular y las revistas tuvieron que publicarse como folletos únicos sin numerar. A partir de 1952 las publicaciones empiezan a recuperar la enumeración y esta etapa se alarga hasta 1971, año en que se produce la última gran transformación de la revista con el TBO 2000. Los últimos años de la revista, desde comienzos de los ochenta, se vive casi exclusivamente reeditando el fondo de armario de la editorial, que era bastante amplio, con el nombre de El TBO. En esta última etapa encontramos un intento por adaptarse a los nuevos tiempos y dirigirse a un lector más adulto, con un humor algo más surrealista, sobre todo por parte de los miembros de La Habichuela, con Bigart, Esegé, Mir, Sirvent y Tha. Pero ya poco se podía hacer por la supervivencia de la revista. En 1983 la cabecera pasa a manos de su mítica rival, Bruguera, que tratará de revivirla con un enfoque claramente adulto, algo que solo sobrevivirá siete números, no porque el invento no funcionara en sí sino porque Bruguera acabó muriendo. Entonces TBO, al igual que todo el fondo de Bruguera, pasa a manos de Ediciones B que logrará darle nueva vida a la cabecera, hasta 1998, creando un producto bastante digno (que es, además, el de mi infancia).

El análisis cronológico se complementa además con una serie de despieces en los que Guiral profundiza sobre aspectos concretos en diferentes artículos monográficos, que van desde una semblanza de la figura de Buigas hasta la presencia de autoras, una rara avis, en la revista, pasando por un repaso por las revistas de la competencia, por la publicidad que incluyó la publicación o por las escasas series francobelgas que importó. En cada etapa se incluye además una ficha con las secciones o personajes más importantes de ese momento, así como varias historietas de ejemplo. Como es bien sabido, TBO, a diferencia de las cabeceras de Bruguera, no fue una revista con una gran cantidad de personajes fijos sino que apostó más bien por secciones que no solían tener un mismo protagonista. Entre los personajes, eso sí, habría que destacar, por encima de todos, a la familia Ulises, uno de los grandes iconos de la publicación, a Josechu el vasco y al profesor Franz de Copenhague, que finalmente quedó vinculado a otras de esas secciones emblemáticas, Los grandes inventos del TBO, la única serie que fue recopilada en un integral por parte de Ediciones B.

En la parte final del libro hay un último apartado donde se incluye una pequeña ficha con una breve biografía de los autores más emblemáticos que pasaron por la cabecera. Lógicamente, no pueden estar todos los que eran, pero sí que es una buena bastante representativa de lo que pasó por las páginas de TBO (en cualquier caso, a lo largo del libro se menciona, aunque sea de pasada, a la práctica totalidad de los autores que publicaron en la revista). Las fichas se acompañan con ejemplos de alguna de las obras del autor, lo que permite hacerse una idea del estilo.

El libro se cierra con una pregunta que se hace el propio Guiral a sí mismo y que queda respondida: ¿qué queda de TBO en la actualidad? La respuesta es entre desesperanzadora y reivindicativa: muy poca cosa. Es así, desde luego, si lo comparamos con la herencia de la Escuela Bruguera, de sus autores y de sus personajes. Solo hay que pensar, por recurrir a lo más obvio, a personajes como Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape o Superlópez. Reediciones las ha habido, eso sí, con cuentagotas, pero si se compara con reediciones del material de Bruguera, es evidente que está a años luz. Pero es que además, son muy pocos los autores actuales que reconocen la influencia de TBO. El de Bruguera es un humor mucho más gamberro y aunque no siempre haya envejecido bien, el de TBO ha envejecido mucho peor. Pero no por ello deja de ser patrimonio cultural y, por tanto, merecedor de ser protegido y recordado. Esperemos solo que no tengan que pasar otros cien años para que alguien vuelva a reivindicar el valor de este pedazo de nuestra historia.

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